Monday, April 29, 2013

Me casas(te), Nueva Orleans

Para María José en su cumpleaños

Cinco visitas en menos de dos años. Dirían en mi pueblo que si no es buen recoL, es al menos un buen averaJe. Lo dirían así, con esa pasmosa facilidad que tenemos para juzgarlo todo sin apenas entender, sin apenas sentir. Cinco veces en menos de dos años la he visitado: verano, primavera, verano, otoño, primavera... Esas han sido mis estaciones. Uriel; Maguie y Yurién; Isabel y Carmen; Maya y Estévez; Zaldívar, Judith y Ana. Esos mis pretextos. Todos los viajes han sido el viaje de encontrarle una nueva emoción un nuevo silencio a pesar de su ruido impenitente; a pesar de su mucha música.

La Nouvelle-Orléans/Nueva Orleans/New Orleans/The Big Easy/NOLA/Neuorlinz... Mississippi sucio, poemas que escribo, viajes que sueño. Y sus casas. Las casitas del barrio francés; pero también las del barrio alto y las del bajo. Sus maderas de colores, sus bichos que ni huelen bien ni son agradables al visitante. Sus casas. Esas que me acogen más allá de las fachadas, por primera vez, esta primavera. Casas que no pudo borrar la furia de Katrina, la incompetencia de aquel gobierno, el dique roto. Casas que recuerdan a cada pueblo de Cuba y que son, a su vez,  tan de ese otro Caribe ajeno: lo francés, lo inglés posible en Guantánamo, Hershey, Colón...


Nueva Orleans, verdadera llave del golfo. Caribe posible e imposible. Llave con flores sobre los hombros-balcones de cada uno de sus desvencijados rostros. Me casas(te), Nueva Orleans, repito en letanía mientras revientan las bocinas de mi coche con el último de Lila Downs. Soy del sur, repito. Soy de Nueva Orleans en la única boda posible que tendré (yo con mis sueños); en lo atrapada por la belleza que me siento mientras dibujo los libreros en donde pondría mis libros, discos y películas. Mientras mataría impenitente a esos bichos hijos de la humedad y la madera, mientras buscaría los muebles muy viejos para decorar el salón, la habitación, el comedor de recibir a los amigos y charlar hasta el día siguiente.


Hay un modo de ser de Nueva Orleans (vivas donde vivas) que todo lo resume y  que sólo allí me ha sido dado conocer. Esa fusión de colores, sabores, alegrías, tristezas, alcohol, sobriedad, esperanza, elevado pensamiento crítico, blanco, negro, música, música, música y largos silencios. Silencios de Wagner y silencios de Mick Jagger, de Armstrong y de Jean Michel Jarre, de Billie Holiday y de Edith Piaf. Ese instante en que todo cesa para volver a renacer. Instante en donde me caso, cazada por las casas de Nueva Orleans, imagen proyectada desde mi imaginación. Instante en donde regreso a un lugar de mí que sólo yo sé he habitado alguna vez. Paraíso perdido que encuentro mínimo en un silente pestañeo.  



















Tuesday, March 19, 2013

En Matanzas me han dado un recado o Cuba otra vez

Ahora que  mi admirada Yoani Sánchez ha ido al Congreso norteamericano y habló del contacto 'pueblo a pueblo' frente a la Ros-Lehtinen o el Díaz-Balart. Ahora que en Nueva York comentó de los usos y abusos de la academia norteamericana al imaginar nuestra isla como 'parque temático' que le entretiene y consuela. Ahora que vuelan los actos de repudio repitiendo las mismas frases tan vacías como sus repetidores bajo sueldo de ocasión. Ahora que he estado allí (Cuba, se sobreentiende) siete días y sus cortas noches con mis estudiantes de una clase de pre-grado. Ahora que al hacer esto intenté establecer una perspectiva comparativa entre procesos editoriales cubanos y de latinos en USA. Ahora, que me he puesto a prueba extrema, creo, quizá, tener algo mínimo que decir.


Lo hicimos de este modo: los editores y artesanos de Ediciones Vigía fueron nuestra contraparte para las licencias que otorga el gobierno de los Estados Unidos. El gobierno de Texas, a su vez, nos dio una cierta cantidad que cubriría gastos de comida, transportación, hospedaje y honorarios para conferencistas invitados. Nos pillamos un avión en Tampa. Un charter casualmente abarrotado. Llegamos. Carros almendrones. Matanzas. Jornadas laborales produciendo un libro artesanal, de los de Vigía, ya saben. Almuerzos en el patio que variaron del congrí al congrí y de la carne de puerco a la chuleta de cerdo con tostones y chicharritas (mariquitas, galleticas) para amenizar. Paseos por las Cuevas de Bellamar, la Ermita de Monserrate, los barrios bajos y marineros. Todo viajando en aspirina (guaguas Girón para algunos cubanos/cascos y mala idea para cualquier extranjero en su sano juicio). Charlas de historia, religión, arte, teatro, cine, diseño. Papeles pobres para dibujar, pegar, recortar obsesiva y doscientas veces. Baños sin agua ni papel higiénico. Apagón ocasional. Excursión a la capital en autobús donado por los "Pastores por la paz". Casas de alquiler. Comida en cajita en las aceras del Vedado.

