Sunday, June 8, 2014

Colonia-Berlín


Llegamos a la estación central y única de Colonia y mi sueño de no entender se hizo realidad al instante. La primera etapa de esta nueva jornada parecía simple: llegar al hotel desde dicha estación y para ello me había asegurado de buscar en google maps las direcciones exactas que estos proveen: “en la calle tal gire a la derecha, camine 200 metros y gire a la izquierda”. Eso sería todo, pero Nein! ninguno de los que con certeza parecían naturales de la ciudad, tenían idea de cómo llegar a la primera calle en donde caminar los 200 metros y hacer la izquierda. Para colmo (y previa sugerencia mía) N. había preguntado en un hotel de la misma cadena en que nos hospedaríamos, cómo llegar al nuestro y la señora de la carpeta le dio el nombre de una plaza (Barbarossaplatz), muy famosa y muy desconocida para quienes nos acercábamos a indagar.

Si bien google aseguraba que en dos kilómetros (una caminata de 15 minutos) ya estábamos en el hotel, los hechos iban demostrando lo contrario. Nadie sabía de las calles o la plaza y  aunque el excelente alemán de N. era todo nuestro resguardo para no colapsar, las espaldas penitentes bajo las mochilas ya pensaban distinto.
Lo más gracioso de lo que duró esta búsqueda sucedió a través del denominador común de las respuestas que nos daban los “colonos”. Cada vez que les pedíamos instrucciones para llegar a la plaza o el hotel, todos recomendaban que tomáramos el tren. No explicaban. Sólo se alucinaban ante nuestro empecinamiento de caminar por 15 minutos seguidos estando tan cargadas: aber bitte, nehmen Sie den Bahn! (¡por favor tomen el tren!). Lo repitieron tanto y tan constantemente, que llegaron a colocarnos la duda, a inquietarnos mutuamente y cuestionarnos mitad en serio, mitad en broma: ¿por qué no tomamos el tren?
Llegamos al hotel cansadas; pero victoriosas. Después de todo, era posible llegar allí desde la estación dando un lindo paseo por las calles del mercado y unas placitas desconocidas que sin duda mejoraban a la de los “bárbaros” que no llegamos a ver porque el tren no lo cogimos jamás.
Descansamos por unas horas largas y para cuando el sol se hizo más amable (¡llegó por fin el verano a la Germania y esperemos que a la Galia también!) nos dispusimos a explorar el Altstadt (ciudad vieja) que a la orilla del río nos dio una pintoresca bienvenida con sus casitas de techos puntiagudos y colores intensos en paleta pastel.
El medioevo es el elemento imaginario con el que se trafica en Colonia. Todos los edificios parecen competir para probar que sus piedras fueron alzadas allí, en algún momento entre los siglos XII y XIII, cuando los guerreros tenían muy claro su código de honor y las doncellas esperaban en torreones que simulaban coronas desde las que ellas agitarían su pañuelito blanco.

Entramos sin pensarlo en una taberna que nos convocó. Su decoración una gigante rueda de la fortuna y unos camareros luciendo vestuario de época: pantalones y faldas rojas, blusas  y camisas blancas, chalecos también rojos y acordonados sobre el pecho, zapatillas de tela; escenario listo para el rodaje de cualquier cantar de gesta.
Fascinadas y solas nos sentamos en una larga mesa en donde estudiamos la carta que ante todo aleccionaba sobre la tradición y antigüedad del lugar: construida en el siglo XIII había sido posada para peregrinos y viajeros de toda clase que desde entonces degustaban allí sus exquisitos chorizos acompañados de enormes jarras de cerveza medidas no en volumen, sino en metros. Para N. nada ha sido más impresionante en este viaje que los metros y medio metros de cerveza que se pedían los comensales de la taberna. Servidos en vasitos de 0.1 litro y puestos uno detrás de otro, los nativos piden la cerveza de este modo y en grupos beben por metros el alcohol.
No estuvimos a la altura, pues impresionadas por la cantidad, sólo alcanzamos a pedir vasos simples para acompañar un delicioso medio metro (sí, también miden así la comida) de un chorizo con papas y coles encurtidas. Las mismas coles que en la década de los ochentas solían servir en la Cuba socialista para acompañar nuestras croquetas con pan suave.
Degustamos el medio metro de embutido y continuamos el paseo por la ciudad vieja, a lo largo del río. Otros cientos de turistas se complacían en beber metros de cervezas y comer chuletas y piernas de cerdo (todo en plan pantagruélico y medieval) en las terrazas que con sus mesitas impecablemente puestas y sus porteros convidando a los paseantes, daban la bienvenida a este verano que en Colonia promete dejar decenas de miles de euros a los propietarios de los locales y los productores de cerveza artesanal.
Caminamos con calma por un par de horas más: un helado italiano, un café en un restaurante mexicano, una vuelta alrededor de la gótica catedral del siglo XIII, una vista rápida sobre las muestras de ruinas romanas que exhiben en vitrinas gigantes. Capiteles dóricos, jónicos y corintios; tapas de sarcófagos, memoria de la presencia imperial en la vieja Germania y su caída.
De regreso al hotel nos fascinó un barco por el río en donde  miles (aquí miles quiere decir miles y no exagero nada) de jóvenes bailaban y cantaban delirantes, estremeciendo a su paso la ciudad.
Otro detalle curioso fue que al pasar por una de las plazas aledañas a la catedral, unos hombres la acordonaban prohibiendo el paso por el área central de la plaza, había que bordearla y la razón para ello era que dicho espacio además de sitio de paso habitual es el techo del teatro en donde la filarmónica de Colonia ensaya y hace sus actuaciones. Viniendo de donde venimos, no es detalle menor este respeto por la música y sus silencios…
Esta mañana regresamos caminando a la estación (ya muy sabidas de la ruta y sin preguntar) y almorzamos un Schnitzel (chuleta) delicioso en un restaurant turco que ayer nos cautivó cuando pasábamos al río.
Ahora se acerca Berlín y en este tren, una señora alemana ha partido en dos un pan para compartirlo con su marido y al hacerlo, lo ha medido para comprobar de que cada uno de ellos, comerá la misma cantidad. La escena (que aún me resisto a creer es cotidiana, sino excepcional) ha dejado en nosotras un impacto profundo que aún no sabemos explicar…

Saturday, June 7, 2014

París-Colonia


No, no venían por nosotras, por esta vez la sospecha de ser sospechosas, esos pasaportes que aseguran venimos del terrorismo y la visa perpetua, no nos jugaron una mala pasada.

