Wednesday, August 24, 2016

Poderosa Atemporalidad del Agua y sus Silencios

El Agua que mece el silencio (Vaso Roto, 2015) de la autora mexicano-libanesa Rose Mary Salum presenta una colección de pequeños relatos que bien podrían ser leídos como novela breve; pero más allá, bien podrían ser leídos desde el pasado como presente inmediato y me atrevo a asegurar lo mismo de cara al futuro. Tal es la esencia de la mejor literatura. Tal el poder del agua que los baña y los mece en su cuna de eternas resonancias.

Esta serie de brevísimos episodios interconectados presenta temas angustiosamente universales (las guerras, las religiones, la familia, el amor, la fraternidad, la política, la vida pública versus la vida privada, etc.) desde la perspectiva de narradores niños quienes desde sus respectivos estados de candidez, incertidumbre, ilusión o miedo, no permiten al lector cerrar círculo de recepción ideológica alguna. No desde los trasnochados estancos de autoridad o poder (político o textual). Y justo en esa entelequia (en el sentido original del término aristotélico de 'fin en sí mismo'), descansa a mi juicio, el mayor de los aciertos en la propuesta narrativa de Salum.

La autora ha sabido crear y yuxtaponer con suaves mañas de narradora atenta una serie de eventos tan atemporales como reconocibles, tan íntimos como públicos, tan trascendentes como prescindibles. A través de esas unidades poderosamente creadoras pero también destructivas que siguen siendo la familia y sus sistemas de escolástica privada, Rose Mary Salum nos hace recorrer un profundo espectro emocional a través de sus variopintos personajes. Para ello, nos somete al ejercicio de hacernos testigos tanto de su violencia, su miseria o sus frustraciones como de su esperanza, su capacidad de reinvención, su movilidad, su sistema de valores... Pero todo acontece, enfatizo, desde plurales aguas (eternas, escurridizas, dóciles o bravas)  en donde los niños, azorados o felices, presentan escenarios ajustables a toda cultura, toda edad, todo espacio.

Si bien no podemos pasar por alto los destellos oníricos del texto: "A mi mamá la conectaron a una pared porque tiene una sandía en el estómago". (Salum 41), resulta asimismo importante anotar que se trata de un rejuego con la estética surrealista que tenga como fin último un informe sobre esa descentralización de la histórica voz autoritaria a la que largamente nos han acostumbrado y que aquí vengo reseñando. En estas guerras, sistemas de adoración religiosos, representación de hombres, mujeres y niños, no hay lugar para las jerarquías. No para el maniqueo aburrido binario de buenos contra malos. Judíos, musulmanes y cristianos perviven armónicos (diegesicamente hablando) en este pequeño concierto ecuménico que el libro modesta, pero certeramente, termina siendo. 

Celebro El agua que mece el silencio con una cierta y renovada fe en el tiempo que vendrá. Ese que la propia autora de modo incidental e inconsciente vaticina al decirnos de soslayo que hay "(...) una zona de esperanza donde todo es silencio". (Salum 40) Inocente e infantil fe que aspira al fin de las guerras y las etiquetas religiosas y las barbaries cometidas en su nombre. Fe en la literatura como ángel anunciador de una paz por venir. 

Fe en el agua que canta y sobre todo en la que desde siempre ha hecho silencio. 


Friday, August 19, 2016

La fotografía de Miriela Rodríguez: solo Clavileño nos regresará a la ínsula y la luna lo sabe
Revisitar a El Quijote con afán de entender quiénes somos y hacia dónde vamos en Iberoamérica es ejercicio bastante menos ejecutado de lo que quizá sería necesario. Nos excusa el pensamiento post-colonial (baste ya, mi bien, de mirar a la Metrópoli para encontrar cobijo entre significantes lingüísticos y simbologías decantadas a partir de ellos). Y eso, quizá, esté muy bien. Si acaso lo resolvemos con los Estudios Trasatlánticos. Pero Quijote y Sancho y sus travesías son más. Son obvio archivo e imaginario universal. Es lucha constante del hombre ante su destino. Es desafío a la vieja y no tan en decadencia moral que nos sofoca y que desde mucho antes de que Foucault lo explicara nos pone a discernir entre razón y locura como si la segunda fuera espacio inalienable de marginalidad e instituciones carcelarias. Y el Quijote es, entre tanta concentración útil de significados, errancia mayor, búsqueda incesante de bienestar o mejor, consecución de la aventura para aliviar el tiempo muerto que toda estancia e inmovilidad per se suponen.