Visto así, cumplí, íntegramente aquella mi misión de interpretar a Caronte en su Infierno (uy, 'parque temático', quise decir). Seguramente algo de eso habrá. Una meditación profunda y una cierta perspectiva histórica me darían la respuesta. Pero no hoy. No ahora.

Hic et nunc vengo, brevemente a hablar de esos mis alumnos, emigrantes de primera y segunda generación en Estados Unidos que no durmieron por temor a perder un segundo de aquella realidad. Que perdieron la voz de tanto preguntar. Que aún padecen ojeras de mirar tan honda y fijamente. Mis alumnos de México, Costa Rica, Puerto Rico, Argentina o Cuba (nacidos en USA y yendo estos últimos por primera vez a la tierra de sus padres).  De los que vivieron con los artesanos de Vigía y tomaron de sus vasos y comieron de sus platos y a quienes les pidieron aspirina para la resaca y a quienes les dejaron compresas para las sangres que vendrán. Mis alumnos encontrando otros modos de ser y estar en el mundo y a la vez, ofreciendo esperanza a manos llenas, un país por venir para los jóvenes cubanos.

Hablar de (ah, gran Mariano Azuela) los de abajo, esos que parecen importarle poco o nada a los de arriba... si 'hacer el juego' se llama este ejercicio, me sumo a él. Me seguiré sumando visceral y cotidianamente. Cantando ese bolero único que canto a Cuba, mi amante: porque tu amor es mi espina/ por las cuatro esquinas hablan de las dos/ que es un escándalo dicen/ y hasta me maldicen por darte mi amor...

Cuba, país imaginado, madre tan sola dejada con tus huesos...  en Matanzas me han dado un recado y me han dicho que a ti te lo dé: el  'pueblo a pueblo' es el único camino para llegar hasta ti, tu verdad no simulada en pancartas, vallas incesantes, proyectos de ley, presos a canjear. Cuba,  hermana, muchacha hermosa... gracias por recibirme, recibirnos, despojados de toda mentira, toda pose fabricada, por dejarnos estar en ti, por ti, contigo... los otros son ajenos. Tú eres luz y mañana y danzón y casas sobre el río. 

Y  estos pueblos olvidados de Dios lo han visto.

Tuesday, February 19, 2013

Nota preliminar para un texto a deshora



En febrero de 2011, viviendo aún en West New York, la poeta Odette Alonso nos invitó a participar  del "Ciclo de Escritoras Latinoamericanas" que cada año organiza en la Feria Internacional del Libro de Minería en México D.F. Yo había salido de Cuba en el 2006 para asistir a esa misma feria; pero la ansiedad de llegar a mi destino final (Maya en Nueva York) no me dejaron cumplir entonces con mi compromiso. En estos días se cumplen siete años de aquel intento fallido de estar en Minería y dos de que regresara a presentar parte de mi trabajo, acaso a saldar aquella vieja deuda. Odette me pidió en esta segunda ocasión que participara en una mesa sobre los desafíos de escribir en español en Estados Unidos y efectivamente escribí un texto que no llegué a leer por no desentonar con la dinámica del coloquio que fue mucho más desenfadada, menos melancólica que lo por mí anticipado. Nunca mencioné lo que llevaba preparado. Lo olvidé con la tranquilidad de haber hecho lo correcto.

Anoche me regalé una cena con dos amigas que aunque jóvenes en mí, se acrecientan profundas en mis afectos: Anadeli Bencomo y Rose Mary Salum. Sus credenciales profesionales son muy fáciles de rastrear, así es que por una vez me ahorro el alarde de amigas que tengo muchas ganas de hacer.  Cenamos en mi cubano favorito de Houston y resolvimos una buena parte de la crisis mundial. Pero Rose Mary nos trajo a ambas algunos libros de regalo. Y digo "pero" con la descarada intención de hacer creer al lector que ese gesto arruinó la noche. Y así fue si es que 'ruina' se puede igualar con 'sobresalto', 'hallazgo de interlocutor', 'epifanía'  por el encuentro con traductores e interpretes para una larga cadena de experiencias no contadas; de vidas sufridas en silencio.

El título de marras forma parte de la colección "(Dis) locados" que acaba de inaugurar la casa editorial Literal Publishing, dirigida, no tan casualmente por Salum. Hablo, en fin, de Poéticas de los (Dis)locamientos (2012); una colección de ensayos que la investigadora Gisela Heffes ha editado y en donde entre otros, aparecen textos de Silvia Molloy, Cristina Rivera Garza, Isaac Goldemberg, Arturo Arias y Rose Mary Salum.

Qué cómo se se conectan los eventos? Es decir México, Minería, restaurante cubano, 2006, 2011, las amigas y este texto? Allá voy.

