Thursday, July 16, 2015

Placenta Colectiva, Ediciones Torremozas, Colección "La Noctámbula", Madrid, 2015, es la última entrega de la poeta cubana Lleny Díaz (Placetas, 1975). 

Hurgar entre estos versos es acercarse a un espejo que casi provoca terror en tanto nos delata. Allí estamos. Es la experiencia global dicha esta vez en español. Es la fragmentación del ser puesta en verso y prosa alternados durante casi noventa páginas. Y justo desde la fragmentación una nueva estocada para despabilarnos y hacernos recordar que tiempo atrás posmodernos/herederos del existencialismo ya clamaban estos gestos para sí; ya los llamaban "rasgos distintivos". Es también y sobre todo síntesis de cuánto experimentamos los de esta raza semicyborg y que aún no habíamos encontrado el modo de expresar mejor. Ni siquiera haciendo click en ese like, ni escribiendo ese comentario allí en donde la hiperpágina lo demandaEs la semivida nuestra; esa de quienes en realidad no somos más que nómadas acéfalos al margen de la historia y la política. La de quienes ya no fuimos capaces de hacernos cuerpo imaginado más allá del cristal de los ordenadores. Cuerpo imaginado mas nunca presente. Imaginado; pero jamás  comprometido.

Díaz viene a contarnos de la frivolidad del ciber espacio que apenas entendemos en lenguaje entrecortado, parabólico, cínico. Estremece entonces con su puesta sobre el tapete de algunos sentimientos olvidados por su omnipresencia: el miedo, la persecución, la asfixia. Porque la placenta colectiva es en realidad la masa epidérmica que encubre lo invisible, acaso y siempre, denostado.

Sus forcejeos con el lenguaje (del sermo cultus al sermo vulgaris); así como su clara intención de hacernos despertar de una suerte de letargo que ella misma intuye, pero no comprende, son las mejores herramientas con las que pone juntas poética y filosofía en este cuaderno. Artes que para algunos círculos de la cibernada parecerían irreconciliables. 

Alienta así mismo su distanciamiento de la noción Cuba. Esa enfermedad que nos persigue tanto a los huidos como a los resistentes de/en esa ínsula sola que no para de gritarnos, desesperada, antes de hundirse por fin en el mar Caribe. Lleny Díaz parece no reconocerla, no nombrarla para que no acontezca el  repetido hechizo narcisista que suele posicionarse al centro de casi toda la producción creativa de los allí nacidos. Cuba es presentimiento que busca sobrevivencia en los soplidos de Miles Davis; pero no lo consigue. Es rotura fundacional, memoria de otras islas que se repiten en cualquier punto de la esfera.

Armonías, asonancias, referencias cinematográficas, distanciamientos, obsesivos y punzantes zooms de cámara conforman pues el gran mosaico de citas que es Placenta colectiva. La metáfora inicial que se sugiere en el título, idea de los restos  despreciables luego de un parto anónimo y repetido; se integra perfectamente a la orquestación mayúscula que el libro propone. Más que oxímoron (resto devenido completitud sinfónica) hay aquí la propuesta de un camino. La exposición de una solución que escasamente acontece. Habrá que salir del resto amorfo y comenzar a juntar las partes y aprehenderlas con voracidad para llegar a reinventarnos. Habrá que despertarse para encontrar al fin la voz ancestral de la poesía. Y habrá que nombrar a Lleny Díaz como cicerone entre la maleza.



Saturday, June 27, 2015

NUESTRA GRAN SECRETA (Y HASTA JUNIO 26 INÚTIL) BODA LÉSBICA

Escribo esta entrada transida por la emoción de los últimos días y también por la necesidad de ver algo sobre el tema que sea dicho en español.

Debo apropiarme, además, de una popular broma en el imaginario lgbt, para introducir nuestra historia mejor. La broma es simple, y está montada sobre la estructura de pregunta/respuesta. Aquí va: "qué es lo que no falta jamás en una cita a ciegas de lesbianas?/la maleta".

Pues más o menos eso. A pesar de conocernos por casi veinte años, Neysi y yo comenzamos a convivir muy rápidamente. Fue fascinantemente vertiginoso. Yo estaba en Miami sólo durante la primavera del 2014. Aprovechaba mi semestre sabático para adentrarme en los archivos de Lydia Cabrera, resguardados en esa maravillosa institución que será alguna vez (aún no se entiende del todo su valor) la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami. Ella, sin embargo, vivía allí desde hacía más de siete años.

Todas las piezas de nuestro rompecabezas se armaron, repito, con celeridad. Y célere era también el paso de los días. Ellos volaban y volaba yo del archivo a su oficina todas las tardes y ella hasta la pequeña habitación que teníamos alquilada en algún punto de la US-1. Alguna noche en la que el gigante elefante de mi inminente ida ya no pudo hacer más la pose de invisible, le confesé la parte más rígida de mi verdad laboral: "tengo un puesto que adoro en Houston y conseguir uno con características similares en Miami o la Florida puede llevarme la vida entera. Puede incluso no sucederme. Puedo también terminar en el medio de Nebraska, Utah o Pensilvania, con los amish". Ella sonrío a medias y dijo: "yo te seguiría a Alaska". Lloramos las dos. Ella por mi confesión y deseo egoísta de arrastrarla a la nómada vida del académico en plena efervescencia de su "terror track" y yo por saberla abandonando sus pastelitos de guayaba y coladitas mañaneras en cada esquina.