La fotógrafa Miriela Rodríguez, exiliada cubana residente en España, ha sabido juguetear (lente en ristre) con varios niveles de significación y ha concentrado así su propia búsqueda errante en las rutas manchegas por donde imaginariamente debió volar Clavileño -aunque eso nunca sucediera, tal fue el tamaño de la estafa. Y justo ahí, en la estafa a la que Quijote y Sancho fueran sometidos, encuentra el lector de estas fotos la primera dicha. Lo que para los protagonistas de la novela fuera fiasco humillante, ella lo devuelve en imagen fecunda. Parecería decir: "aquí tenéis entrañables caballeros, os regalo la luna que a Clavileño en su imposibilidad voladora de madera crujiente no le fue permitido ver". La misma luna que, por transferencia, tampoco a los protagonistas de ojos vendados les fuera entregada. 

Esa concesión de la visión tiene así mismo una segunda lectura de mayor complejidad, pero harto legible para cualquier exiliado político, acaso cualquier migrante: todo aquello que no nos fuera dado en nuestra tierra, quizá lejana e imaginariamente, lunáticamente, en tierra extranjera nos sea concedido. No se trata de una idealización fútil de los exilios y las diásporas, se trata del más básico de los derechos que con la carta natal habría de quedarnos conferido: el derecho a la imaginación y el sueño.

La errancia de Rodríguez se traza una ruta onírica entre la luna y los molinos; pero la materialidad de la foto lo resuelve. No nos inventamos la luna, querido Alonso Quijano, si sales a por ella, su visión será esperanza de futuro; perpetuación del peregrinaje, certeza de movilidad. 

Dando una vuelta receptora más a la contemplación de esta serie fotográfica en particular y volviendo al episodio de la novela, salta un detalle que obviamente en mí como cubana se hace tendencioso. Refiero al fragmento en que Sancho se niega a subirse al caballo de madera porque eso le retrasaría la llegada a su ínsula. Aquí el fragmento:  


“¿Y qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra  cosa más: que habiendo tres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el gigante  se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años, y ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que me conozcan; y pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro (…)”

Más tarde los personajes son convencidos y es allí que se materializa la estafa. Nunca vuela el caballo de clavijas. Y si alguna vez Sancho y Quijote creen volar es porque se han dispuesto una serie de falsos movimientos y trucos que su ceguera temporal no les deja advertir. Tal sería, sin duda, el caso actual del estado cubano y las técnicas de embuste, falta de agencia, secretismo e invisibilidad a las que han sido largamente sometidos sus habitantes en la diáspora, sus exiliados.

En este paralelo recién establecido, los ciudadanos de mejor voluntad, los temerosos de perder para siempre a su ínsula; aquellos que saben de antemano que en la tardanza el peligro habita, permanecen fuera de sus predios por obra y gracia de gobernantes mal intencionados que los embaucan en empresas de falsa realidad. Si en la novela el caballo concentra estatismo e imposibilidad de refundación de lo insular; en la realidad de la exiliada fotógrafa el mismo caballo es capaz de conseguirnos la luna y hablarle en su oído a pesar y sobre todo gracias a las gigantes masas de imposibilidad que los molinos suponen. Solo Clavileño nos regresará a la ínsula y la luna y Miriela lo saben.

Defiendo estas imágenes literarias que la lente de  Rodríguez nos regala como defiendo el derecho al sueño y el perpetuum mobile como intentos de conseguir la vida digna que desde el alumbramiento materno se nos regala. Regresar a Cervantes para entender asuntos universales no podrá estar nunca en el reino de lo demodé por muy descolonizados que nos autorrepresentemos. La ínsula espera entre luna y molinos y ese regreso esperanzado nos ampara.




Thursday, July 16, 2015

Placenta Colectiva, Ediciones Torremozas, Colección "La Noctámbula", Madrid, 2015, es la última entrega de la poeta cubana Lleny Díaz (Placetas, 1975). 

Hurgar entre estos versos es acercarse a un espejo que casi provoca terror en tanto nos delata. Allí estamos. Es la experiencia global dicha esta vez en español. Es la fragmentación del ser puesta en verso y prosa alternados durante casi noventa páginas. Y justo desde la fragmentación una nueva estocada para despabilarnos y hacernos recordar que tiempo atrás posmodernos/herederos del existencialismo ya clamaban estos gestos para sí; ya los llamaban "rasgos distintivos". Es también y sobre todo síntesis de cuánto experimentamos los de esta raza semicyborg y que aún no habíamos encontrado el modo de expresar mejor. Ni siquiera haciendo click en ese like, ni escribiendo ese comentario allí en donde la hiperpágina lo demandaEs la semivida nuestra; esa de quienes en realidad no somos más que nómadas acéfalos al margen de la historia y la política. La de quienes ya no fuimos capaces de hacernos cuerpo imaginado más allá del cristal de los ordenadores. Cuerpo imaginado mas nunca presente. Imaginado; pero jamás  comprometido.