Sin intención de emular con los autores de la colección o a destiempo reclamar una inclusión donde sin falsas modestias no creo tener un lugar, la propuesta de Heffes reactivó de inmediato mis sensaciones más primarias al emigrar y escribir en español, contra viento y marea, contra Nueva York o Houston. Aquel texto para  Minería 2011 apareció como fantasma que anhelante deseara hablar con sus otros iguales, seguir la charla con mis amigas para siempre. Llorar frente a ellas por el más hermoso de los ensayos, escrito (I'm so sorry, but it's true) por la misma persona con la que horas atrás brindara con sangría. El ensayo de Rose Mary "Tres semillas de granada" -en donde cuenta sus periplos culturales del Líbano a Tejas pasando una vida en el México más lindo y querido de todos- me sobrecogió hasta el insomnio. Aquí les comparto:

Enfrentar la confusión que crea la mirada del Otro al percibirnos, la extrañeza mostrada cuando advierten un acento, la inclinación de su cabeza cuando hablo, el incremento del volumen de su voz cuando me contestan y el regodeo de la dicción cuando se dirigen a mí: Where-do-you-originally-come-from? La mirada perdida cuando tratan de entender palabras que en mi dicción se pronuncian exactamente igual: beach/bitch, bean/bean, leave/live. Cuál es la diferencia? Una i larga, una i corta? Las exquisiteces de la comunicación. (200)

Fragmentos como este fueron, en fin, responsables de esta entrada a destiempo, de esta ansiedad de contar lo que no por muy sabido dis-loca menos. Para ellas, Anadeli y Rose Mary, va aquel texto olvidado; pero no por ello menos vivo.


Escritora en Nueva York

La ciudad es una caja o mejor una roca metida en una caja. Entro y salgo de ella con habilidad. Bordeo la roca cuando estoy dentro usando sus pasadizos interiores. Túneles, autobuses del este al oeste y viceversa, trenes del norte al sur y viceversa. La ciudad es una caja como aquellas enormes para vestidos de novia que salían en las películas de Hollywood que trato de no ver. Mi ubicación en ese interior gigante se inicia por el oeste. Allí comienza al decir de Jo Labanyi “el ciclo de tropiezos”, ejercicio de esquivar el  constante y posible encuentro con esos otros cuerpos que se abalanzan desde la prisa. La ciudad es entonces y cada mañana desde el oeste una caja de evasiones. Un resumen de saltos en donde evitamos la entrega, en principio natural, de un cuerpo frente a otro. La ansiedad ante el posible tropiezo, su evasión, se extiende por la caja y deviene un enorme cartel lumínico en donde se evade también el contacto de los ojos, el roce mínimo de las pieles, la palabra. La ciudad es elipsis. La caja su blanca envoltura fabulada, su muestra de silencio.

Un día tuve veinte años y cerrar los ojos e imaginarme en Nueva York mientras Ella Fitzgerald y Louis Amstrong hacían las voces de una necesitada canción de cuna eran todo mi equipaje. Autumn in New York, why does it seem so inviting repetía en una jerigonza que atormentaba a mi madre -quien gritaba desesperada a las vecinas que ya estaba su hija otra vez con la cancioncita de Oto en Nueva York… veinte años y la certeza de que aquel barrio que me recibía cada fin de semana al volver de la Universidad, nunca comprendería que yo ya había encontrado los misterios de la poderosa ciudad. Que los había descifrado entre las escenas de Hanna y sus hermanas y las disonancias eclécticas de El danzón de Moisés del cubano-judío Roberto Juan Rodríguez.

Veinte años y la felicidad de creer saberlo todo y la ausencia de las lecturas de Jane Jacobs con su “Vida y Muerte de las grandes ciudades americanas” en donde el Nueva York del East Village se mostraba seguro en sus aceras mientras más vecinos imaginariamente danzaran en la calle; vigilando y castigando, al decir de Foucault, cualquier atentado contra la seguridad del barrio.

Y de tanto cantar, invocar a ese Oto en Nueva York que desquiciara a mi madre fue que un día me vi allí. Traía una maleta pequeñísima en donde entraron dos juegos de ropa interior, dos camisetas, un pantalón, mis dos brevísimas colecciones de cuentos publicadas en mi país, el manuscrito de un tercero que 4 años después vio la luz y unas revistas con algunos artículos que podrían sostenerme en la idea de que yo gustaba de escribir y que sin duda continuaría haciéndolo en la ciudad de mis más cándidas ensoñaciones juveniles. Y así ha sido.

He escrito en Nueva York en eternas noches de desvelo, en meses de enorme angustia esperando por la legalización de mi estatus de inmigrante, en la clásica contraportada de los libros mientras viajaba infatigable en los trenes, en los Delis de comida internacional donde esperé horas para mi próximo turno de clases, en los muchos dispositivos electrónicos con los que me saturo de información y me adicto a la hipercomunicación, en los autobuses que me llevan desde mi pueblo al oeste  del río Hudson hasta el centro de la caja, en el cubículo sin paredes del colegio donde trabajo, en el maravilloso ordenador que me regalo en navidad, en el pasillo que conduce al baño de mi minúsculo apartamento.

Escribo en Nueva York para recuperarme de la ansiedad que me genera cada día el tránsito por la caja, la evasión de la mirada, la piel, el empujón que me niegan en el metro y hace las delicias de Labanyi al definir el concepto moderno de ciudad. Escribo para sobreponerme a la elipsis verbal, a la desidia. Y obviamente porque no tengo otro remedio.

Asumido pues lo que resulta incontrolable, me invento entonces un argumento, me digo que con la escritura construyo mi propia caja. Ese espacio en donde se superponen las imágenes del colega de matemáticas que me niega el saludo en el ascensor con la del viejito cubano que se aparece sin más en mi apartamento cuando estoy dispuestísima a ver una película iraní; él ha venido a traerme unas manzanas y conversar un poco sobre la isla sin remedio. Escribo para hilvanar en una pieza única los sabores del restaurante Taos en donde no sirven agua del grifo sino la de unas finísimas botellas que elevarán la cuenta hasta parajes innombrables, con las del chico de Honduras que nos trae un vino de mesa destapado y maloliente porque aún no entiende el protocolo esencial del buen mesero.