Pasada ya esa declaración de maleta presente que vislumbra UHAUL, vinieron, de mi parte, otras ansiedades. Cómo iba a ser su vida laboral en Houston? Podríamos sostenernos, al menos por un tiempo, con mi salario de Assistant Professor y sendas familias en Cuba? Y si se enfermaba? Y si teníamos un accidente? Cosas, que bien sé, no piensan las enamoradas a los veinte, pero sí a los cuarenta. Tal era mi caso. Entonces llegó Mr. Obama con su bolígrafo de firmar leyes y en mi desesperación leí lo que quise leer.

Estaba yo muy sentada en el sofá de la casa de una amiga en Miami Beach adonde fuimos a pasar uno de nuestros últimos fines de semana antes de la mudanza a Texas; cuando en "breaking news" leí el titular que aseguraba que el presidente recién firmaba una ley que permitía a todos los beneficiarios de seguros de salud -cuyos fondos fueran de origen federal- hacer uso de ellos para cónyuges del mismo sexo. Y luego venía la parte que hacía temblar mi mano sosteniendo el ipad; esa otra en la que se leía: "sin importar que dichos beneficiarios vivan en estados que no reconocen sus matrimonios". Llamé a Neysi (que aún trabajaba) y le pedí que se casara conmigo.

Era simple. Yo le ofrecía mi seguro médico a cambio de su renuncia al olor del mar, los pastelitos y la cercanía con la isla en donde vive su madre anciana. Esa madre a la que viviendo en Texas no podría ir a ver ni con la misma frecuencia, ni con el mismo presupuesto (tomen notas, controladores de charters Cuba-USA, en Houston residen más de 50000 cubanos). Y ella dijo que sí. Y allí mismo nació una de nuestras más recurrentes bromas familiares, esa en la que ella asegura que se casó conmigo "por interés". Y yo solía reírme con amargura, porque en principio fue todo un gran malentendido.



Resultó que los fondos de mi seguro médico no eran federales sino estatales. Resultó que no me tomé el trabajo de averiguarlo hasta mucho después y ya era veinte de mayo y en absoluto secreto (inventamos nuestra propia versión del "don't ask, don't tell" porque nos daba mucha pereza explicar la prontitud de nuestro compromiso y porque lo del seguro parecía demasiado mezquino);  tomábamos un avión para Nueva York porque nos creíamos fundadoras de repúblicas imaginarias. Era ya veinte de mayo y dos de mis más amados y fieles amigos (y sus parejas) nos acompañaban al ayuntamiento y firmábamos aquel documento y nos daban aquel certificado. Mayo veinte y caminábamos sobre el puente de Brooklyn en silencio, pensando en Martí, y nos parábamos justo en medio de aquella mole de hierro y cemento para que yo leyera mis votos y ella me abrazara después porque no todo hay que decirlo con palabras.

El propósito inicial de la boda, ese paliativo a mi ansiedad por cuánto dejaba Neysi para venir a mi lado, fue inútil. La boda no. La suerte nos acompañó y ella consiguió trabajo un par de semanas después de que finalmente nos instaláramos en Houston; y esa posición laboral incluía beneficios. Mis miedos pudieron descansar por una temporada. Pero otras frustraciones siguieron de paseo. El no poder ponerla como mi esposa en las planillas de recursos humanos de la universidad fue sin dudas la que más me golpeara. No poder clickar "wife" and "female" porque la computadora no lo reconociera, no hacía simetría con la obligación que suponía, en el mismo estado, que yo no pudiera reclamar parte de los intereses de mis préstamos de estudiante al rendir mis impuestos; justamente por estar casada. Esas y otras restricciones, asociadas todas con el dinero, parecían de una incoherencia brutal y despiadada. Es decir, que hasta el día de ayer, estar casado en Texas, era un impedimento según para qué. Y es que la conveniencia de los hacedores de leyes está muy en sintonía con la de los usureros.

Podría dar muchos más detalles de nuestra historia y especialmente de historias mucho más terribles con las que nos hemos cruzado en estos años; pero prefiero parar aquí para hacer una sola nota aclaratoria y final. Una que va dirigida a todos esos comentarios ácidos (algunos incluso de aliento chistoso) que recorren ahora las redes. Esos de los guapos, super "cools" que no creen en la institución del matrimonio, sea este con quien fuere: lo que sucedió ayer en la corte suprema de los Estados Unidos no es más que una herramienta a ser usada a discreción de sus potenciales beneficiarios. Si usted no es como nosotras y no le interesa canjear pasteles de guayaba por protección legal, facilitando de paso a su amante una mejor visibilidad del calibre de su compromiso, cool, no use esa herramienta, no se case. Si no le preocupa que su pareja quede desprotegida/o después de su inminente muerte; cool, no se case. Que le importa poco si sus hijos están reconocidos naturalmente como tales o si por el contrario tiene que hacer todo un trámite para adoptarlos sólo porque no los parió y le da a usted mucha pereza; cool, no se case. Pero eso sí, déjeme disfrutar en paz de mi paz y del hecho de que finalmente después de pagar impuestos juntas, intereses de préstamos de estudiantes y seguros de vida, la inutilidad de mi matrimonio, alcance al fin su su utilidad mayor: el de poder procrear, enfermar y hasta morir sin tanta vuelta.