Díaz viene a contarnos de la frivolidad del ciber espacio que apenas entendemos en lenguaje entrecortado, parabólico, cínico. Estremece entonces con su puesta sobre el tapete de algunos sentimientos olvidados por su omnipresencia: el miedo, la persecución, la asfixia. Porque la placenta colectiva es en realidad la masa epidérmica que encubre lo invisible, acaso y siempre, denostado.

Sus forcejeos con el lenguaje (del sermo cultus al sermo vulgaris); así como su clara intención de hacernos despertar de una suerte de letargo que ella misma intuye, pero no comprende, son las mejores herramientas con las que pone juntas poética y filosofía en este cuaderno. Artes que para algunos círculos de la cibernada parecerían irreconciliables. 

Alienta así mismo su distanciamiento de la noción Cuba. Esa enfermedad que nos persigue tanto a los huidos como a los resistentes de/en esa ínsula sola que no para de gritarnos, desesperada, antes de hundirse por fin en el mar Caribe. Lleny Díaz parece no reconocerla, no nombrarla para que no acontezca el  repetido hechizo narcisista que suele posicionarse al centro de casi toda la producción creativa de los allí nacidos. Cuba es presentimiento que busca sobrevivencia en los soplidos de Miles Davis; pero no lo consigue. Es rotura fundacional, memoria de otras islas que se repiten en cualquier punto de la esfera.

Armonías, asonancias, referencias cinematográficas, distanciamientos, obsesivos y punzantes zooms de cámara conforman pues el gran mosaico de citas que es Placenta colectiva. La metáfora inicial que se sugiere en el título, idea de los restos  despreciables luego de un parto anónimo y repetido; se integra perfectamente a la orquestación mayúscula que el libro propone. Más que oxímoron (resto devenido completitud sinfónica) hay aquí la propuesta de un camino. La exposición de una solución que escasamente acontece. Habrá que salir del resto amorfo y comenzar a juntar las partes y aprehenderlas con voracidad para llegar a reinventarnos. Habrá que despertarse para encontrar al fin la voz ancestral de la poesía. Y habrá que nombrar a Lleny Díaz como cicerone entre la maleza.



Saturday, June 27, 2015

NUESTRA GRAN SECRETA (Y HASTA JUNIO 26 INÚTIL) BODA LÉSBICA

Escribo esta entrada transida por la emoción de los últimos días y también por la necesidad de ver algo sobre el tema que sea dicho en español.

Debo apropiarme, además, de una popular broma en el imaginario lgbt, para introducir nuestra historia mejor. La broma es simple, y está montada sobre la estructura de pregunta/respuesta. Aquí va: "qué es lo que no falta jamás en una cita a ciegas de lesbianas?/la maleta".

Pues más o menos eso. A pesar de conocernos por casi veinte años, Neysi y yo comenzamos a convivir muy rápidamente. Fue fascinantemente vertiginoso. Yo estaba en Miami sólo durante la primavera del 2014. Aprovechaba mi semestre sabático para adentrarme en los archivos de Lydia Cabrera, resguardados en esa maravillosa institución que será alguna vez (aún no se entiende del todo su valor) la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami. Ella, sin embargo, vivía allí desde hacía más de siete años.

Todas las piezas de nuestro rompecabezas se armaron, repito, con celeridad. Y célere era también el paso de los días. Ellos volaban y volaba yo del archivo a su oficina todas las tardes y ella hasta la pequeña habitación que teníamos alquilada en algún punto de la US-1. Alguna noche en la que el gigante elefante de mi inminente ida ya no pudo hacer más la pose de invisible, le confesé la parte más rígida de mi verdad laboral: "tengo un puesto que adoro en Houston y conseguir uno con características similares en Miami o la Florida puede llevarme la vida entera. Puede incluso no sucederme. Puedo también terminar en el medio de Nebraska, Utah o Pensilvania, con los amish". Ella sonrío a medias y dijo: "yo te seguiría a Alaska". Lloramos las dos. Ella por mi confesión y deseo egoísta de arrastrarla a la nómada vida del académico en plena efervescencia de su "terror track" y yo por saberla abandonando sus pastelitos de guayaba y coladitas mañaneras en cada esquina.