Escribo desde un pueblo que bien mirado sigue siendo aquel de nombre cruel que aparece en mi certificación de nacimiento, esa prueba tan frágil como arrolladora  de la identidad.  Es Nueva York en Matanzas o al revés. Hay un viaje cíclico que intento sintetizar en un blog de aire que nombro de igual modo; es un viaje cíclico que apretujo en la caja del vestido de novias que no usaré. La caja en donde conviven la roca con túneles de la isla de Manhattan y las calles desiertas de Matanzas con las que sueño sin parar. Todo suena dentro de mí como el mar dentro de las caracolas. Y lo escribo.

Porque a pesar de los silencios, el tropiezo esquivado, el ballet vigilante en las aceras y el cansancio, un enorme cansancio que consigue a veces cubrirlo todo, sé que cerraré los ojos y estarán mi madre y las vecinas riendo por mi canto desafinado en la buhardilla. Que sonará el timbre de la puerta y será el vecino bajo pretexto de manzanas. Que la ciudad, como quien dice la caja, la casa, el espacio de ser y de escribirlo son una ficción del ojo envilecido… la muchacha de provincias que fui, que soy, prefiere seguir leyendo a Eliseo Diego en su divertimento favorito, “De Jacques”, aquel en donde el bravo corsario no es más que un juguete levantado por la mano del tendero que lo envolverá para que un niño lo lleve a casa. Con el viejo Diego, esa será siempre mi mejor fantasía: todas las ciudades, la ciudad, son un pretexto, un escenario de fondo. 

Pronto alguna mano poderosa me envolverá y amaneceré en nueva casa, hablando de lo mismo.
                                                                                                                                                                   Octubre, 2010 y noche de brujas

Monday, October 22, 2012

Adónde vamos ahora?

¿Adónde vamos ahora?



Anoche vimos una película libanesa titulada en inglés: Where do we go now? la tesis del filme es tan simple como conmovedora: la unión de un grupo de mujeres en algún pueblo polvoriento del país, hace que sus hijos y maridos paren la masacre que planean entre cristianos y musulmanes (ellos mismos) haciendo uso de la treta de cambiar los ropajes y rituales que cada grupo practica de ordinario. Las musulmanas comienzan a bendecir con agua bendita y las cristianas hablan de un viaje a la Meca y usan burkas y todo tipo de atuendo que las identifique con sus supuestas contrarias. Para el final de la cinta, uno de los chicos cristianos ha sido asesinado por accidente por un desconocido fuera de los límites del pueblo y cuando los hombres (confundidos por la aviesa conducta de madres y esposas) van a enterrarlo, no saben en que área del cementerio hacerlo ya que siendo el muerto hijo de una conversa al Islam, la duda los desintegra. "Ahora duermes con el enemigo"; dice la madre desesperada cuando el hijo que ha quedado vivo la mira espantado por sus nuevos ropajes. 


Esta mañana me he despertado leyendo los fragmentos del libro de testimonios de Enrique del Risco Siempre nos quedará Madrid que aparecieran en el último número de la revista Diálogo que publica DePaul University. Allí, dice el escritor: 

Si la política se te mete en los lugares más recónditos de la vida, si te sigue los pasos aunque te refugies en el ballet o en la ornitología, no puedes decidir si te gusta o no. Lo único que cabe asumir es que le gustas a ella. En Cuba la política es como el agua de un temporal entrando por debajo de la puerta: no te deja otra opción que tratar de empujarla fuera con una escoba o resignarte a vivir con los zapatos encharcados en ella, si acaso reservándote el prurito de elegancia de subirte los pantalones. Hasta que la política suba de nivel y amenace con ahogarte. Entonces no te queda otra opción que nadar. Si es a favor o en contra de la corriente ya eso es cosa tuya. (29)



Si he decidido combinar ambos relatos y sus recepciones es porque cada día de los últimos 20 años (localizando mis convicciones políticas, allá cerca de los 17, cuando cantaba con Violeta Parra sobre lo tierno y amenazante de esa edad) me he levantado y acostado con la misma angustia: adónde ir, dónde ponerme... Mi madre a nivel político nunca ha sido mi enemiga,  tampoco mi aliada. Mi madre no es más que el fruto exitoso de una nación acéfala que no es que se haya subido los pantalones o haya nadado a favor o en contra de estas corrientes sino que lleva ahogada más de cincuenta años, no patalea, no siente la asfixia; pero si yo muriera tampoco sabría en que lugar del cementerio (quiero decir el Estrecho de la Florida) ponerme. Ella sabe que detesto el bloqueo norteamericano por su esterilidad y componente esencial en la jugarreta castrista. Sabe también que no apruebo ni uno solo de los ejercicios de totalitarismo que ese casta de guerrilleros devenida gerontocracia al mando pone en práctica en la isla y su política exterior. Sabe que de las opciones que me da la maltrecha democracia norteamericana, apruebo aquella que en su maquillaje parecería defender las causas de los desposeídos y re-imagina un proyecto humanista "Con todos y para el bien de todos"... sabe que no tolero las guerras de Irak o Afganistán porque son un ejercicio de hegemonía imperialista, sin más, sin complicaciones éticas justificadas en el exterminio del Talibán o las armas de extermino masivo porque de eso, el interés petrolero y las bases navales impuestas a lo largo y ancho del planeta para qué hablar. De modo que mi madre ni siquiera necesita cambiarse de casaca, porque cualquiera de las dos le quedaría incómoda y sería sin más un despliegue coreográfico innecesario. 