Friday, June 12, 2015

MICHAEL H. MIRANDA EN PAÍS CERCANO

Entre las propuestas para el 2014 de la Editorial Silueta, radicada en Miami,  estuvo el cuaderno de poesía En país extraño de Michael H. Miranda. La entrega aparece formalmente muy bien cuidada, lo cual es motivo de celebración primera.

La trayectoria de Miranda como poeta, la confiabilidad en sus conjuntos de trazos imaginarios y materiales, hacen que una se acerque a este país con una sed doble: la de corroborar su supervivencia como aeda en tierra extranjera y a la vez la de redescubrir,  -de haberlos- nuevos senderos. Ambos propósitos se cumplen.

Pero ese cumplimiento se desata en lectura que lejos de hacernos recorrer la extrañeza que el título propone, deviene familiar y autorevelada. En En país extraño, asistimos a la aspereza de un viaje doloroso, sus accidentes, su fascinación... aún así, hay algo de  ese viaje que resuma pertenencia cosmogónica, conocimiento occidental y centenariamente adquirido. La experiencia migratoria/exílica/acaso carcelaria de este sujeto narrador ya la vivimos antes en Terezín, Auschwitz o las UMAP: "Mi nombre son dígitos". Y como si no bastaran las evidencias, el hipotexto nos es siempre, siempre, facilitado: "la obsesión del número ya estaba en ángel escobar".

El país extrañamente familiar nos pone también de frente a la más temida de las verdades: no hay país al que volver. Las nociones de ciudadanía, identidad, pasaporte o cualquier atisbo de lo legítimo, esa fuerza pujante que alguna vez hizo derramar la sangre sobre los campos de batalla en el siglo XIX, ese espejismo llamado nacionalidad se transfigura en imágenes desoladoras; pero otra vez harto reconocibles "vivo la no-isla la no edad del país que mira al mar/mi casa en la ceniza posible la oportuna". Y todo se cierra en un cuadro perfecto, una estampa cáustica con que sintetizar cualquier posguerra "y soldados masticando dados de azúcar/entre animales muertos".

Para hilvanar este argumento de la familiaridad, lo cercano de estos versos que sólo intentan recrear su naturaleza forastera desde la voz egotiva que los reúne en forma de diario y carrusel, recurro a tres elementos ya casi enunciados.

El primero de ellos sería el insistente guiño a la generación poética cubana que precede a la del autor: la generación cubana de los ochenta. Basten los homenajes a Escobar o León Estrada para así probarlo. Pero hay más. De algún modo que da igual si premeditado o inconsciente, se abre aquí un diálogo semántico y también psicosocial. Miranda parecería regresar a esos poetas con quienes crecimos entre las derruidas salas de té, las descargas y los rones no sólo para destacar la atención con que los ha leído (su deuda y ansiedad de influencias) sino también para compensarles en la idea de un país que a pesar de haber habitado profunda y desgarradamente les fue igualmente arrebatado. La extrañeza no acontece sólo si la condición de poner mar por medio es un hecho irrefutable. La extrañeza es acaso heredada, secular, remanente de la condición colonial de la que aún no escapamos. Irse o quedarse es asunto de semánticas y alguna que otra coreografía física (sus atrezos) pero el continuum poético y de experiencias queda verificado.

El segundo elemento sería la idea del libro-juguete. Técnica composicional que si bien amplifica los argumentos de la familiaridad y los hipotextos (de Rayuela a los Cuentos Negros de Cabrera); introduce también el más poderoso componente filosófico del libro: su existencialismo. El cuaderno como rompecabezas, como conjunto de piezas sueltas que el lector deberá armar -proponiendo así el poeta varias alternativas de lectura- es también una invitación a una mirada ontológica y estremecedora sobre nuestras vidas: títeres de quién, partes de qué extraño juego.

Y finalmente la convivencia de géneros aterrizada en el mosaico poético; este pastiche en dónde la epístola, la memoria y el diario sirven de armadura a lo confesional, lo críptico, lo cínico y siempre lo desgarrado. Las exposiciones metapoéticas de aliento oscurecido conviven armónicamente con las apelaciones a sujetos palpables y reales: martha, alicia, el padre tipógrafo... Una vez más su familia como puente hacia todas las familias conocidas; como concentración de felicidad y desgracia; como espejo universal que resuena en todos los espejos.

En país extraño descansa desde ya en país de todos. Porque habrá un día después de este y los soldados masticarán dados de azúcar no entre animales muertos, sino entre las infinitas redes en donde habremos olvidado a la isla tal y como la conocemos. Un día en que habremos dado el salto final hacia el olvido de pasaportes, ciudadanías o naciones; todo eso que aún nos hace tan poblada la desesperanza. Todo lo que en este libro, con destreza y no sin pavor, se deshace. Eso que familiar y secretamente nos convoca.