Pasada ya esa declaración de maleta presente que vislumbra UHAUL, vinieron, de mi parte, otras ansiedades. Cómo iba a ser su vida laboral en Houston? Podríamos sostenernos, al menos por un tiempo, con mi salario de Assistant Professor y sendas familias en Cuba? Y si se enfermaba? Y si teníamos un accidente? Cosas, que bien sé, no piensan las enamoradas a los veinte, pero sí a los cuarenta. Tal era mi caso. Entonces llegó Mr. Obama con su bolígrafo de firmar leyes y en mi desesperación leí lo que quise leer.

Estaba yo muy sentada en el sofá de la casa de una amiga en Miami Beach adonde fuimos a pasar uno de nuestros últimos fines de semana antes de la mudanza a Texas; cuando en "breaking news" leí el titular que aseguraba que el presidente recién firmaba una ley que permitía a todos los beneficiarios de seguros de salud -cuyos fondos fueran de origen federal- hacer uso de ellos para cónyuges del mismo sexo. Y luego venía la parte que hacía temblar mi mano sosteniendo el ipad; esa otra en la que se leía: "sin importar que dichos beneficiarios vivan en estados que no reconocen sus matrimonios". Llamé a Neysi (que aún trabajaba) y le pedí que se casara conmigo.

Era simple. Yo le ofrecía mi seguro médico a cambio de su renuncia al olor del mar, los pastelitos y la cercanía con la isla en donde vive su madre anciana. Esa madre a la que viviendo en Texas no podría ir a ver ni con la misma frecuencia, ni con el mismo presupuesto (tomen notas, controladores de charters Cuba-USA, en Houston residen más de 50000 cubanos). Y ella dijo que sí. Y allí mismo nació una de nuestras más recurrentes bromas familiares, esa en la que ella asegura que se casó conmigo "por interés". Y yo solía reírme con amargura, porque en principio fue todo un gran malentendido.



Resultó que los fondos de mi seguro médico no eran federales sino estatales. Resultó que no me tomé el trabajo de averiguarlo hasta mucho después y ya era veinte de mayo y en absoluto secreto (inventamos nuestra propia versión del "don't ask, don't tell" porque nos daba mucha pereza explicar la prontitud de nuestro compromiso y porque lo del seguro parecía demasiado mezquino);  tomábamos un avión para Nueva York porque nos creíamos fundadoras de repúblicas imaginarias. Era ya veinte de mayo y dos de mis más amados y fieles amigos (y sus parejas) nos acompañaban al ayuntamiento y firmábamos aquel documento y nos daban aquel certificado. Mayo veinte y caminábamos sobre el puente de Brooklyn en silencio, pensando en Martí, y nos parábamos justo en medio de aquella mole de hierro y cemento para que yo leyera mis votos y ella me abrazara después porque no todo hay que decirlo con palabras.

El propósito inicial de la boda, ese paliativo a mi ansiedad por cuánto dejaba Neysi para venir a mi lado, fue inútil. La boda no. La suerte nos acompañó y ella consiguió trabajo un par de semanas después de que finalmente nos instaláramos en Houston; y esa posición laboral incluía beneficios. Mis miedos pudieron descansar por una temporada. Pero otras frustraciones siguieron de paseo. El no poder ponerla como mi esposa en las planillas de recursos humanos de la universidad fue sin dudas la que más me golpeara. No poder clickar "wife" and "female" porque la computadora no lo reconociera, no hacía simetría con la obligación que suponía, en el mismo estado, que yo no pudiera reclamar parte de los intereses de mis préstamos de estudiante al rendir mis impuestos; justamente por estar casada. Esas y otras restricciones, asociadas todas con el dinero, parecían de una incoherencia brutal y despiadada. Es decir, que hasta el día de ayer, estar casado en Texas, era un impedimento según para qué. Y es que la conveniencia de los hacedores de leyes está muy en sintonía con la de los usureros.