Sin embargo porque sé que a todo cubano(a) la política le invade la casa de sótano a ático; porque la casa misma (donde quiera que ésta haya sido emplazada) es un símbolo de una sobrevivencia que ha resistido desde siempre los más duros embates y porque veinte años después, la inocencia hecha añicos, el cruce de una frontera y el cambio del sistema hormonal así me lo facilitan: me avergüenzo de los cubanos que ostentan supuesta conducta apolítica. Y no hablo de aquellos que hundidos en plena infancia o adolescencia la historia oficial se les posó en la mesa y les dictó lo que debían hacer dejándolos en la misma esquina acéfala que mi madre habita. No, hablo de colegas académicos y profesionales, pensadores bien pagados, gente con puestos conseguidos en competencias nacionales de Europa y Estados Unidos en donde aseguraron, más bien juraron, tener mucho que decir. Gente con páginas de facebook para hacer alarde del más cínico y agudo sentido del humor si de comentar la decimaoctava muerte twittera de Fidel se trata; pero incapaz de pronunciarse si golpean a las Damas de Blanco o de firmar una demanda al congreso norteamericano para el levantamiento del bloqueo. Esa natación de la que Del Risco habla, pareciera no sólo ser un deporte poco interesante sino mejor un deporte detestado. Porque no se habla aquí de un cambio productivo de ropajes. Se trataría de vestirse con algo. Dejar de pensar por un momento en qué dirá el colega boricua que tan mal lo pasa con la situación colonial de su bella islita o del queridísimo hermano de Quisqueya que ya no puede más con su vida "In the Heights"; si es que total, estamos todos podridos, desesperanzados, cagados de miedo e impotencia. Se trata de que si se va a encuerar una, pues mira, que fuera también productiva esa desnudez, como quien dice, vamo' a tirarnos en la boca de los tiburones y ver qué pasa, va y cambiando nosotros, algo cambia.

Hace un par de semanas, mi colega mexicano José Ramón Ruisánchez publicó este artículo en donde esgrimía sus más auténticas e intelectuales razones para salirse del facebook. Disfruté el texto a mares; pero me le impuse a mi querido amigo de inmediato. No, le dije, viniendo de dónde vengo, "el face" (síntesis espectacular del gesto que supone dar la cara) es un arma más. Casi que podríamos cambiar aquellos versos de Celaya, casi sustituir "poesía" por internet y todas sus herramientas para asegurar que están cargadas de futuro. Que la detención al negro Pánfilo cuando reclamaba comida ante una cámara cualquiera haya sido breve; que las dominicales golpizas a las damas del gladiolo no se queden reducidas al mito o la infamia que generen unos pocos espectadores; que la muerte de Payá pueda ser debatida hasta el cansancio y que valga la opinión de la autoridad tanto como la de cualquier hijo de vecino internauta es una experiencia inédita para este pueblo. Y face las concentra todas en un muro que sí es el de las más desafortunadas; pero también el de las más fértiles lamentaciones.

No hacer uso de esa "ilusión del derecho", de ese pedir la voz y la palabra (como nos enseñó Blas de Otero) es tan indecente como permitir en un pueblo perdido del Líbano que niños que han jugado juntos desde que aprendieron a escaparse de sus respectivos pesebres (y es que todos somos Dios, solo hay que mirar con atención) se maten so pretexto de una guerra religiosa que les es ajena. Hacer uso de facebook, twitter, blogs, emails y cuantas formas de expansión masiva del criterio nos queden a la mano, no es lanzarse sin más a una guerra despiadada sino más bien echarse a nado para encontrarse en algún punto del Estrecho... es escucharse con respeto y mesura para entender que todos somos el enemigo y el amigo y la única solución posible, que todos salimos de algún vientre materno, que querer recobrar una nación es sobre todo tener la voluntad para recobrarla. 

Yo, por mi parte, sólo quiero que mi madre sepa dónde echarme cuando llegue mi hora de ser devorada por los tiburones.

Tuesday, September 25, 2012

Del azúcar, su emplazamiento vikingo 

Esta entrega la comenzaré (muy a lo gringo) con una aclaración o renuncia: Nada de lo que aquí se diga tiene la intención de ofender, juzgar o mancillar la imagen del sujeto de análisis. Se trata por el contrario de unas reflexiones largamente contenidas y desnudas en su intento indagatorio. 

Para quienes no la conocen aún, aquí les va: Azucala Latinviking Cuba -absténgase de leer sin ver el video antes.



El primero de su serie de cortos me llegó a través de la página en facebook de un reconocidísimo poeta y dramaturgo cubano. Decía aquel: "a ella sí que nadie va a echarle a perder el domingo con nostalgias de exilio". Más tarde, comencé a ver los videos repetidos en las páginas de la mayor parte de mis amigos poetas, académicos de alto rango, egresados de la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y hasta en la de colegas de las islas vecinas; pensadores de calibre. La mayoría reía, celebraba esta aparición reivindicativa de los cubano allá en tierras vikingas (Farsund, Noruega para ser exactos) y en su totalidad la tenían como 'contacto' en el face. Interesante -me dije- y me reí y me la pedí de contacto yo también -no fuera a estar fuera de onda o poniéndome vieja y conservadora.