Saturday, June 6, 2015

Escribir en español en el jardín de Academos norteamericano

Retomo mis trayectos en la bicicleta roja con una aclaración necesaria: no me ha pasado nada. No escribo desde la angustia, el resentimiento o la rabia. Nadie ha puesto en entredicho mi escritura. Pero  allí le voy de todos modos.

No quiero sentir vergüenza por escribir en español para la academia norteamericana.

No es una contradicción. Tampoco una incapacidad. Ni siquiera pereza.

Escribo en español por coherencia y quizá porque íntimamente es mi último acto de resistencia. Pero hay más.

Hablaré específicamente de los centenares de jóvenes (o que lo fuimos alguna vez) profesionales, humanistas, que hemos llegado a los Estados Unidos en los últimos veinte años. Inicialmente formados en universidades latinoamericanas y llegados acá para hacer la escuela graduada. Reduciendo la muestra a sólo los cubanos, llegamos aquí desesperados por salir de "allá" y gracias a las redes de solidaridad que contemplan a académicos de las primeras oleadas migratorias post-revolucionarias, los contactos y apoyos entre nosotros mismos y las facilidades del sistema norteamericano de becas para doctorantes, hemos conseguido insertarnos en la academia no sin éxito, tampoco sin esfuerzo desmedido.

Y aprendemos las leyes del juego con relativa rapidez. Y sabemos lo que quiere decir convertirse en eficaz hablante y escribano de la lengua dominante en el país receptor: más oportunidades laborales, más contactos, más exposición, más editoriales queriendo tu manuscrito, más dignidad y mejor salario. Y eso está bien. Lengua es poder y es mundo nuevo. Y para eso salimos -sedientos de mundo, aventura, poder de gestión, visibilidad. Otra vez una estancia digna para nosotros mismos y nuestras familias.

Pero no quiero sentir vergüenza por escribir para la academia en español. Soy hispanista. La Universidad de La Habana me concedió un título de especialista en lengua y literatura hispana. The Graduate Center of New York me abrió sus puertas dieciocho meses después de haber estado presa en la frontera méxico-americana en un departamento que honrosamente se llama "Hispanic and Luso-Brazilian Languages and Literatures" y desde allí me hice doctora en filosofía con especialidad, otra vez, en lengua y literatura hispana. La Universidad de Houston me contrató como especialista en Caribe hispano y caribeños en Estados Unidos para el departamento de Estudios Hispánicos. He escrito cinco libros (tres de cuentos, uno de crítica literaria y otro de poesía) todos en español. He agonizado escribiéndolos. He llorado sobre las teclas de mis máquinas de escribir y computadoras buscando el verbo exacto, borrando el adjetivo que no resuena en mi página como en mi estómago, aprendiendo a puntuar... Nadie me dio un "free ride" por escribir en español por el sólo hecho de que fuera mi lengua madre. Tampoco parecería justo que me penalicen por ello.

Escribir en español mientras vivas y trabajes en una institución académica en Estados Unidos, no quiere decir que eres "un/a flojo/a". Muy por el contrario pudiera haber un posible campo de significación en el hecho de que quieres que tus libros y artículos sean un instrumento doble de aprendizaje para las nuevas generaciones de hispanistas (español-dominantes o no). Que mientras te leen y aprenden sobre realpolitik, hermenéutica, simbolismos, imaginarios y literaturas gocen también de las limpias estructuras para las que debiste desvelarte, hacer de la reescritura y el autorecelo tus mejores aliados... Que entren a la intimidad de tu agonía ante la letra como si fuera una fiesta desconocida; pero a la vez intuida.

Llegué a los Estados Unidos a los veintinueve años. Y siento un profundo respeto y un temor (como  los medievales de Dios) ante mi lengua madre. Esa que me ha dado recursos para sobrevivir desde un tiempo anterior a aquel en que la supervivencia se convirtiera en mi único modus operandi.  Y desde ese lugar hablo. Un lugar desde el que no tengo el menor conflicto con la lengua inglesa y desde donde adoraría hablar y leer en otras muchas (del tronco románico al eslavo o el arábico). Pero no quiero sentir vergüenza por escribir para la academia norteamericana en español.

Porque resulta que con las nuevas distribuciones mundiales y sus instrumentos ya no se escribe para un grupo poderoso específico. Ya se escribe para quien tenga a mano un ordenador. Porque se superan a sí mismo los traductores automáticos (si de ese lector potencial y global se trata al pensar en tus receptores). Porque me resisto a perder (más) intimidad con mi lengua. Porque me resisto también a hacer el juego a la mayoría de las University Presses que por no pagar no pagan editores en todas y cada una de las lenguas que se hablan y en las que se enseña en las universidades norteamericanas y que tienen sin duda un público estudiantil y de colegas más que vasto.