Llegamos a París, a la Gare de Lyon. Y allí Inés, amiga de la familia de mi entrañable Adriana Novoa; argentina hija de gallegos, economía de sobreviviente, de postguerra, generosidad estridente para una escenografía de “tiempos modernos”; verbo incesante, calidez, maternidad, frontalidad dulcemente despiadada.

Con Inés nos internamos en el laberinto de un sistema de trenes subterráneos que trece años después y pasadas ya algunas vidas en los túneles, me sigue pareciendo de los menos amables en las grandes urbes. Tres conexiones hasta llegar a su barrio en la estación de Botzaris y miles de historias que jamás podrían ser reproducidas.

Una ducha, una deliciosa “omelette” hecha por Inés y de nuevo a la calle, a por la luz de primavera reflejada en los vitrales de Notre Dame. 

Pedir suerte y fuerza en el kilómetro cero de la ciudad, adentrarnos brevemente por las pequeñitas calles de Saint Michelle; un café de pie en cualquier barra, una enorme caminata por la ribera oeste del Sena y una rápida mirada vertiginosa sobre las fachadas del barrio latino, el Louvre, el Museo de Orsay, Les Invalides,  La Madeleine, el puente de las artes, el del alma, la torre Eiffel que no “flashea” esta tarde como suele hacerlo; un cansancio iluminador; un guiño cómplice para recordarnos mutuamente que la sensación de privilegio no ha de parar, no puede parar; que recordar de dónde venimos será acaso el único modo posible de saber hacia dónde iremos alguna vez, cuando tengamos un país al que volver…

A la mañana siguiente el París con aguaceros que Vallejo avizorara para morir no se hizo esperar. Lluvia helada sobre nosotras que debíamos cerrar billetes para continuar a Berlín. Gare de’l Est en donde nos comunica una chica parisina con pulsera de banderas americanas y ganas de viajar a los Estados Unidos (y cito) “para quedarse”: que no hay trenes directos a Berlín, menos aún en la hora que los queremos. Que hay una parada obligada en Colonia, en donde sin dudas decidimos quedarnos por una noche, a ver qué nos depara la Germania y sus exactitudes.

De la estación seguimos a Montmatre, muertas de frío, semihúmedas por la llovizna que no cesó y deseosas de escalar (en el funicular) hasta el Sagrado Corazón. Allá nos vamos y con nosotras cientos de turistas obstinados quienes se sientes convocados por la idea de transitar por las mismas callejuelas en donde los grandes maestros de la pintura francesa alguna vez se juntaran; allí donde de algún modo se dio inicio a ese principio que aún sostiene el mercado del arte: la producción de belleza es también un trabajo digno y  por él han de ser remunerados sus jornaleros.

Nos perdemos así por el corazón de la colina de los pintores, previa visita a la sagrada iglesia con su aliento ortodoxo griego, sus vírgenes que recrean a las bizantinas, su ecléctico neoclásico, no por mezclador de escuelas, menos deslumbrante.


Largo paseo por las tienditas de souvenirs, obsesión mía por una crepe de nutella que aquí pareciera, por su precio, estar rebañada en oro y descenso por las plazas hasta llegar al mítico Moulin Rouge, en donde a pesar de que no quedan rastros de Lautrec o las bailarinas de Can-Can, algo de memoria y música puede una inventarse entre la algarabía de un tráfico insoportable.

El metro nos lleva raudo hasta los Campos de Marzo y la Torre Eiffel. Esta última nos da la bienvenida desde su ostentoso principio de desafiar toda gravedad, toda lógica de metales dúctiles. Nos empinamos más de 300 metros y es entonces que entendemos lo majestuoso, la arrogancia del Rey Sol, los excesos dieciochescos  y decimonónicos, el Iluminismo, la Revolución y su parte aguas. Ah, de París y sus colinas, su río caprichoso, su sentir que el corazón del mundo late en sus arterias. Ah, de París con y sin aguaceros, más de una misa puede rezarse en sus calles, sus trenes apestosos, entre su gente poco amable en particular y tan sola como todos en general.

Nos alejamos de la Torre con la sensación de haber visto a Dios tan cerca como este pueda presentarse. Nos apuramos la crepe que en Montmatre se hizo imposible. Nos convencemos de que un paseo por el Sena, en Baton, es algo que solo se vive una vez.

Todas las estaciones en donde el bote recubierto de cristales se detiene son imprescindibles: Saint Germain, Museo de Orsay, Hotel de Ville, Jardín Botánico, el Louvre, los Campos Eliseos en donde decidimos bajarnos para caminar hasta el Arco de Triunfo; pero un espantoso aire frío nos hace repensar la empresa y sólo alcanzamos a meternos en el metro que nos conducía a casa, que era decir: vino tinto, lasagna, Inés y sus increíbles historias de muchas vidas, muchas sabias…

Amanece por tercera vez sobre París y a pesar de mi obsesión por los impresionistas y el Orsay, convengo con N. que debemos ver el Louvre; para ella sería su primera vez; para mí una urgencia de reconciliarme con algo que en el 2001 me trajo solo angustia y urgencia de correr cuando ya había visto la Mona Lisa y la Victoria de Samotracia. Historias que aquí no valen más que para convenir que mejor el Louvre que el Orsay para esta vez.

Eran masas imparables de turistas, como imparable fue también nuestra necesidad de beberlo todo: de Grecia a Egipto. De los dioses de piedra a los sarcófagos de madera. De la Venus de Milo al Escriba Sentado. De la escuela florentina a la veneciana para los renacentistas. Del Greco a Goya para los españoles. De De la Croix a Ingres para los franceses. De la escuela holandesa a las voces de las entrañables Guadalupe Ordaz y María Elena Jubrías, repitiendo otra vez la misma lección de arte universal en mi oído, haciéndome regresar a esa edad en donde toda la vida estaba por pasar y quedaba entre París y Nueva York y yo entornaba los ojos de nostalgia por lo que no me tocaría vivir…

Presas de la extenuación y la belleza nos dispusimos con el resto de las miles de almas que se nos cruzaban a recorrer (hoy sí) los Campos Elíseos hasta el Arco de Triunfo. De la lluvia helada del día anterior, pasamos a un calorcito intensamente amable que nos invitó a un baño de sol de media hora en los bordes de una fuente.

