No, no venían
por nosotras, por esta vez la sospecha de ser sospechosas, esos pasaportes que
aseguran venimos del terrorismo y la visa perpetua, no nos jugaron una mala
pasada.
Llegamos a París,
a la Gare de Lyon. Y allí Inés, amiga de la familia de mi entrañable Adriana
Novoa; argentina hija de gallegos, economía de sobreviviente, de postguerra,
generosidad estridente para una escenografía de “tiempos modernos”; verbo
incesante, calidez, maternidad, frontalidad dulcemente despiadada.
Con Inés nos
internamos en el laberinto de un sistema de trenes subterráneos que trece años
después y pasadas ya algunas vidas en los túneles, me sigue pareciendo de los
menos amables en las grandes urbes. Tres conexiones hasta llegar a su barrio en
la estación de Botzaris y miles de historias que jamás podrían ser reproducidas.
Una ducha, una
deliciosa “omelette” hecha por Inés y de nuevo a la calle, a por la luz de primavera reflejada en los vitrales de
Notre Dame.
Pedir suerte y fuerza en el kilómetro cero de la ciudad,
adentrarnos brevemente por las pequeñitas calles de Saint Michelle; un café de
pie en cualquier barra, una enorme caminata por la ribera oeste del Sena y una
rápida mirada vertiginosa sobre las fachadas del barrio latino, el Louvre, el
Museo de Orsay, Les Invalides, La
Madeleine, el puente de las artes, el del alma, la torre Eiffel que no
“flashea” esta tarde como suele hacerlo; un cansancio iluminador; un guiño
cómplice para recordarnos mutuamente que la sensación de privilegio no ha de
parar, no puede parar; que recordar de dónde venimos será acaso el único modo
posible de saber hacia dónde iremos alguna vez, cuando tengamos un país al que
volver…
A la mañana
siguiente el París con aguaceros que Vallejo avizorara para morir no se hizo
esperar. Lluvia helada sobre nosotras que debíamos cerrar billetes para
continuar a Berlín. Gare de’l Est en donde nos comunica una chica parisina con
pulsera de banderas americanas y ganas de viajar a los Estados Unidos (y cito)
“para quedarse”: que no hay trenes directos a Berlín, menos aún en la hora que
los queremos. Que hay una parada obligada en Colonia, en donde sin dudas
decidimos quedarnos por una noche, a ver qué nos depara la Germania y sus
exactitudes.
De la estación
seguimos a Montmatre, muertas de frío, semihúmedas por la llovizna que no cesó
y deseosas de escalar (en el funicular) hasta el Sagrado Corazón. Allá nos
vamos y con nosotras cientos de turistas obstinados quienes se sientes
convocados por la idea de transitar por las mismas callejuelas en donde los
grandes maestros de la pintura francesa alguna vez se juntaran; allí donde de algún
modo se dio inicio a ese principio que aún sostiene el mercado del arte: la
producción de belleza es también un trabajo digno y por él han de ser remunerados sus jornaleros.
Nos perdemos así
por el corazón de la colina de los pintores, previa visita a la sagrada iglesia
con su aliento ortodoxo griego, sus vírgenes que recrean a las bizantinas, su
ecléctico neoclásico, no por mezclador de escuelas, menos deslumbrante.
Largo paseo por
las tienditas de souvenirs, obsesión mía por una crepe de nutella que aquí
pareciera, por su precio, estar rebañada en oro y descenso por las plazas hasta
llegar al mítico Moulin Rouge, en donde a pesar de que no quedan rastros de
Lautrec o las bailarinas de Can-Can, algo de memoria y música puede una
inventarse entre la algarabía de un tráfico insoportable.

Nos alejamos de
la Torre con la sensación de haber visto a Dios tan cerca como este pueda
presentarse. Nos apuramos la crepe que en Montmatre se hizo imposible. Nos
convencemos de que un paseo por el Sena, en Baton, es algo que solo se vive una
vez.