Luego me atreví (con auténtico pavor) a enseñársela a Maya. La reacción fue la esperada: furia absoluta. Cómo podía ser posible que esta fuera la imagen de Cuba que tuvieran los noruegos? Bajo qué premisas esta chica se adjudicaba este título de ser la embajadora de una cultura que a derechas no conoce? Ya me metí en un lío, pensé. Ya no podré dejar de pensar en el asunto. Y así meses.

Azucala Latinviking Cubana tiene 3882 seguidores en el facebook -nada al lado de los billones de Lady Gaga; pero muchos si pensamos en que no llegamos a 3 millones de cubanos los que accedemos a internet. Si compensamos los cientos de ancianos exiliados que no se conectan con los cientos de personas no cubanas suscritas a Azucala, el número sigue siendo representativo. Maya, por su parte, sólo piensa en los vecinos noruegos a los que Azucala insiste en despertar en cada una de sus entregas de videoasta por cuenta propia.

En este próximo video, la vemos tomar las calles de Farsund, en un intento más de llevar lo que considera nuestras tradiciones hasta los naturales del país que habita:



Y eso está muy bien. Lo mismo hizo en su momento  Desi Arnaz (Ricky Ricardo) cuando permitió que en el programa que compartía con Lucille Ball se representara lo cubano con sombreros mejicanos y mariachis o cuando en muchos restaurantes de Estados Unidos te ponen arroz amarillo con habichuelas negras porque así se comen en la mayor de las Antillas.

Que Azucala insista en despertar al barrio en todos y cada uno de sus videos, que hable imaginariamente con vecinos a los que ordena irse si no les gusta su ruido en casa, que intente patentar su desenfreno como una marca ineludible de lo cubano y que andemos todos muertos de la risa quizá, sólo quizá, debería ser material de análisis. No por el gesto en sí, sino por su proyección, por el impacto real de ese nuevo imaginario y por la revisión de un pasado que ha parido este futuro y por un presente  que desorienta a varios. 

La pregunta que traigo sería la de qué entienden las últimas cuatro generaciones nacidas y criadas en la isla por "cubanidad" y asimismo qué entiende el exilio histórico bajo esta misma etiqueta imaginaria. A riesgo de extenderme demasiado, quiero traer a la mesa cuatro anécdotas que se inter-conectan y que quizá puedan arrojar algún sentido sobre esta capilaridad del nuevo sujeto nacional y transnacional cubano y aquellos performances que en Azucala encuentran síntesis y transmisión. 

Uno: Un par de años atrás alguien colgó el video de una beba de no más de dos años que se movía obscena mientras bailaba ante la celebración y el orgullo de toda su familia. La instaban a bajar hasta el piso meneando su cinturita y pelvis de un modo que solo pudiera recordar el acto sexual. Entonces comenté que por ahí pasaba la degradación de valores de esa nueva Cuba, que inserta sin dudas en lo global, reforzaba lo sexual como único modo de emancipación y libertad. Incluso si se trataba de una bebé, la familia, absorta en la nada, lo vindicaría. Un amigo, especialista en arte y estudios de género, me llamó hipócrita y me dijo que por el baile había pasado históricamente la fruición de lo cubano, lo más sublime de nuestro espíritu, lo mejor de nuestra excepcionalidad. Azucala explota sin dudas este sello histórico de autenticidad.

Dos: Cuando mi madre me visitó en el 2010, proveniente de Cuba (donde aún reside y residirá) no fue posible que se concentrara en una película, programa de televisión, paseo por la ciudad de Nueva York, cena con amigos o video sustancioso en la internet. Sólo quería hablar, hablar, hablar por horas, como si hubiera estado años y años en voto de silencio y hubiera descubierto el truco de Sherezada, ese hablar para vivir; ese aferrarse a su propia palabra para recordarse la validez de su existencia. Desesperada, por la imposibilidad de leer, escribir o simplemente mandar un email, le hablé a una amiga poeta del asunto y me dijo que era todo culpa de la revolución, que los había enloquecido a todos, que su hermana cuando venía de visita a USA, hacía lo mismo. Notemos, pues, la incontinencia verbal que nuestra Azucala padece. En su caso se acompaña del canto; pero en cada uno de sus videos parecería estar espantando al demonio del silencio.

Tres: Un colega investigador de alto rango, afirma sostenidamente que la homofobia en Cuba no tiene nada que ver con la Revolución y sus dirigentes, que es un tema cultural y ahistórico que encuentra referentes desde la colonia misma. Me pregunto a la vez (ya que converjo con él) hasta dónde podemos reclamar ese argumento a favor de quienes han insistido con uñas y dientes en desconectar el nivel diacrónico de la historia cubana, para reforzar sólo sus hazañas post-59? Es decir, cómo vamos a saber de la homofobia histórica si la revolución ha sido sólo una desde 1868, si los valores que trasmite (o sea, homofobia, cárcel, silenciamiento y represión) son los mismos de    Carlos Manuel de Céspedes a Raúl? O más claramente aún: cómo puede saber Azucala que hay una cubanidad que no se reconoce en el ruido, la invasión del espacio privado del otro, la imposición forzada de unos modos de ser y expresar que los vikingos no tendrían que admitir como interesantes?