La lengua inglesa (como pudo ser cualquier otra; pero corrió ésta con poderosa "suerte") como lengua franca es sin duda un buen instrumento para congresos y aforos académicos si de compartir el trabajo de los campos se trata. I'd go for it. Pero no quiero sentir vergüenza por escribir para la academia norteamericana en español. Porque somos cincuenta y dos millones hablando, leyendo y escribiendo en esa lengua, sólo en este segmento de división político-admistrativa llamado USA. Porque no podría escribir de espaldas a Latinoamérica y el Caribe hispano. Eso me haría una sumisa amnésica, una ingrata con quien no podría convivir.

Finalizo este viaje en la bicicleta roja con una segunda aclaratoria: no hay en esta página agenda alguna contra mis muy queridos colegas y estudiantes que deciden escribir en inglés buscando las razones arriba expuestas. Menos aún contra aquellos que emigraron muy jóvenes o nacieron en USA y el inglés es la lengua en la que recibieron su educación formal. Hablo justo de esa libertad. De ese elegir soberana (o fluidamente) la lengua en la que queremos ser leídos y en la que queremos producir sin que eso abra la pista a miradas condescendientes o posturas sospechosas sobre nuestra excelencia investigativa. Se trata de no sentir vergüenza por ser uno mismo. Y es que todo lo que yo soy o pudiera ser, será expresado en la lengua del drume negrita, los boleros desgarrados o las nanas adaptadas según la región, con que acompañaron mis sueños de infancia. En busca de ellos ando todavía.

Sunday, June 8, 2014

Colonia-Berlín


Llegamos a la estación central y única de Colonia y mi sueño de no entender se hizo realidad al instante. La primera etapa de esta nueva jornada parecía simple: llegar al hotel desde dicha estación y para ello me había asegurado de buscar en google maps las direcciones exactas que estos proveen: “en la calle tal gire a la derecha, camine 200 metros y gire a la izquierda”. Eso sería todo, pero Nein! ninguno de los que con certeza parecían naturales de la ciudad, tenían idea de cómo llegar a la primera calle en donde caminar los 200 metros y hacer la izquierda. Para colmo (y previa sugerencia mía) N. había preguntado en un hotel de la misma cadena en que nos hospedaríamos, cómo llegar al nuestro y la señora de la carpeta le dio el nombre de una plaza (Barbarossaplatz), muy famosa y muy desconocida para quienes nos acercábamos a indagar.

Si bien google aseguraba que en dos kilómetros (una caminata de 15 minutos) ya estábamos en el hotel, los hechos iban demostrando lo contrario. Nadie sabía de las calles o la plaza y  aunque el excelente alemán de N. era todo nuestro resguardo para no colapsar, las espaldas penitentes bajo las mochilas ya pensaban distinto.
Lo más gracioso de lo que duró esta búsqueda sucedió a través del denominador común de las respuestas que nos daban los “colonos”. Cada vez que les pedíamos instrucciones para llegar a la plaza o el hotel, todos recomendaban que tomáramos el tren. No explicaban. Sólo se alucinaban ante nuestro empecinamiento de caminar por 15 minutos seguidos estando tan cargadas: aber bitte, nehmen Sie den Bahn! (¡por favor tomen el tren!). Lo repitieron tanto y tan constantemente, que llegaron a colocarnos la duda, a inquietarnos mutuamente y cuestionarnos mitad en serio, mitad en broma: ¿por qué no tomamos el tren?
Llegamos al hotel cansadas; pero victoriosas. Después de todo, era posible llegar allí desde la estación dando un lindo paseo por las calles del mercado y unas placitas desconocidas que sin duda mejoraban a la de los “bárbaros” que no llegamos a ver porque el tren no lo cogimos jamás.
Descansamos por unas horas largas y para cuando el sol se hizo más amable (¡llegó por fin el verano a la Germania y esperemos que a la Galia también!) nos dispusimos a explorar el Altstadt (ciudad vieja) que a la orilla del río nos dio una pintoresca bienvenida con sus casitas de techos puntiagudos y colores intensos en paleta pastel.
El medioevo es el elemento imaginario con el que se trafica en Colonia. Todos los edificios parecen competir para probar que sus piedras fueron alzadas allí, en algún momento entre los siglos XII y XIII, cuando los guerreros tenían muy claro su código de honor y las doncellas esperaban en torreones que simulaban coronas desde las que ellas agitarían su pañuelito blanco.