Caminamos hasta el obelisco egipcio (parada para foto) y seguimos remontando hasta ese punto de los Campos en donde los árboles se convierten en infinitas tiendas. En ese “no lugar” que supone estar aquí con los lumínicos de Levi, Benetton, Versace, Zara, Starbucks (parada para expreso); acompañando cualquier paseo en el “mundo civilizado”…

A unos pasos del Arco de Triunfo nos detienen. No es posible pasar. La policía ocupa todos los espacios; acordona las aceras. Dicen que es Obama; sin embargo, las banderas que cubren toda la avenida son inglesas… Je ne comprends pa… pero da los mismo… allí está el arco, el triunfo de los aliados, la memoria de que alguna vez el mundo occidental se reinventó desde lo más bajo de sus propias cenizas para hacerlo todo de nuevo…

Para despedirnos de París, regresamos a Notre Dame. Con instinto circular, volvemos a la primera Plaza (Hotel de Ville); la luz de la infinita tarde sobre los vitrales, el Sena callado y amable para los cientos de botes con cenas y cocteles o con simples turistas alucinados con la mucha grandeza de estos edificios de reminiscencia imperial y revolucionaria a la vez.

Nos internamos de nuevo en Saint Michelle. Nos sorprende un puesto que intuimos (la certeza no fue posible tenerla) argelino o marroquí y una pita con cordero, papas fritas, lechuga, tomate y salsa de yogurt nos invita desde allí. La devoramos de vuelta a Nuestra Señora de París, en lo más íntimo y público de la Ille de France y decimos en silencio adiós a París mientras un grupo de ancianos rusos (edad promedio 85 años y por sus insignias veteranos de alguna guerra) invaden la plaza. Esto sucede quizá sólo para recordarnos que siempre hemos de seguir por donde el río (el Sena o cualquier otro) nos lleve; que luchar solo vale para disfrutar con mayor intensidad la sobrevivencia, que viajamos para poner en perspectiva la pequeñez de nuestro mundo frente a la suma de pequeñeces de otros mundos posibles…Ah, de Voltaire y sus lecciones.

Ahora es otro tren destino a Colonia, uno que ha salido desde la Gare du
Nord en Paris hacia un país en donde N. lo dirá todo porque domina su peculiar lengua y por primera vez (quizá en mi vida entera) miraré y escucharé sin tener idea exacta de cuánto sucede… y eso presiento, traerá un descanso, largamente añorado…

Wednesday, June 4, 2014

Madrid-París


Regresar a Madrid en primavera trajo consigo una avalancha de memorias que remontaron a 2001. Siempre todo remonta a ese año en realidad. Aquella primera juventud y la intuición potenciada por el encierro de que la vida sucedía en otra parte; una parte que obstinada e indistintamente insistía en nombrar España o Madrid.
 
Ciudad amada en casi todos los regresos. Madrid y los amigos protagonizando esa empresa del amor. Y el amor, esta vez como lluvia preñando a los amigos y a Madrid, superponiéndolos, haciéndolos uno.

Madrid. Paseos por la Plaza del Sol hasta la Mayor. Cañas y croquetas en la barra del Museo del Jamón, caminatas por Gran Vía, Plaza de España (foto con Sancho y Quijote repetida); Palacio de Oriente, chocolate espeso y churros en la Botillería, visita a la Almudena recién restaurada, subida por los Austrias (Plaza de la Paja y Morería) hasta Tirso de Molina. Un café más a la sombra del dramaturgo y los mosaicos de Tolouse Lautrec, una certeza latente de que podría valer la pena regresar a los sitios en donde alguna vez se fue feliz.

Verte tomar fotos en el Paseo del Prado, desde Atocha hasta Alcalá: fuentes de Neptuno y Cibeles. Cantar a Sabina otra vez “a la sombra de un león”; ser besada en donde alguna vez vi besar. Otro chocolate en Bellas Artes. La terraza, que no queremos pagar, para ver las esculturas de los techos de Gran Vía y el sueño imperial de Carlos III; la Metrópolis de cúpula de oro. El susurro de Carmen Martín Gaite repitiendo en mi oído: “a lo más oscuro, amanece Dios…”
Olga, Juan, Pablo, Martín. La visita a su piso en donde casi nada ha cambiado, solo los paisajes interiores de nuestra adultez innecesaria, absurda. Noche en Chueca. Sabores de cazón en adobo que pruebas por primera vez, probándote a ti misma que puedes romper tus límites, ese odio visceral por los frutos del mar que el bienmesabe destierra.


Excursión a Toledo. Mirada alucinada sobre el Tajo y cada una de sus puertas. Boda en San Juan de los Reyes. Fascinación por el gótico, almuerzo para regimientos famélicos en la judería, búsqueda de alianzas en las platerías de la ciudad. Regreso en éxtasis a Madrid. Parque del Retiro, Feria del Libro: Mari Jose, Pepo, Montse; la obsesión por Cuba; la urgencia de entender(nos) mutuamente.

Domingo en el Rastro. Tenderetes que ya no son lo que fueran. Ropita hippie que parece burla más que posibilidad real de llevarla, guiño desde una pobreza que se mantiene intacta para la chica de barrio, hecha a trompicones y hachazos que siempre seré. Compra de batas de dormir porque olvidamos los glamourosos pijamas de algodón que nos acompañarían. Boquerones en Tirso que no tienen el mismo éxito del cazón; cañitas deliciosas para celebrar, sin saberlo, que este rey abdicará y que estaremos aquí para vivirlo. Mejor un mandatario menos –especialmente si está a las puertas de la senilidad octagenaria y gusta de asesinar elefantes- que un tren estallado en mil pedazos como el que hube de vivir en marzo de 2004.

Lunes en casa siguiendo las noticias de esta abdicación tan guionada como el gran hermano. Maletas y mochilas que se alistan para su próxima estación: París; y una tarde noche (Miriela y Deglis) en donde nos recontamos la historia. Sus paralelos, sus disfunciones, sus espejos. La historia nuestra, cuatro mujeres en busca de la felicidad, que es la de una generación y un grupo y un, aquel, país.