Cuatro (que se relaciona con la dos): Ayer, pregunté esto a mi compañera de la Escuela de Letras, Miriela Rodríguez, a propósito de la última entrega de Azucala:

yo: Miriela, tú que eres una mujer tan brillante, me puedes explicar este fenómeno teóricamente? choteo? parábola? vernáculo? estetización del solar? sublimación extremada de la cubanidad? Por favor, te necesito. 

Miriela (a otro amigo)Esto es el delirio asere...el experimento social que es Cuba ha dado esto... normal... Delirante asere... 50 años de fundidera Fidel Castro...Aquello es un psiquiátrico a cielo abierto. Si Dante fuera un contemporáneo pondría a esta negra a la entrada del infierno a dar la bienvenida a los condenados.... Este video lo ha puesto en la red el G2…a mí no me jode nadie..."abandonen toda esperanza... esto no tiene arreglo"

Y así nos va... buena suerte a Azucala, Latinviking y a nosotros, perdidos y disueltos entre referentes opuestos, a la deriva en fin, a la deriva siempre...



Tuesday, August 21, 2012

Es que somos unos exagerados...



Debo empezar esta entrada femeninamente disculpándome. Sí, este era un blog para reseñas literarias y al final se está convirtiendo en un espacio más para el desfogue emocional (uy, femenina otra vez... pestañeo como Betty Boop) y el ajuste de cuentas personales. Volveré a los libros, sólo que a veces, ay, a veces...

El asunto es que lo que hoy les presentaré me ronda hace casi dos meses... una de esas frases que alguien dice y que se ancla en algún rincón del alma o la memoria para martillear incesante. Debo aclarar además que no hablaré aquí desde la vehemencia que me caracteriza, nada de vena aorta hinchada, ojos desorbitados o desgañite que conduzca a la ronquera... no, hablaré desde la reflexión, la calma, hasta la certidumbre de que aquella, la frase martillante, tiene su fundamento.



Estaba yo conduciendo mi carrito blanco y un par de amigas españolas me acompañaban. Gente linda, decente, querida, comprometida con muchas causas y entre ellas la cubana. Amistad probada por más de una década y varios encuentros intercontinentales. La cosa es que ya empezábamos a hablar de política (surprise, surprise) cuando una de ellas asegura que la cosa es que los cubanos no nos damos cuenta de lo exagerados que somos, que la falta de libertades en Cuba es perfectamente comparable a la de España y por supuesto, cómo no, a la de cualquier otro país Latinoamericano. Hum. Vena aorta que se altera, ojos ya salidos de lugar, gritos despavoridos, potencial accidente de tránsito. Intento incluso, desde un breve segundo lúcido, parar la discusión y decirle que no vale la pena, que mejor seguimos con nuestras magníficas vacaciones. Pero no se puede.


La anécdota es familiar para cualquier cubano que haya estado en contacto con miembros imaginarios de las izquierdas del mundo... yo misma he repetido la escena con idéntica actuaciones y coreografía en varios países, foros públicos y privados, lenguas inglesa y castellana. Soy una guerrillera del asunto cubano; pero esta vez la estocada de la exageración me aniquila.

A ver, claro que sé mejor que nadie que la exageración viene gratuita como compuesto químico en nuestro ADN.  Que el chovinismo y la tragicomedia nos acompañan desde el momento mismo en que se juntaron el gallego y el negrito en un retablo cualquiera de una nación por fundar... pero digo (y párenme si exagero): se puede estar más sola en esta vida que cuando has visto a centenas de hombres y mujeres ir a las cárceles y morir a muchos de ellos por hacer uso del derecho de libre asociación o reunión; o cuando otros tantos se tiran a un estrecho plagado de tiburones (muchas veces con sus hijos)  porque ya no pueden más (sí, sí, razones económicas, so what? a ver si nos leemos un poquito a Marx y entendemos de qué van las ideologías políticas)... en fin, la lista de exageraciones, esa que debe hacernos poner nuestro tema nacional en perspectiva y quizá tranquilizarnos un poquito es larga, tortuosa, aniquilante. Tanto, que se me han ido pasando las ganas de esta entrega.

Mi amiga es mi amiga a pesar de no entender nada. Así de fiel me hace la luna. Así de vieja me estoy poniendo. Pero más que proponer, analizar, debatir, me doy cuenta de que esta vez sólo me gustaría lanzarles la pregunta, a todos, sin discriminación por razones de nacionalidad, poder de exageración,  condición exílica o insílica... y es esta: eh, ustedes, de la cosa cubana y los cubanos, qué creen?




Wednesday, August 8, 2012



Este 13 sin Ileana  

video

Desde hace días martilla mi cabeza una idea obsesiva: el 13 hará un año, el 13 hará un año… la he llegado incluso a decir en voz alta para sorpresa de mis escuchas… he seguido de largo sin ganas de aclarar nada.

Hoy, 8 de agosto, cuando faltan 5 días, alguien publica un texto sobre ti y una expo tuya escrito por Mylene, la responsable de todo. Lo leo y pienso en esto que escribo como una “contracandela” –palabra que te daría mucha risa y te haría pensar en los enormes surcos de la escuela al campo o quizá no, quizá nunca fuiste a esas escuelas; tantas cosas no alcancé a preguntarte... Leo a Mylene y escribo desde un mundo al revés, a la usanza de Lewis Carrol. Pienso en que quiero celebrar tu no muerte, tu no enfermedad, tu (mi) no darnos tiempo.