Podría dar muchos más detalles de nuestra historia y especialmente de historias mucho más terribles con las que nos hemos cruzado en estos años; pero prefiero parar aquí para hacer una sola nota aclaratoria y final. Una que va dirigida a todos esos comentarios ácidos (algunos incluso de aliento chistoso) que recorren ahora las redes. Esos de los guapos, super "cools" que no creen en la institución del matrimonio, sea este con quien fuere: lo que sucedió ayer en la corte suprema de los Estados Unidos no es más que una herramienta a ser usada a discreción de sus potenciales beneficiarios. Si usted no es como nosotras y no le interesa canjear pasteles de guayaba por protección legal, facilitando de paso a su amante una mejor visibilidad del calibre de su compromiso, cool, no use esa herramienta, no se case. Si no le preocupa que su pareja quede desprotegida/o después de su inminente muerte; cool, no se case. Que le importa poco si sus hijos están reconocidos naturalmente como tales o si por el contrario tiene que hacer todo un trámite para adoptarlos sólo porque no los parió y le da a usted mucha pereza; cool, no se case. Pero eso sí, déjeme disfrutar en paz de mi paz y del hecho de que finalmente después de pagar impuestos juntas, intereses de préstamos de estudiantes y seguros de vida, la inutilidad de mi matrimonio, alcance al fin su su utilidad mayor: el de poder procrear, enfermar y hasta morir sin tanta vuelta.





Friday, June 12, 2015

MICHAEL H. MIRANDA EN PAÍS CERCANO

Entre las propuestas para el 2014 de la Editorial Silueta, radicada en Miami,  estuvo el cuaderno de poesía En país extraño de Michael H. Miranda. La entrega aparece formalmente muy bien cuidada, lo cual es motivo de celebración primera.

La trayectoria de Miranda como poeta, la confiabilidad en sus conjuntos de trazos imaginarios y materiales, hacen que una se acerque a este país con una sed doble: la de corroborar su supervivencia como aeda en tierra extranjera y a la vez la de redescubrir,  -de haberlos- nuevos senderos. Ambos propósitos se cumplen.

Pero ese cumplimiento se desata en lectura que lejos de hacernos recorrer la extrañeza que el título propone, deviene familiar y autorevelada. En En país extraño, asistimos a la aspereza de un viaje doloroso, sus accidentes, su fascinación... aún así, hay algo de  ese viaje que resuma pertenencia cosmogónica, conocimiento occidental y centenariamente adquirido. La experiencia migratoria/exílica/acaso carcelaria de este sujeto narrador ya la vivimos antes en Terezín, Auschwitz o las UMAP: "Mi nombre son dígitos". Y como si no bastaran las evidencias, el hipotexto nos es siempre, siempre, facilitado: "la obsesión del número ya estaba en ángel escobar".

El país extrañamente familiar nos pone también de frente a la más temida de las verdades: no hay país al que volver. Las nociones de ciudadanía, identidad, pasaporte o cualquier atisbo de lo legítimo, esa fuerza pujante que alguna vez hizo derramar la sangre sobre los campos de batalla en el siglo XIX, ese espejismo llamado nacionalidad se transfigura en imágenes desoladoras; pero otra vez harto reconocibles "vivo la no-isla la no edad del país que mira al mar/mi casa en la ceniza posible la oportuna". Y todo se cierra en un cuadro perfecto, una estampa cáustica con que sintetizar cualquier posguerra "y soldados masticando dados de azúcar/entre animales muertos".

Para hilvanar este argumento de la familiaridad, lo cercano de estos versos que sólo intentan recrear su naturaleza forastera desde la voz egotiva que los reúne en forma de diario y carrusel, recurro a tres elementos ya casi enunciados.

El primero de ellos sería el insistente guiño a la generación poética cubana que precede a la del autor: la generación cubana de los ochenta. Basten los homenajes a Escobar o León Estrada para así probarlo. Pero hay más. De algún modo que da igual si premeditado o inconsciente, se abre aquí un diálogo semántico y también psicosocial. Miranda parecería regresar a esos poetas con quienes crecimos entre las derruidas salas de té, las descargas y los rones no sólo para destacar la atención con que los ha leído (su deuda y ansiedad de influencias) sino también para compensarles en la idea de un país que a pesar de haber habitado profunda y desgarradamente les fue igualmente arrebatado. La extrañeza no acontece sólo si la condición de poner mar por medio es un hecho irrefutable. La extrañeza es acaso heredada, secular, remanente de la condición colonial de la que aún no escapamos. Irse o quedarse es asunto de semánticas y alguna que otra coreografía física (sus atrezos) pero el continuum poético y de experiencias queda verificado.

El segundo elemento sería la idea del libro-juguete. Técnica composicional que si bien amplifica los argumentos de la familiaridad y los hipotextos (de Rayuela a los Cuentos Negros de Cabrera); introduce también el más poderoso componente filosófico del libro: su existencialismo. El cuaderno como rompecabezas, como conjunto de piezas sueltas que el lector deberá armar -proponiendo así el poeta varias alternativas de lectura- es también una invitación a una mirada ontológica y estremecedora sobre nuestras vidas: títeres de quién, partes de qué extraño juego.