Entramos sin pensarlo en una taberna que nos convocó. Su decoración una gigante rueda de la fortuna y unos camareros luciendo vestuario de época: pantalones y faldas rojas, blusas  y camisas blancas, chalecos también rojos y acordonados sobre el pecho, zapatillas de tela; escenario listo para el rodaje de cualquier cantar de gesta.
Fascinadas y solas nos sentamos en una larga mesa en donde estudiamos la carta que ante todo aleccionaba sobre la tradición y antigüedad del lugar: construida en el siglo XIII había sido posada para peregrinos y viajeros de toda clase que desde entonces degustaban allí sus exquisitos chorizos acompañados de enormes jarras de cerveza medidas no en volumen, sino en metros. Para N. nada ha sido más impresionante en este viaje que los metros y medio metros de cerveza que se pedían los comensales de la taberna. Servidos en vasitos de 0.1 litro y puestos uno detrás de otro, los nativos piden la cerveza de este modo y en grupos beben por metros el alcohol.
No estuvimos a la altura, pues impresionadas por la cantidad, sólo alcanzamos a pedir vasos simples para acompañar un delicioso medio metro (sí, también miden así la comida) de un chorizo con papas y coles encurtidas. Las mismas coles que en la década de los ochentas solían servir en la Cuba socialista para acompañar nuestras croquetas con pan suave.
Degustamos el medio metro de embutido y continuamos el paseo por la ciudad vieja, a lo largo del río. Otros cientos de turistas se complacían en beber metros de cervezas y comer chuletas y piernas de cerdo (todo en plan pantagruélico y medieval) en las terrazas que con sus mesitas impecablemente puestas y sus porteros convidando a los paseantes, daban la bienvenida a este verano que en Colonia promete dejar decenas de miles de euros a los propietarios de los locales y los productores de cerveza artesanal.
Caminamos con calma por un par de horas más: un helado italiano, un café en un restaurante mexicano, una vuelta alrededor de la gótica catedral del siglo XIII, una vista rápida sobre las muestras de ruinas romanas que exhiben en vitrinas gigantes. Capiteles dóricos, jónicos y corintios; tapas de sarcófagos, memoria de la presencia imperial en la vieja Germania y su caída.
De regreso al hotel nos fascinó un barco por el río en donde  miles (aquí miles quiere decir miles y no exagero nada) de jóvenes bailaban y cantaban delirantes, estremeciendo a su paso la ciudad.
Otro detalle curioso fue que al pasar por una de las plazas aledañas a la catedral, unos hombres la acordonaban prohibiendo el paso por el área central de la plaza, había que bordearla y la razón para ello era que dicho espacio además de sitio de paso habitual es el techo del teatro en donde la filarmónica de Colonia ensaya y hace sus actuaciones. Viniendo de donde venimos, no es detalle menor este respeto por la música y sus silencios…
Esta mañana regresamos caminando a la estación (ya muy sabidas de la ruta y sin preguntar) y almorzamos un Schnitzel (chuleta) delicioso en un restaurant turco que ayer nos cautivó cuando pasábamos al río.
Ahora se acerca Berlín y en este tren, una señora alemana ha partido en dos un pan para compartirlo con su marido y al hacerlo, lo ha medido para comprobar de que cada uno de ellos, comerá la misma cantidad. La escena (que aún me resisto a creer es cotidiana, sino excepcional) ha dejado en nosotras un impacto profundo que aún no sabemos explicar…

Saturday, June 7, 2014

París-Colonia


No, no venían por nosotras, por esta vez la sospecha de ser sospechosas, esos pasaportes que aseguran venimos del terrorismo y la visa perpetua, no nos jugaron una mala pasada.

Llegamos a París, a la Gare de Lyon. Y allí Inés, amiga de la familia de mi entrañable Adriana Novoa; argentina hija de gallegos, economía de sobreviviente, de postguerra, generosidad estridente para una escenografía de “tiempos modernos”; verbo incesante, calidez, maternidad, frontalidad dulcemente despiadada.

Con Inés nos internamos en el laberinto de un sistema de trenes subterráneos que trece años después y pasadas ya algunas vidas en los túneles, me sigue pareciendo de los menos amables en las grandes urbes. Tres conexiones hasta llegar a su barrio en la estación de Botzaris y miles de historias que jamás podrían ser reproducidas.

Una ducha, una deliciosa “omelette” hecha por Inés y de nuevo a la calle, a por la luz de primavera reflejada en los vitrales de Notre Dame. 

Pedir suerte y fuerza en el kilómetro cero de la ciudad, adentrarnos brevemente por las pequeñitas calles de Saint Michelle; un café de pie en cualquier barra, una enorme caminata por la ribera oeste del Sena y una rápida mirada vertiginosa sobre las fachadas del barrio latino, el Louvre, el Museo de Orsay, Les Invalides,  La Madeleine, el puente de las artes, el del alma, la torre Eiffel que no “flashea” esta tarde como suele hacerlo; un cansancio iluminador; un guiño cómplice para recordarnos mutuamente que la sensación de privilegio no ha de parar, no puede parar; que recordar de dónde venimos será acaso el único modo posible de saber hacia dónde iremos alguna vez, cuando tengamos un país al que volver…

A la mañana siguiente el París con aguaceros que Vallejo avizorara para morir no se hizo esperar. Lluvia helada sobre nosotras que debíamos cerrar billetes para continuar a Berlín. Gare de’l Est en donde nos comunica una chica parisina con pulsera de banderas americanas y ganas de viajar a los Estados Unidos (y cito) “para quedarse”: que no hay trenes directos a Berlín, menos aún en la hora que los queremos. Que hay una parada obligada en Colonia, en donde sin dudas decidimos quedarnos por una noche, a ver qué nos depara la Germania y sus exactitudes.

De la estación seguimos a Montmatre, muertas de frío, semihúmedas por la llovizna que no cesó y deseosas de escalar (en el funicular) hasta el Sagrado Corazón. Allá nos vamos y con nosotras cientos de turistas obstinados quienes se sientes convocados por la idea de transitar por las mismas callejuelas en donde los grandes maestros de la pintura francesa alguna vez se juntaran; allí donde de algún modo se dio inicio a ese principio que aún sostiene el mercado del arte: la producción de belleza es también un trabajo digno y  por él han de ser remunerados sus jornaleros.