Todas las
estaciones en donde el bote recubierto de cristales se detiene son
imprescindibles: Saint Germain, Museo de Orsay, Hotel de Ville, Jardín
Botánico, el Louvre, los Campos Eliseos en donde decidimos bajarnos para
caminar hasta el Arco de Triunfo; pero un espantoso aire frío nos hace repensar
la empresa y sólo alcanzamos a meternos en el metro que nos conducía a casa,
que era decir: vino tinto, lasagna, Inés y sus increíbles historias de muchas
vidas, muchas sabias…
Amanece por
tercera vez sobre París y a pesar de mi obsesión por los impresionistas y el
Orsay, convengo con N. que debemos ver el Louvre; para ella sería su primera
vez; para mí una urgencia de reconciliarme con algo que en el 2001 me trajo
solo angustia y urgencia de correr cuando ya había visto la Mona Lisa y la Victoria de
Samotracia. Historias que aquí no valen más que para convenir que mejor el
Louvre que el Orsay para esta vez.
Eran masas
imparables de turistas, como imparable fue también nuestra necesidad de beberlo
todo: de Grecia a Egipto. De los dioses de piedra a los sarcófagos de madera.
De la Venus de Milo al Escriba Sentado. De la escuela florentina a la veneciana
para los renacentistas. Del Greco a Goya para los españoles. De De la Croix a
Ingres para los franceses. De la escuela holandesa a las voces de las
entrañables Guadalupe Ordaz y María Elena Jubrías, repitiendo otra vez la misma
lección de arte universal en mi oído, haciéndome regresar a esa edad en donde toda la vida
estaba por pasar y quedaba entre París y Nueva York y yo entornaba los ojos de
nostalgia por lo que no me tocaría vivir…
Presas de la
extenuación y la belleza nos dispusimos con el resto de las miles de almas que
se nos cruzaban a recorrer (hoy sí) los Campos Elíseos hasta el Arco de
Triunfo. De la lluvia helada del día anterior, pasamos a un calorcito
intensamente amable que nos invitó a un baño de sol de media hora en los bordes
de una fuente.
Caminamos hasta
el obelisco egipcio (parada para foto) y seguimos remontando hasta ese punto de
los Campos en donde los árboles se convierten en infinitas tiendas. En ese “no
lugar” que supone estar aquí con los lumínicos de Levi, Benetton, Versace,
Zara, Starbucks (parada para expreso); acompañando cualquier paseo en el “mundo
civilizado”…
A unos pasos del
Arco de Triunfo nos detienen. No es posible pasar. La policía ocupa todos los
espacios; acordona las aceras. Dicen que es Obama; sin embargo, las banderas
que cubren toda la avenida son inglesas… Je ne comprends pa… pero da los mismo…
allí está el arco, el triunfo de los aliados, la memoria de que alguna vez el
mundo occidental se reinventó desde lo más bajo de sus propias cenizas para
hacerlo todo de nuevo…
Para despedirnos
de París, regresamos a Notre Dame. Con instinto circular, volvemos a la primera
Plaza (Hotel de Ville); la luz de la infinita tarde sobre los vitrales, el Sena
callado y amable para los cientos de botes con cenas y cocteles o con simples
turistas alucinados con la mucha grandeza de estos edificios de reminiscencia imperial y revolucionaria a la vez.
Nos internamos
de nuevo en Saint Michelle. Nos sorprende un puesto que intuimos (la certeza no
fue posible tenerla) argelino o marroquí y una pita con cordero, papas fritas,
lechuga, tomate y salsa de yogurt nos invita desde allí. La devoramos de vuelta
a Nuestra Señora de París, en lo más íntimo y público de la Ille de France y
decimos en silencio adiós a París mientras un grupo de ancianos rusos (edad
promedio 85 años y por sus insignias veteranos de alguna guerra) invaden la
plaza. Esto sucede quizá sólo para recordarnos que siempre hemos de seguir por donde el
río (el Sena o cualquier otro) nos lleve; que luchar solo vale para disfrutar
con mayor intensidad la sobrevivencia, que viajamos para poner en perspectiva
la pequeñez de nuestro mundo frente a la suma de pequeñeces de otros mundos
posibles…Ah, de Voltaire y sus lecciones.
Ahora es otro
tren destino a Colonia, uno que ha salido desde la Gare du
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