Tren de alta velocidad, Madrid-Barcelona (¡en solo 3 horas!) y trasbordo instantáneo al Barcelona-París. Policía que pide documentos a unos australianos (por una vez no son negros o árabes o hispanos) y que nos confunde y pone nerviosas, porque si están pidiendo documentos, por nosotras han de venir…

Sunday, December 8, 2013

Buenos Aires silba otra vez mientras una incesante banda sonora inunda mi cabeza



Teníamos algunas cosas pertinentes: unos créditos no reembolsables de United y TACA, una cierta rajadura en la que podíamos funcionar como reparadoras, una obsesión no resuelta con Buenos Aires (mi primer encuentro con ella en 2010, la certeza de saber que era una ciudad para que Maya fuera feliz y se sintiera en español y finalmente “en casa”: ese mundo de libros); un amigo querido para hacer madrugada y día brevemente intenso en Lima, un círculo que cerrar y tanto más… Allí nos fuimos…

Un día en Lima

Con su olorcito a ceviche fresco, su gente sonreída, sus pillos taxistas, su espantoso tráfico y su infinita amabilidad, Lima nos recibió por unas veinte horas que parecieron semanas. Como quien pasa las vistas de un álbum de fotos aceleradamente: paseo de San Isidro a la catedral pasando por callecitas de tiendas abarrotadas de artesanía que recuerdan a las de Santa Clara, Cuba (Maya’s dixit), o a las de la Calle Conde, Santo Domingo. Plaza  Mayor, cambio de guardia en el Palacio de Gobierno y la banda militar que entona valsecitos peruanos, como si tal cosa… Decoraciones de navidad ya floreciendo. Anuncio de un verano que borrará  por algunas semanas el color panza de burro que el cielo acá suele tener. Entrada a la catedral: tumba de Pizarro, recién estrenadas catacumbas con esqueletos reales y polvorientamente vestidos, hábitos que pertenecieran a Juan Pablo II y esa sillería machimbrada en el altar mayor: el barroco latinoamericano que no es una falacia (ver el corto Utopía de Eduardo del Llano). Memorias de oro virreinal, Cristo que continúa mirando a Pachamama. Tarde en Barranco. Nostálgico entonar de “La flor de la canela” a la sombra de Chabuca; bajada a los baños “del puente a la alameda”. Pacífico. Ceviche. Choclo. Pisco. Un recorrido por el museo de la electricidad, también en Barranco. Un frapuccino en Starbucks, faltaría más.


Asunción por Buenos Aires. Un tratado de reciprocidad. Pesadilla number one

Muy llenas del aire cálido de Lima y de manjar blanco, llegamos a abordar nuestro vuelo de TACA que en unas cuatro horas nos llevaría al añorado destino porteño. Muy viajadas. Muy para qué vamos a hacer antes el check-in desde casa si de todos modos hay que facturar maletas y hacer la cola. Muy la cuota a abonar por el tratado de reciprocidad -esos modestos 160 usd por persona que te validan la entrada al país por diez años seguidos- se pagan allá, en el aeropuerto mismo, tal y como lo hacen los chilenos, que cobran 140 usd por el mismo concepto.  Muy eficientes los chilenos. Todo sea dicho ¡Já!

Noticia de última hora: los de TACA deciden cambiar de avión y se quedan sin asientos un par de decenas de pasajeros. Pero no se preocupen ustedes, señoritas, ya las volamos a Asunción, Paraguay y allí se conectan a Buenos Aires. ¿Asunción? ¿Paraguay? ¿Quién ha visto a un ruiseñor o en su defecto a un paraguayo? Bueno, hoy es el día. Que nuestra amiga Patricia tuviera armado un “quilombo surreal” para irnos a buscar a las 4.00 am al aeropuerto en Baires, que no tengamos ahora mismo cómo comunicarle que ya no es a las 4.00 am sino a las 9.00 am, que quizá ella no pueda a esas horas, que no tengamos pesos argentinos, que nos quede nada de tiempo para abordar y aún estemos en el mostrador no es importante. Importa que cuando decimos que sí, que venga, que a Paraguay nos vamos, descubre el chico que no hemos pagado la tasa de reciprocidad. Que eso se hace antes, por internet, señorita, muy fácil, mire, suba usted al Starbucks, que allí hay WiFi gratis y ya me la trae. Aquí la señorita: vale y ¿te enseño que la pagué desde la computadora y listo? El chico de TACA, Carlos para los clientes: bueno, la verdad que no sé, déjeme averiguarlo. Vaya usted pagando. Es allí mismo, suba la escalera no más.

La señorita se desmadra y grita a Maya que en su mejor estilo frente a las crisis da vueltas en redondo e hiperventila: una visa, una visa, sólo tengo la American Express y seguro que no la aceptan. Maya: te lo dije, hay que viajar con las tarjetas de crédito. Yo, muy subida: American Express no es para abrir puertas si se te perdió la llave, ¡es una tarjeta de crédito! Ella busca su visa después de una larga navegación por el bolso que va metido en la mochila en donde adentro hay un monedero y en él una cajita para las tarjetas. Hay suerte: la encuentra y me la extiende. Orgullosísima de tener una tarjeta que sirva para algo más que endeudarse. La señorita corre sola por los pasillos del aeropuerto: laptop, pasaportes y tarjeta en mano. Los marines de la armada inglesa debieron sentirse más ligeros cuando preparaban los cañones de matar. Paso de largo por la escena en la que la contraseña de la WiFi de Starbucks (que estaba donde el diablo dio las mil) no entraba a mi computadora. Y por aquella otra en que cuando la contraseña entró no sabía yo cómo diablos pagar la susodicha tasa pues la página oficial del gobierno argentino tiene más vínculos que la NASA. Y también por cómo quedaban 15 minutos para pasar el punto de control, migraciones y llegar a la puerta de embarque. Todo ello con Maya girando en el lugar y los de TACA recordándonos que no es su responsabilidad que no tuviéramos la tasa paga y que no hay hotel si perdemos el vuelo y que no hay vuelo si perdemos el vuelo. Asunción amada. Paraguay bendito. Paso de largo también por el momento en que ya con los recibos del pago en la compu, Carlos, el de TACA, me dice que han de estar impresos. Que lo miro como quien devora y que sin más nos lleva a una computadora de la compañía para imprimir -lo cual pudo haber hecho desde el minuto cero y evitar la patética escena que acabo de describir.

No sé cómo sucedió; pero volamos todos los puntos de revisión y control y estábamos ya en el avión, listo aquel a cerrar la puerta luego de que nuestros nombres repicaran sin cesar por las bocinas de todo el aeropuerto. El avión despega y presas ya más de la histeria que del sentido del humor, nos entregamos a una risa desbordada cuando vemos que nos acompañan una monja, un hare krishna y un equipo de fútbol del Paraguay. Bendecidas y malditas a un tiempo, pensamos. Si bien nos protegen dioses occidentales y orientales, los equipos de fútbol suelen estar trágicamente asociados a siniestros de aviación. Habrá que apostar a la luz de los maestros espirituales y comer algo, que al menos a mí, los nervios solo me dan por eso.