Nos perdemos así por el corazón de la colina de los pintores, previa visita a la sagrada iglesia con su aliento ortodoxo griego, sus vírgenes que recrean a las bizantinas, su ecléctico neoclásico, no por mezclador de escuelas, menos deslumbrante.



Largo paseo por las tienditas de souvenirs, obsesión mía por una crepe de nutella que aquí pareciera, por su precio, estar rebañada en oro y descenso por las plazas hasta llegar al mítico Moulin Rouge, en donde a pesar de que no quedan rastros de Lautrec o las bailarinas de Can-Can, algo de memoria y música puede una inventarse entre la algarabía de un tráfico insoportable.

El metro nos lleva raudo hasta los Campos de Marzo y la Torre Eiffel. Esta última nos da la bienvenida desde su ostentoso principio de desafiar toda gravedad, toda lógica de metales dúctiles. Nos empinamos más de 300 metros y es entonces que entendemos lo majestuoso, la arrogancia del Rey Sol, los excesos dieciochescos  y decimonónicos, el Iluminismo, la Revolución y su parte aguas. Ah, de París y sus colinas, su río caprichoso, su sentir que el corazón del mundo late en sus arterias. Ah, de París con y sin aguaceros, más de una misa puede rezarse en sus calles, sus trenes apestosos, entre su gente poco amable en particular y tan sola como todos en general.

Nos alejamos de la Torre con la sensación de haber visto a Dios tan cerca como este pueda presentarse. Nos apuramos la crepe que en Montmatre se hizo imposible. Nos convencemos de que un paseo por el Sena, en Baton, es algo que solo se vive una vez.

Todas las estaciones en donde el bote recubierto de cristales se detiene son imprescindibles: Saint Germain, Museo de Orsay, Hotel de Ville, Jardín Botánico, el Louvre, los Campos Eliseos en donde decidimos bajarnos para caminar hasta el Arco de Triunfo; pero un espantoso aire frío nos hace repensar la empresa y sólo alcanzamos a meternos en el metro que nos conducía a casa, que era decir: vino tinto, lasagna, Inés y sus increíbles historias de muchas vidas, muchas sabias…

Amanece por tercera vez sobre París y a pesar de mi obsesión por los impresionistas y el Orsay, convengo con N. que debemos ver el Louvre; para ella sería su primera vez; para mí una urgencia de reconciliarme con algo que en el 2001 me trajo solo angustia y urgencia de correr cuando ya había visto la Mona Lisa y la Victoria de Samotracia. Historias que aquí no valen más que para convenir que mejor el Louvre que el Orsay para esta vez.

Eran masas imparables de turistas, como imparable fue también nuestra necesidad de beberlo todo: de Grecia a Egipto. De los dioses de piedra a los sarcófagos de madera. De la Venus de Milo al Escriba Sentado. De la escuela florentina a la veneciana para los renacentistas. Del Greco a Goya para los españoles. De De la Croix a Ingres para los franceses. De la escuela holandesa a las voces de las entrañables Guadalupe Ordaz y María Elena Jubrías, repitiendo otra vez la misma lección de arte universal en mi oído, haciéndome regresar a esa edad en donde toda la vida estaba por pasar y quedaba entre París y Nueva York y yo entornaba los ojos de nostalgia por lo que no me tocaría vivir…

Presas de la extenuación y la belleza nos dispusimos con el resto de las miles de almas que se nos cruzaban a recorrer (hoy sí) los Campos Elíseos hasta el Arco de Triunfo. De la lluvia helada del día anterior, pasamos a un calorcito intensamente amable que nos invitó a un baño de sol de media hora en los bordes de una fuente.

Caminamos hasta el obelisco egipcio (parada para foto) y seguimos remontando hasta ese punto de los Campos en donde los árboles se convierten en infinitas tiendas. En ese “no lugar” que supone estar aquí con los lumínicos de Levi, Benetton, Versace, Zara, Starbucks (parada para expreso); acompañando cualquier paseo en el “mundo civilizado”…

A unos pasos del Arco de Triunfo nos detienen. No es posible pasar. La policía ocupa todos los espacios; acordona las aceras. Dicen que es Obama; sin embargo, las banderas que cubren toda la avenida son inglesas… Je ne comprends pa… pero da los mismo… allí está el arco, el triunfo de los aliados, la memoria de que alguna vez el mundo occidental se reinventó desde lo más bajo de sus propias cenizas para hacerlo todo de nuevo…

Para despedirnos de París, regresamos a Notre Dame. Con instinto circular, volvemos a la primera Plaza (Hotel de Ville); la luz de la infinita tarde sobre los vitrales, el Sena callado y amable para los cientos de botes con cenas y cocteles o con simples turistas alucinados con la mucha grandeza de estos edificios de reminiscencia imperial y revolucionaria a la vez.