Y finalmente la convivencia de géneros aterrizada en el mosaico poético; este pastiche en dónde la epístola, la memoria y el diario sirven de armadura a lo confesional, lo críptico, lo cínico y siempre lo desgarrado. Las exposiciones metapoéticas de aliento oscurecido conviven armónicamente con las apelaciones a sujetos palpables y reales: martha, alicia, el padre tipógrafo... Una vez más su familia como puente hacia todas las familias conocidas; como concentración de felicidad y desgracia; como espejo universal que resuena en todos los espejos.

En país extraño descansa desde ya en país de todos. Porque habrá un día después de este y los soldados masticarán dados de azúcar no entre animales muertos, sino entre las infinitas redes en donde habremos olvidado a la isla tal y como la conocemos. Un día en que habremos dado el salto final hacia el olvido de pasaportes, ciudadanías o naciones; todo eso que aún nos hace tan poblada la desesperanza. Todo lo que en este libro, con destreza y no sin pavor, se deshace. Eso que familiar y secretamente nos convoca.

Saturday, June 6, 2015

Escribir en español en el jardín de Academos norteamericano

Retomo mis trayectos en la bicicleta roja con una aclaración necesaria: no me ha pasado nada. No escribo desde la angustia, el resentimiento o la rabia. Nadie ha puesto en entredicho mi escritura. Pero  allí le voy de todos modos.

No quiero sentir vergüenza por escribir en español para la academia norteamericana.

No es una contradicción. Tampoco una incapacidad. Ni siquiera pereza.

Escribo en español por coherencia y quizá porque íntimamente es mi último acto de resistencia. Pero hay más.

Hablaré específicamente de los centenares de jóvenes (o que lo fuimos alguna vez) profesionales, humanistas, que hemos llegado a los Estados Unidos en los últimos veinte años. Inicialmente formados en universidades latinoamericanas y llegados acá para hacer la escuela graduada. Reduciendo la muestra a sólo los cubanos, llegamos aquí desesperados por salir de "allá" y gracias a las redes de solidaridad que contemplan a académicos de las primeras oleadas migratorias post-revolucionarias, los contactos y apoyos entre nosotros mismos y las facilidades del sistema norteamericano de becas para doctorantes, hemos conseguido insertarnos en la academia no sin éxito, tampoco sin esfuerzo desmedido.

Y aprendemos las leyes del juego con relativa rapidez. Y sabemos lo que quiere decir convertirse en eficaz hablante y escribano de la lengua dominante en el país receptor: más oportunidades laborales, más contactos, más exposición, más editoriales queriendo tu manuscrito, más dignidad y mejor salario. Y eso está bien. Lengua es poder y es mundo nuevo. Y para eso salimos -sedientos de mundo, aventura, poder de gestión, visibilidad. Otra vez una estancia digna para nosotros mismos y nuestras familias.

Pero no quiero sentir vergüenza por escribir para la academia en español. Soy hispanista. La Universidad de La Habana me concedió un título de especialista en lengua y literatura hispana. The Graduate Center of New York me abrió sus puertas dieciocho meses después de haber estado presa en la frontera méxico-americana en un departamento que honrosamente se llama "Hispanic and Luso-Brazilian Languages and Literatures" y desde allí me hice doctora en filosofía con especialidad, otra vez, en lengua y literatura hispana. La Universidad de Houston me contrató como especialista en Caribe hispano y caribeños en Estados Unidos para el departamento de Estudios Hispánicos. He escrito cinco libros (tres de cuentos, uno de crítica literaria y otro de poesía) todos en español. He agonizado escribiéndolos. He llorado sobre las teclas de mis máquinas de escribir y computadoras buscando el verbo exacto, borrando el adjetivo que no resuena en mi página como en mi estómago, aprendiendo a puntuar... Nadie me dio un "free ride" por escribir en español por el sólo hecho de que fuera mi lengua madre. Tampoco parecería justo que me penalicen por ello.

Escribir en español mientras vivas y trabajes en una institución académica en Estados Unidos, no quiere decir que eres "un/a flojo/a". Muy por el contrario pudiera haber un posible campo de significación en el hecho de que quieres que tus libros y artículos sean un instrumento doble de aprendizaje para las nuevas generaciones de hispanistas (español-dominantes o no). Que mientras te leen y aprenden sobre realpolitik, hermenéutica, simbolismos, imaginarios y literaturas gocen también de las limpias estructuras para las que debiste desvelarte, hacer de la reescritura y el autorecelo tus mejores aliados... Que entren a la intimidad de tu agonía ante la letra como si fuera una fiesta desconocida; pero a la vez intuida.