Cuatro horas en Asunción. Paraguay: Maya va de compras

Sin demasiadas ceremonias Asunción nos recibió en plena madrugada con WiFi gratis, comprensible y funcional, cafetería de alfajores Havanna, exquisitos capuccinos y sándwiches de miga. ¿Y esto es lo nacional? Pensé con decepción pues el imperialismo argentino se hizo notar; pero no me atreví a abrir mi boca para protestar (estaba deshecha, que si no…). Y también  me sentía agradecida pues a pesar de las torceduras del universo y el equipo de fútbol, teníamos la tasa impresa, en unas horas abordaríamos a Buenos Aires y en algún momento de la histeria del Starbucks en Lima había conseguido pasar un mensaje vía Facebook a Patricia contándole del cambio de aviones y plan y pidiéndole que llamara a Arlén (mi más antigua hermana de tribu, en versión flaca y residente del sur, viva la diáspora cubana y llegados a este punto: ¡Gracias, Fidel!) para que si pudiera nos recogiera ella. Patricia contestaba que Arlén podría.  Todo bajo control. No pedí más.

Y mientras yo me ocupaba de estas “practicalidades” de la vida trashumante, Maya según su práctica habitual en donde se avizore tienda, tenderete, chiringuito o kiosko, se perdía en la noche del shopping paraguayo y aparecía con delicados regalos de piel (monederitos y escapularios) para nosotras y algunos  amigos cercanos. Un recuerdo de Paraguay, dijo. La vida es mágica, dijo.  Estamos en tierra de Gauchos, dijo. Si vas al baño y te asomas por la ventana, ves amanecer sobre la llanura, dijo. Fui y lo vi. Martín Fierro no andaba por esas vueltas, pero como en la lotería: you never know.

Buenos Aires, mon amour

Llegamos según lo previsto y nos quedamos dos horas y media entre migración y aduanas. En mi cabeza Fito: Y nadie sabe como vine a parar yo, al tercer mundo. Tercer Mundo. Tercer Mundo…  con el detalle pintoresco de que yo sí lo sé. Lo he sabido desde siempre. Y aquí estamos. Lidiando con largas filas, oficiales malhumorados y unas españolas (que no catalanas aunque nacieron en esa región, pero ellas no, ellas españolas) que dicen que el problema de España no es real, que todos siguen tomando cañas y yendo de compras, que si sacan a los emigrantes, se acaba el paro. Y Fito en mi cabeza pero con signo de interrogación: ¿Y nadie sabe cómo vine a parar yo al Tercer Mundo? Bue…

Una vez afuera y el largo y necesitado abrazo de mi Arlén, ya todo fue subir. La primavera estalló como  a propósito. Nos contaron todos que antes de llegar había llovido por largos días y que estaban hartos de tanta agua. Para nosotras: sol, temperaturas perfectas (ni frío ni calor); olorcito a parrilla por doquier y silbidos, silbidos, silbidos… todos silban en Buenos Aires y yo lo adoro y silbo con ellos en mi cabeza. Cualquier melodía. Todas las que sé.

Llegamos al apartamento en el céntrico barrio de Caballito que nuestras amigas Claudia y María Elena gentilmente nos prestaran para estos días, nos metimos en la cama con la misma devoción que se deben entregar al agua unos peregrinos en Sahara y dormimos unas 3 ó 4 horas porque la emoción de salir no daba para más.


Hanukkah con flan de calabaza  en Baires o una historia de los reencuentros

Esta sección de la crónica debían contarla Maya o Patricia; pero ni modo: es mi crónica y me hago cargo. La cosa es que mi amiga Adriana Novoa, meses atrás me había presentado a su amiga Patricia. Adriana es a Patricia lo que Arlén es a Mabel. Más o menos así. Compañeras de la facultad, hermanas de tribu, hijos que son respectivos sobrinos de la otra. Y en esa presentación vía Facebook (tomen nota dudosos de la redes y su eficacia, gente sin fe) supe que Patricia se quedaba para siempre. No haré aquí el recuento de cuántas veces he tenido que saltar de mi escritorio corriendo al baño a hacer pis por las risas que me provocan los cáusticos diálogos que con Patricia y Adriana he tenido. Tampoco de la enorme ayuda que en tiempos difíciles (de evolución, dirían ellas) me han brindado a nivel emocional. Iluminación tras iluminación. Respuesta tras respuesta. O sea, Buenos Aires es a Mabel la urgencia de un encuentro con esta amiga incorpórea, entrañable y judía. Segundo día de Hanukkah. Día de acción de gracias. Llegada a la ciudad. No digo más: juntadas y a comer.



Me encantaría haber tenido el detalle de copiar los nombres de los exquisitos platos sefardís y ashkenazis que Patricia preparó para nosotras y que compartimos en casa de su amiga Rosana. Describiéndolos en cristiano serían empanadas de queso, bolas de papa y cebolla, hummus, pescado frío, falafel, ensalada de huevos, papas y mayonesa… un festival de lo absolutamente delicioso. El postre vino desde Houston: pastel de calabaza, pastel de manzana, pastel de avellanas que se rompió en el camino y no nos atrevimos a llevar a tan magna cumbre.  Para la próxima traemos helados. Es de buen gusto llevar los dulces a la cena. Nosotras mejor portadas imposible. Eso, helados la próxima vez.

Inició Daniel (el esposo de Patricia) el ritual de bendecir el pan y el vino, oraron en hebreo y encendieron las velas. Nosotras, atentas y agradecidas: compartimos y escuchamos. Israel en Buenos Aires.  Y Dios en todas partes.

Entonces sugerí que Maya dijera una oración ecuménica para celebrar el Día de Acción de Gracias (gracias a Dios sin pavo)… suele hacerlo ella en casa de la familia y solemos todos quedar conmovidos por su espiritualidad y visión armónica del mundo.  Y sucedió una vez más. Y fue, quizá, la oración más hermosa de cuántas le he escuchado decir en estos ocho años de convivencia. Y habló de reencuentros entre los allí presentes. Y de algún modo todos asentimos en que veníamos de otra parte conocida hasta esa mesa nueva y hubo luz y hubo mucha risa a lo largo de la noche(en mi caso, risa con pis, nada nuevo) y explosión de agua que me salió por la nariz y los ojos, esa situación en la que te da un ataque de carcajadas cuando acabas de beber agua… de esa dimensión de risa aquí hablamos.  Y tanta gratitud. Tanta. Por la mesa llena, por los nuevos (ancestrales) miembros de la tribu, por el viaje al sur,  por lo que vendría después y hasta ese momento sólo presentíamos…