Si Mylene, la Nena (a quien conozco sólo por tu mirada) y Darsi fueron tus amigas más fieles y tienen más de treinta años de memorias, yo fui tu relación amistosa más anécdota, más incidental, más de provincia (largo deshonor para ti, que eres La Habana misma)… Pero aprendí a vivir con eso y con los celos que corrían despavoridos de una punta a otra de nuestras vidas. Nadie entendía nada. Sólo nosotras. O más bien tú y me lo explicaste. Fue aquel día en que me regalaste la preciosa camiseta verde aceitunas y un perfume delicadísimo que no he vuelto a tener pero cuya esencia de flores ya no olvido. El día en que me dijiste en la punta de tu cama: nunca tuve una amiga a la que le sirvieran una de mis camisetas. Era tu manera menos torpe de contarme que nuestra gordura había sido hasta ese momento terreno de soledad, ausencia absoluta para imaginarios compartidos. Yo te abracé fuerte y me puse la camiseta hasta que -gracias al sol de los patios de Cuba y algún accidente con pintura de lechada para las paredes- se convirtió en el trapito más caro y amado que haya tenido hasta este día.

El 13 hace un año de que me diera por vencida de traerte a los Estados Unidos, de imaginar para ti talleres, exposiciones que en realidad serían el pretexto de horas infinitas de muela y más muela, la muela que nunca he podido dar ni con las más amable de mis amantes. Ellas siempre tienen sueño a la hora en que las mujeres-búhos (o sea, tú y yo) se  dan a las confesiones. El modo en que nos imaginábamos sin dormir era la mejor parte de tu viaje. El 13 hace un año de que Roxana Fuentes se viera en la obligación de hablarme de derrames, hospitales, muertes y cenizas… sepultando también, ese futuro de parloteras alegrías.

Fui tu amiga accidente, lo sé. No tengo derecho siquiera a escribir estas páginas o de tener tu caricatura entrando al cielo, esa con la que el Garrincha nos abrazara un año atrás, puesta como amuleto en la misma entrada de mi oficina para que cuando las malas energías traspasen el umbral, tú las combatas.  Ya sabes, bien sabes, lo egoísta que somos las especies de esta raza.

Sé que no soy Mylene o la Nena o Darsi, tampoco Iris que bien ganado tiene un puesto entre tus más profundos afectos, sé que no tengo mil memorias que ofrecerte. Pero hay al menos dos que nadie puede arrebatarme. Dos que valen este dolor y esta rabia y esta impotencia de saber que moriste el mismo día que nació el origen de todo nuestro horror. Una de ellas ya la sabes. Y la saben también Mylene, Laura, Beatriz, Lucy, Andy y Mauro; no sé si la contaste a alguien más. Es esa en la que todos cantamos y el mar de la costa que separa la ciudad de La Habana de Matanzas nos arrulla. Es esa en la que somos eternos y felices y cerramos los ojos (todos menos tú, que nos conduces a la gloria de esos días y una vez más haz de inmolarte). Es el “fuego lento” con que la otra Rosana nos advierte que esos segundos cambiarán para siempre nuestras vidas.

La segunda, vuelve a ser íntima, conversamos en mi barbacoa de pretensión italiana (ese “mezzanine” tembloroso y pobre donde lloramos tanto) y un tipo se para en la calle y se masturba y nos llama para que lo veamos. Nosotras somos sólo dos amigas gordas conversando en plena madrugada; pero al tipo eso parece darle el mismo morbo de dos sílfides en plena escena porno. Lo que me llevo conmigo es tu modo de bajar las escaleras del “mezzanine” sólo para comprobar que tus hijos duermen tranquilos en el primer piso. Que nada ha sucedido a pesar del tipo que silva y se sacude su baba entre las piernas. Aquella noche quise que fueras mi madre, mi hermana, mi hija, todas esas fantasías que recorren el imaginario lésbico, pero que, insisto, no cautivaban ningún deseo erótico en nosotras. Y no te lo dije, claro, más bien frivolicé tu paranoia… te hablé de que el masturbador del barrio era casi parte de todas las familias a las que había acosado… algunas le gritaban soeces el más exquisito sermo vulgaris matancero, otras (como yo) sólo cerrábamos la ventana después de haberle compadecido en voz alta: ¿chico, tú no tienes nada mejor que hacer?

El 13 hará un año y en medio de la más apretada de mis agendas te escribo. Te hablo de esa imposible trayectoria que fue ir a La Habana, al portal de 49 y no encontrarte. Te digo, eso sí, que Lucy es una bella muchacha de gesto rebelde, que Andy suena sereno en los teléfonos, que Yadira es la mejor celadora de tu legado, tu memoria; que Hilda, Ivón y Lucía se dan mucho sillón sólo para asegurar que los balancines no dejen lugar al silencio, que Amelia es idéntica a ti, tan idéntica que encontrarla parece un viaje a esos años en los que no pude conocerte.

El 13 hará un absurdo año y yo, sin derechos como estoy a homenajearte, he ideado un nuevo ritual para las dos. Te lo cuento: nado en las tardes hasta que se cierra la noche sobre el patio. Entonces, nos sirvo una cerveza, me aseguro de mirar feliz a las estrellas y comienzo a darte muela… sé bien que sólo tú escucharías.