Llegué a los Estados Unidos a los veintinueve años. Y siento un profundo respeto y un temor (como  los medievales de Dios) ante mi lengua madre. Esa que me ha dado recursos para sobrevivir desde un tiempo anterior a aquel en que la supervivencia se convirtiera en mi único modus operandi.  Y desde ese lugar hablo. Un lugar desde el que no tengo el menor conflicto con la lengua inglesa y desde donde adoraría hablar y leer en otras muchas (del tronco románico al eslavo o el arábico). Pero no quiero sentir vergüenza por escribir para la academia norteamericana en español.

Porque resulta que con las nuevas distribuciones mundiales y sus instrumentos ya no se escribe para un grupo poderoso específico. Ya se escribe para quien tenga a mano un ordenador. Porque se superan a sí mismo los traductores automáticos (si de ese lector potencial y global se trata al pensar en tus receptores). Porque me resisto a perder (más) intimidad con mi lengua. Porque me resisto también a hacer el juego a la mayoría de las University Presses que por no pagar no pagan editores en todas y cada una de las lenguas que se hablan y en las que se enseña en las universidades norteamericanas y que tienen sin duda un público estudiantil y de colegas más que vasto.

La lengua inglesa (como pudo ser cualquier otra; pero corrió ésta con poderosa "suerte") como lengua franca es sin duda un buen instrumento para congresos y aforos académicos si de compartir el trabajo de los campos se trata. I'd go for it. Pero no quiero sentir vergüenza por escribir para la academia norteamericana en español. Porque somos cincuenta y dos millones hablando, leyendo y escribiendo en esa lengua, sólo en este segmento de división político-admistrativa llamado USA. Porque no podría escribir de espaldas a Latinoamérica y el Caribe hispano. Eso me haría una sumisa amnésica, una ingrata con quien no podría convivir.

Finalizo este viaje en la bicicleta roja con una segunda aclaratoria: no hay en esta página agenda alguna contra mis muy queridos colegas y estudiantes que deciden escribir en inglés buscando las razones arriba expuestas. Menos aún contra aquellos que emigraron muy jóvenes o nacieron en USA y el inglés es la lengua en la que recibieron su educación formal. Hablo justo de esa libertad. De ese elegir soberana (o fluidamente) la lengua en la que queremos ser leídos y en la que queremos producir sin que eso abra la pista a miradas condescendientes o posturas sospechosas sobre nuestra excelencia investigativa. Se trata de no sentir vergüenza por ser uno mismo. Y es que todo lo que yo soy o pudiera ser, será expresado en la lengua del drume negrita, los boleros desgarrados o las nanas adaptadas según la región, con que acompañaron mis sueños de infancia. En busca de ellos ando todavía.

Sunday, June 8, 2014

Colonia-Berlín


Llegamos a la estación central y única de Colonia y mi sueño de no entender se hizo realidad al instante. La primera etapa de esta nueva jornada parecía simple: llegar al hotel desde dicha estación y para ello me había asegurado de buscar en google maps las direcciones exactas que estos proveen: “en la calle tal gire a la derecha, camine 200 metros y gire a la izquierda”. Eso sería todo, pero Nein! ninguno de los que con certeza parecían naturales de la ciudad, tenían idea de cómo llegar a la primera calle en donde caminar los 200 metros y hacer la izquierda. Para colmo (y previa sugerencia mía) N. había preguntado en un hotel de la misma cadena en que nos hospedaríamos, cómo llegar al nuestro y la señora de la carpeta le dio el nombre de una plaza (Barbarossaplatz), muy famosa y muy desconocida para quienes nos acercábamos a indagar.