El Tortoni, Avenida de Mayo, Casa Rosada, Catedral, Recoletas, La Biela, El Ateneo

Y llegó el día segundo y la ansiedad de recorrer Baires de un tirón y sin más ya estamos en la Avenida de Mayo, frente al mítico café Tortoni (lugar de reunión que bajo el amparo de la peña de Quinquela viera pasar por sus mesas a Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Juana de Ibarbourou, Arthur Rubinstein, Conrado Nalé Roxlo, Antonio Bermúdez Franco, Ricardo Viñes, Roberto Arlt, José Ortega y Gasset, Jorge Luis Borges y Florencio Molina Campos). Y frente (porque allí la cola era imposible) nos apuramos unas medias lunas con café y nos enrumbamos hacia las librerías de segunda mano en donde Maya tiene otro de sus accesos de ansiedad porque quiere llevarlo (rescatarlo) todo…  la revista Tango, los manuales de sicoanálisis, viejas ediciones de El Perseguidor, poesía, poesía, poesía… Horas entre libros viejos y afuera la gente desbordada, feliz…

Caminata hasta la Casa Rosada, Plaza de Mayo en donde una vez más me estremezco aunque no vea a las abuelas… ahora hay carteles en contra y a favor del aborto; pero para mí son siempre las escenas de La historia oficial y Norma Aleandro (Alicia en el filme) tratando de encontrar una respuesta. Luego la Catedral (mucho Papa argentino celebrado y pocas nueces) y el Cabildo. Gente que se para a explicarnos cosas de la ciudad, del gobierno, del peronismo trasnochado, del kirchnerismo que los lleva hartos o contentos. Nunca se sabe.



Bajamos por la calle Florida buscando el London, cafecito para Cortázar y para María Elena y para mí. Allí donde nos tomamos mi primer “tostado” en 2010 y que quería compartir en su aliento de tiempo ido con Maya; pero no lo encontramos. Muy tarde descubrí que lo había dejado atrás, casi a la altura de la misma Avenida de Mayo. Desembocamos entonces en la Plaza San Martín. La torre de los ingleses, los novios sobre el césped.

Maya se pierde entre los palacetes que tanto evocan a París y yo quiero ofrecerle La Biela en Recoletas como sustitución por el London perdido. Insisto en que debemos caminar hasta allí, que no debe ser lejos. Era lejísimos. Pero dio igual. La Avenida del Libertador se deshizo en halagos: cafecitos, hoteles, edificios de vecinos bien posesionados. Un alto para un “vacío” de ternera, un filete de pescado, un vinito de Mendoza y la fiesta verdadera: helado de dulce de leche. Ya quisieran Häagen-Dazs, Ben&Jerry’s y todos esos improvisados alemanes y gringos: ¡los argentinos!; sólo ellos asimilaron y superaron la heladería artesanal italiana. ¡Ah! ¡Qué delicias!

Y sí, seguimos la caminata y después de una siesta mínima a la sombra de unos árboles centenarios, ya en Recoletas, llegamos a La Biela y allí las fotos de Fangio y las estatuas de Bioy y Borges: un tecito, una cerveza, una vista del hermoso cementerio.




Una de las cosas que había movido a Maya a hacer este viaje, era una visita a la librería El Ateneo. En una de esas listas que giran por Internet, la habían declarado una de las diez más hermosas del mundo. Emplazada en lo que fuera años atrás un cine-teatro, hoy los palcos y plateas de El Ateneo acogen libros de reciente edición y en su escenario (que mantuvieron tal cual era) una graciosa cafetería te deja contemplar el espectáculo de los libros desde una perspectiva invertida. Los libros abajo y los lectores en escena. Los libros espectadores. Los lectores lo “espectado”.

Maya no disfrutó de El Ateneo como ella misma anticipó. Los libros nuevos, bestsellers en su inmensa mayoría, no la seducen del modo en que lo hacen los usados. Esa misma mañana se consumió de emoción ante las estanterías repletas de esas hojas desgastadas entre las cuales suele encontrar secretos: dedicatorias, cartas de amor guardadas con celo, hojas secas, fechas, nombres, parahistorias que la llevan de la mano a un tiempo que no vivió, pero que tiene la certeza de que podría reconstruir desde esas notas al pie o al margen. Pero en todo caso, valió la pena visitar ese mundo en donde los libros entran al juego de las representaciones con fruición y guión de comerciales.



Un día en san Isidro. Victoria Ocampo y la vanguardia argentina. Un mago cubano y mi sobrina Carmela

Es el día tres y María Elena había sugerido que no dejáramos de visitar la Villa Ocampo en el pueblito de San Isidro, localizado aquel ya en la provincia de Buenos Aires. Después de varias aventuras por nuestro barrio Caballito tratando de encontrar el autobús que nos llevara a la estación de trenes, decidimos tomar un taxi. Pintorescos como suelen ser estos personajes en todo el mundo, nuestro chofer de turno nos pone al día sobre la situación del gobierno, el “quilombo” del dólar que él no necesita; pero que igualmente está ahorrando para llevar a sus hijos a Disney World en Orlando, Florida, y nos conduce con el peor tráfico del mundo hasta la casona de Victoria en San Isidro.

No más bajar saltamos a la Belle Époque. Los autos estilo fotingos que diríamos en Cuba, las estatuas de hierro vestidas con los largos vestidos de encaje blanco y los collares de falsas perlas, los señores con el frac, la casa toda abierta a la luz de esa primavera insultante y el espíritu de Victoria Ocampo y sus hermanas pululando en el jardín. Ya me lo había advertido Patricia en el teléfono esa mañana: si estás atenta, podrás escuchar a las niñas Ocampo jugando y riendo por allí. Y se escuchan. Pero se escucha sobre todo el ímpetu de Victoria a quien imagino dando órdenes, gritos en el teléfono para que terminen de imprimir Sur, enérgicas miradas a la servidumbre para que pongan ese té a Lorca, a Borges, a Stravinsky, a Tagore o a Camus. Se le presiente imponiendo la vanguardista escuela de Le Corbusier en los muebles, las cortinas,  los mínimos adornos. Desechando lo victoriano de sus padres y madrina en pos de ese renacimiento que acogería a lo más selecto de la intelectualidad mundial.



Además de recorrer la casa en silencio y de que Maya se hiciera con unos cuantos números originales de Sur en la librería, nos sentamos por largos intervalos en la terraza del segundo piso y el jardín. No había mucho que decir, solo sentir, casi con los ojos cerrados aquellas presencias de quienes a su modo, seguramente ignorándolo, nos enseñaron desde el sur a leer en tiempos de vanguardia y renacimiento. Con todo  y la mímesis de lo europeo, algo en Villa Ocampo trasluce genio nuevo y profundamente latinoamericano.

Conmovidas por la visita, casi flotando (cursilería incluida) nos encontramos a la salida con mi amiga Arlén, su esposo Julián y mi sobri Carmela. Esta última agotada de toda una semana en el Jardín sólo quería un pedazo de pizza y un helado de dulce de leche. Sí señor. Y a por ellos fuimos. Otro festival del paladar. Y más tarde nos dimos un pequeño paseo por la catedral de San Isidro y la feria del pueblo. Bajando los escalones un mago. Y vaya usted a saber con qué letra torcida se escribe esta historia; pero era cubano.

Una de las cosas que de entrada nos hizo reír, pero que más tarde llegó a preocuparme fue la insistencia de aquel en hacer de su raza un leitmotiv para la auto parodia y en algunos casos la auto conmiseración. Si en buena medida sus bromas aludiendo a su condición racial provocaban la risa reflexiva (bocadillos como: negro, quién te iba a decir que ibas a estar en San Isidro); más tarde el abuso de ese recurso y las constantes alusiones a la poca confiabilidad y poder adquisitivo de los de su raza resultaron caricaturas un tanto esperpénticas de sí mismo con las que personalmente no pude dialogar, ni siquiera tirando de mi sentido del humor.
Algo gracioso sucedió cuando el mago hizo una referencia a que se había presentado antes en Europa y Estados Unidos y al decir esto último Carmela gritó para sorpresa de todos y conmoción mía: ¡mi tía vive en los Estados Unidos! Ella que había estado harta de todo por una buena parte de la tarde, hacía ese pequeño homenaje de importancia a una tía que la añora mucho más de lo que sabrá nunca y que nos confirmaba con Arlén, que estos veinticinco años de amistad en verdes y maduras se sintetizaban en ese grito aturdido y amoroso. Nos miramos mi amiga y yo con una dulce sonrisa que ya lo sé, no me abandonará más.

Chacarita, San Telmo y un dulce espejo que en el sur aguarda

Nuestra amiga y anfitriona Claudia nos había prometido viaje a la Chacarita, a cantarle su tanguito a Gardel y a ver por fin qué fue del cuerpo de Alfonsina (chiste para cierto grupo de amigos: ¿salió o no del caracol?) y allá nos fuimos en el día cuarto y con la ansiedad de que Buenos Aires casi se agotaba por esta vez.

Lo encontramos rápido a Gardel: unas fotos, un saludo, un  volver, con la frente marchita (…) sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…” Ya. Me encantaría que esa última línea del tango aquí citada no fuera cierta. Pero no le iba a estar reclamando al pobre en su tumba.

Anduvimos lo que no puedo describir tratando de encontrar a Alfonsina y el resto de los famosos. Todos nos despistaban. Pero al fin fue posible. Y allí la estatua rosa de Alfonsina. Y más gente a su alrededor: Goyeneche, Benito Quinquela Martín y Luis Sandrini, entre muchos, muchos otros. Maya asegurando que la que está en una caja tras la estatua de Alfonsina es Alfonsina y los escépticos de paso diciendo con gesto desesperado de mano que se mueve con aliento italiano: y cómo si se ahogó en Mar del Plata. Sui-ci-dio. ¡No puede estar enterrada en cementerio cristiano, ché! Yo-que-sé.

Claudia nos llevó hasta San Telmo que vestido de domingo era una fiesta absoluta. Puestos de asados para comer de pie: chorizos, churrascos, vacíos, morcillas, alegría de vivir. El mercado lleno de antigüedades: piezas de herrería, platería, obras de arte, muebles, posters, adornos, relojes, toda la vida de más de un siglo allí a la venta. En la calle, superposiciones con el Rastro madrileño: ropa, zapatos, carteras, artesanía, pañuelos, armas blancas, artesanía. Lo que quieras.

Y las casas de San Telmo con sus puertas enormes y gastadas y la imagen de Mafalda sentada en el banquito y aquella letra de Sabina repicando en la cabeza: “mándame una postal de San Telmo, adiós, cuídate, y sonó entre tú y yo el silbato del tren…” varios silbatos en mí y San Telmo que se expone con lo mejor y más raído de su ser. Parrilla para despedirnos de Claudia. Otro vino de Mendoza. Crepas de dulce de leche que si los parisinos descubren hacen abolir las de fruta y chocolate en sus esquinas.

Caída la tarde y despedidas de la feria en San Telmo, Maya acompañó a Claudia hasta su casa para recoger ciertos encargos que debíamos traer a Houston y yo me fui a encontrar a solas con Arlén. Allí, en la misma puerta de nuestro departamento en Caballito, un bar de tapas españolas nos esperaba para cobijarnos en lo que nos poníamos por fin al día. Cada una el espejo de la otra. Certeza de ser vidas en paralelo que alguien traza exacto desde algún desconocido lugar. Los detalles de nuestra conversación no serán aquí o en lugar alguno relatados; pero baste decir que desde entonces una paz añorada se adentró en mí. No sólo nos han acontecido episodios semejantes con desenlaces más o menos predecibles, sino que todavía queda mucho de las niñas de doce años que solían escaparse con la mirada por la ventana de su aula en aquella escuela que nos juntó para siempre. Aquella noche en Caballito, cerveza mediante, pudimos comprobarlo en el espejo, y decidirnos por fin a ser adultas (valga la paradoja) y llamar las cosas por su nombre y parar la negación y seguir. Porque habrá que seguir. No queda duda.

Un desayuno a voces. Una librería más. Un epílogo con tormenta y amenaza de encarcelamiento

Patricia y su hermosa hija Julia nos vienen a despedir en la quinta y última mañana porteña. Nos regalan un hermoso mate y unas barajas españolas que alteradas recrean la imaginería gauchesca. Salimos por la Avenida de la Plata. Encontramos un cafecito que Maya había descubierto la tercera mañana cuando yo esperaba algo en casa que ahora no recuerdo. Patricia cuenta rocambolescas historias de judíos y cristianos en el cementerio de Chacarita. Yo regreso al pis por risa. Maya tiene espasmos y lágrimas por la misma causa. Julia debe irse a clases; pero mira a su madre con devoción. Hablan ellas de reencuentros esotéricos y llamadas desde otro lugar. Yo devoro medias lunas. Nos prometemos encuentro en Houston y amenazo con volver, a fin de cuentas casi me muero de infarto pagando en Lima la tasa de reciprocidad y es válida por diez años. Alguien nos manda a callar. Patricia dice que lleva razón. Añoramos a Adriana. Tenemos ansiedad por la separación. Nos abrazamos y con Maya tomamos por la Avenida Rivadavia buscando la librería Cúspide, donde un par de noches antes, buscando una farmacia para un laxante (Mabel y carne de res, llenen en los blancos) habíamos encontrado unos libros de Paul Auster y de Rosa Montero que definitivamente queríamos llevar. También nos urgían unos alfajores de dulce de leche y fruta y una caja de “havannets” para alguien que sabrá quien es cuando los vea… Con un largo paseo por el parque de Rivadavia y sus decenas de puestos para libros, películas y músicas, dijimos adiós por esta vez a la ciudad. Un taxi. Al aeropuerto y pronto a casa. Qué feliz ser ignorantes del minuto que vendrá después.