Si bien google aseguraba que en dos kilómetros (una caminata de 15 minutos) ya estábamos en el hotel, los hechos iban demostrando lo contrario. Nadie sabía de las calles o la plaza y  aunque el excelente alemán de N. era todo nuestro resguardo para no colapsar, las espaldas penitentes bajo las mochilas ya pensaban distinto.
Lo más gracioso de lo que duró esta búsqueda sucedió a través del denominador común de las respuestas que nos daban los “colonos”. Cada vez que les pedíamos instrucciones para llegar a la plaza o el hotel, todos recomendaban que tomáramos el tren. No explicaban. Sólo se alucinaban ante nuestro empecinamiento de caminar por 15 minutos seguidos estando tan cargadas: aber bitte, nehmen Sie den Bahn! (¡por favor tomen el tren!). Lo repitieron tanto y tan constantemente, que llegaron a colocarnos la duda, a inquietarnos mutuamente y cuestionarnos mitad en serio, mitad en broma: ¿por qué no tomamos el tren?
Llegamos al hotel cansadas; pero victoriosas. Después de todo, era posible llegar allí desde la estación dando un lindo paseo por las calles del mercado y unas placitas desconocidas que sin duda mejoraban a la de los “bárbaros” que no llegamos a ver porque el tren no lo cogimos jamás.
Descansamos por unas horas largas y para cuando el sol se hizo más amable (¡llegó por fin el verano a la Germania y esperemos que a la Galia también!) nos dispusimos a explorar el Altstadt (ciudad vieja) que a la orilla del río nos dio una pintoresca bienvenida con sus casitas de techos puntiagudos y colores intensos en paleta pastel.
El medioevo es el elemento imaginario con el que se trafica en Colonia. Todos los edificios parecen competir para probar que sus piedras fueron alzadas allí, en algún momento entre los siglos XII y XIII, cuando los guerreros tenían muy claro su código de honor y las doncellas esperaban en torreones que simulaban coronas desde las que ellas agitarían su pañuelito blanco.

Entramos sin pensarlo en una taberna que nos convocó. Su decoración una gigante rueda de la fortuna y unos camareros luciendo vestuario de época: pantalones y faldas rojas, blusas  y camisas blancas, chalecos también rojos y acordonados sobre el pecho, zapatillas de tela; escenario listo para el rodaje de cualquier cantar de gesta.
Fascinadas y solas nos sentamos en una larga mesa en donde estudiamos la carta que ante todo aleccionaba sobre la tradición y antigüedad del lugar: construida en el siglo XIII había sido posada para peregrinos y viajeros de toda clase que desde entonces degustaban allí sus exquisitos chorizos acompañados de enormes jarras de cerveza medidas no en volumen, sino en metros. Para N. nada ha sido más impresionante en este viaje que los metros y medio metros de cerveza que se pedían los comensales de la taberna. Servidos en vasitos de 0.1 litro y puestos uno detrás de otro, los nativos piden la cerveza de este modo y en grupos beben por metros el alcohol.
No estuvimos a la altura, pues impresionadas por la cantidad, sólo alcanzamos a pedir vasos simples para acompañar un delicioso medio metro (sí, también miden así la comida) de un chorizo con papas y coles encurtidas. Las mismas coles que en la década de los ochentas solían servir en la Cuba socialista para acompañar nuestras croquetas con pan suave.
Degustamos el medio metro de embutido y continuamos el paseo por la ciudad vieja, a lo largo del río. Otros cientos de turistas se complacían en beber metros de cervezas y comer chuletas y piernas de cerdo (todo en plan pantagruélico y medieval) en las terrazas que con sus mesitas impecablemente puestas y sus porteros convidando a los paseantes, daban la bienvenida a este verano que en Colonia promete dejar decenas de miles de euros a los propietarios de los locales y los productores de cerveza artesanal.
Caminamos con calma por un par de horas más: un helado italiano, un café en un restaurante mexicano, una vuelta alrededor de la gótica catedral del siglo XIII, una vista rápida sobre las muestras de ruinas romanas que exhiben en vitrinas gigantes. Capiteles dóricos, jónicos y corintios; tapas de sarcófagos, memoria de la presencia imperial en la vieja Germania y su caída.
De regreso al hotel nos fascinó un barco por el río en donde  miles (aquí miles quiere decir miles y no exagero nada) de jóvenes bailaban y cantaban delirantes, estremeciendo a su paso la ciudad.
Otro detalle curioso fue que al pasar por una de las plazas aledañas a la catedral, unos hombres la acordonaban prohibiendo el paso por el área central de la plaza, había que bordearla y la razón para ello era que dicho espacio además de sitio de paso habitual es el techo del teatro en donde la filarmónica de Colonia ensaya y hace sus actuaciones. Viniendo de donde venimos, no es detalle menor este respeto por la música y sus silencios…
Esta mañana regresamos caminando a la estación (ya muy sabidas de la ruta y sin preguntar) y almorzamos un Schnitzel (chuleta) delicioso en un restaurant turco que ayer nos cautivó cuando pasábamos al río.
Ahora se acerca Berlín y en este tren, una señora alemana ha partido en dos un pan para compartirlo con su marido y al hacerlo, lo ha medido para comprobar de que cada uno de ellos, comerá la misma cantidad. La escena (que aún me resisto a creer es cotidiana, sino excepcional) ha dejado en nosotras un impacto profundo que aún no sabemos explicar…