Muy sentadas en el avión de TACA, operado por Avianca estamos. Muy ya vamos derecho a Lima y de allí en pocas horas a Houston, cuando se desata una tormenta. Inesperada y brutal nos hace suponer que debemos esperar a que amaine para despegar. Es entonces que súbito, un carro de maletas estalla contra nuestra nave. Nada serio podría ser. Estamos en un pájaro gigante. El avión no ha despegado. El carrito de maletas es nada. ¡Já!

La cosa se resume así: seis horas de retraso en Buenos Aires. Conexión perdida en Lima y lo peor, lo mucho peor, unos doscientos tripulantes que desesperados gritan ya en tierra (nos bajaron de vuelta al aeropuerto) a la operadora de Avianca y le cuentan su historia personal y piden les regresen su dinero y se quejan y gritan y hablan de hambre y llaman a sus casas o adonde fueren y no hay una conexión WiFi que valga la pena, lo cual irrita poderosamente a una servidora.

En algún momento de la madrugada despegamos en Buenos Aires sabiendo que nuestro destino era incierto. La conexión que haríamos en Lima era completamente aparte de aquella de TACA que tomábamos en Baires. Tickets separados. Historias aparte. Contratos independientes. Sin saber qué generosa impiedad podía esperarnos por parte de United llegamos a Lima con los hombros encogidos y dispuestas a llamar a nuestro amigo Ariel para que nos diera asilo político al menos por un día.

Pero otra vez la letra torcida de la línea recta nos esperaba. Los de TACA se asumen responsables y en menos de media hora nos ponen en un vuelo a San Salvador, El Salvador, que conectaría a Houston en muy breve lapso. Cielos abiertos. Esperanzas recuperadas. Asilo limeño pospuesto. Nos vuelan en clase de negocios, paticas estiradas y descansito de cuatro horas con el mejor de los desayunos incluido.

Ya en San Salvador, todo parecía perfecto. Aeropuerto pequeño. Vuelo que sale en menos de media hora. ¡Já! Y es que cuando ya estamos chequeando nuestro equipaje de mano por tercera vez en las últimas veinte horas, descubrimos que  había que poner los líquidos pequeños en un nylon transparente (exactamente un ziploc) 
que obviamente no teníamos. A mí la regulación no me aplicaba pues no viajo jamás con líquidos para evitar el tema de las medidas correctas e incorrectas, pero a Maya sí le comienzan a quitar todo y ella a suplicar que le dejen una crema facial que llevaba encima y que no era exactamente barata. La crema de marras, además, tenía las medidas que se exigen a los pasajeros para estos casos.

No hace falta aclarar que cuando vi la cara de penita que Maya ponía mientras insistía en que no le quitaran específicamente aquella crema (el resto que también se lo quedaron, daba igual) empecé de inmediato a protestar 
y a decirles que cómo iba ella a tener esa mierda de bolsa plástica en un tránsito de 50 minutos
 en un país en el que no teníamos que estar y que además asume las medidas de Estados Unidos con más devoción que ellos mismos. Que aquí, con tal de que las medidas sean las correctas, les da lo mismo si pones los líquidos en un ziploc o en una caja fuerte. Y yo que grito y ellas (eran todas mujeres) que me ignoran y siguen, como autómatas, tirando las cosas de Maya.

Entonces me desmadro, en ese estilo que sólo los íntimos conocen, y comienzo a boconear y a gritarles (más) que eso es un abuso de poder y una manera absurda y ridícula de entender esa ley importada, que están colonizados, que dan pena y viene una supervisora y me quita mi pase de abordo y pasaporte y me dice que no me voy, que por mi actitud me quedo presa en San Salvador. Repetimos: ¡por mi actitud!

De ahí hacia el final de la escena cualquier cosa que diga será producto fiel de mi imaginación. Perdí el sentido. Sólo sé que di un estremecedor grito que se oyó más o menos así: ¿quéééééééééé?
(muy aguda la é, orgullo de soprano la é). É de espanto que traía la memoria de otros eventos de mi vida en donde me sentí sin derechos y una no persona. É de yo de esos desmanes del poder ya me escapé. Y comienzo  a gritar que soy norteamericana y tengo derechos y le arrebato mi pasaporte y mi pase de sus manos mientras Maya  me suplica que pare
 y una mujer policía me exige que entre a una oficina
 y yo que grito poseída: soy norteamericana, soy norteamericana y agito el pasaporte.
 Y siento sonar el himno por algún lugar de mi cabeza y en las mentes de los espectadores estoy envuelta en la bandera de las rayas rojas y las cincuentas estrellas a punto de incendiarse. Y todo el aeropuerto, que es más pequeño que una sala de espera en un hospital tejano, mirándome en silencio cortante y quizá esa y no otra fue la clave para que la propia supervisora, aquella que arrebatara pasaporte y pase de abordo y que a su vez fuera continente de mi grito y mi arrebato de documentos en dirección contraria me dice: vaya y quítese los zapatos; lo cual era el paso final de aquella agónica inspección
con dèjá vu. Y así fue como sobreviví en Centroamérica.

Cuatro horas después estábamos en Houston y por primera vez en estos casi ocho años de exilio/migración sentí la enorme felicidad de haber llegado a una tierra que si bien no es enteramente mi casa en la medida en que no guarda mis primeros veinte nueve años de historia -eso que cursi mas sabiamente debo llamar “mis raíces”- al menos acoge mis ramas con delicado respeto por mi ser. Uno que definitivamente insiste en ser trashumante y que se reconoce en formación; pero libre y silbante. Como los chicos que se fuman un cigarrillo en cualquier esquina en Buenos Aires. Como la banda sonora que no para en mi cabeza.