Nos internamos de nuevo en Saint Michelle. Nos sorprende un puesto que intuimos (la certeza no fue posible tenerla) argelino o marroquí y una pita con cordero, papas fritas, lechuga, tomate y salsa de yogurt nos invita desde allí. La devoramos de vuelta a Nuestra Señora de París, en lo más íntimo y público de la Ille de France y decimos en silencio adiós a París mientras un grupo de ancianos rusos (edad promedio 85 años y por sus insignias veteranos de alguna guerra) invaden la plaza. Esto sucede quizá sólo para recordarnos que siempre hemos de seguir por donde el río (el Sena o cualquier otro) nos lleve; que luchar solo vale para disfrutar con mayor intensidad la sobrevivencia, que viajamos para poner en perspectiva la pequeñez de nuestro mundo frente a la suma de pequeñeces de otros mundos posibles…Ah, de Voltaire y sus lecciones.

Ahora es otro tren destino a Colonia, uno que ha salido desde la Gare du
Nord en Paris hacia un país en donde N. lo dirá todo porque domina su peculiar lengua y por primera vez (quizá en mi vida entera) miraré y escucharé sin tener idea exacta de cuánto sucede… y eso presiento, traerá un descanso, largamente añorado…

Wednesday, June 4, 2014

Madrid-París


Regresar a Madrid en primavera trajo consigo una avalancha de memorias que remontaron a 2001. Siempre todo remonta a ese año en realidad. Aquella primera juventud y la intuición potenciada por el encierro de que la vida sucedía en otra parte; una parte que obstinada e indistintamente insistía en nombrar España o Madrid.
 
Ciudad amada en casi todos los regresos. Madrid y los amigos protagonizando esa empresa del amor. Y el amor, esta vez como lluvia preñando a los amigos y a Madrid, superponiéndolos, haciéndolos uno.

Madrid. Paseos por la Plaza del Sol hasta la Mayor. Cañas y croquetas en la barra del Museo del Jamón, caminatas por Gran Vía, Plaza de España (foto con Sancho y Quijote repetida); Palacio de Oriente, chocolate espeso y churros en la Botillería, visita a la Almudena recién restaurada, subida por los Austrias (Plaza de la Paja y Morería) hasta Tirso de Molina. Un café más a la sombra del dramaturgo y los mosaicos de Tolouse Lautrec, una certeza latente de que podría valer la pena regresar a los sitios en donde alguna vez se fue feliz.

Verte tomar fotos en el Paseo del Prado, desde Atocha hasta Alcalá: fuentes de Neptuno y Cibeles. Cantar a Sabina otra vez “a la sombra de un león”; ser besada en donde alguna vez vi besar. Otro chocolate en Bellas Artes. La terraza, que no queremos pagar, para ver las esculturas de los techos de Gran Vía y el sueño imperial de Carlos III; la Metrópolis de cúpula de oro. El susurro de Carmen Martín Gaite repitiendo en mi oído: “a lo más oscuro, amanece Dios…”
Olga, Juan, Pablo, Martín. La visita a su piso en donde casi nada ha cambiado, solo los paisajes interiores de nuestra adultez innecesaria, absurda. Noche en Chueca. Sabores de cazón en adobo que pruebas por primera vez, probándote a ti misma que puedes romper tus límites, ese odio visceral por los frutos del mar que el bienmesabe destierra.


Excursión a Toledo. Mirada alucinada sobre el Tajo y cada una de sus puertas. Boda en San Juan de los Reyes. Fascinación por el gótico, almuerzo para regimientos famélicos en la judería, búsqueda de alianzas en las platerías de la ciudad. Regreso en éxtasis a Madrid. Parque del Retiro, Feria del Libro: Mari Jose, Pepo, Montse; la obsesión por Cuba; la urgencia de entender(nos) mutuamente.

Domingo en el Rastro. Tenderetes que ya no son lo que fueran. Ropita hippie que parece burla más que posibilidad real de llevarla, guiño desde una pobreza que se mantiene intacta para la chica de barrio, hecha a trompicones y hachazos que siempre seré. Compra de batas de dormir porque olvidamos los glamourosos pijamas de algodón que nos acompañarían. Boquerones en Tirso que no tienen el mismo éxito del cazón; cañitas deliciosas para celebrar, sin saberlo, que este rey abdicará y que estaremos aquí para vivirlo. Mejor un mandatario menos –especialmente si está a las puertas de la senilidad octagenaria y gusta de asesinar elefantes- que un tren estallado en mil pedazos como el que hube de vivir en marzo de 2004.

Lunes en casa siguiendo las noticias de esta abdicación tan guionada como el gran hermano. Maletas y mochilas que se alistan para su próxima estación: París; y una tarde noche (Miriela y Deglis) en donde nos recontamos la historia. Sus paralelos, sus disfunciones, sus espejos. La historia nuestra, cuatro mujeres en busca de la felicidad, que es la de una generación y un grupo y un, aquel, país.

Tren de alta velocidad, Madrid-Barcelona (¡en solo 3 horas!) y trasbordo instantáneo al Barcelona-París. Policía que pide documentos a unos australianos (por una vez no son negros o árabes o hispanos) y que nos confunde y pone nerviosas, porque si están pidiendo documentos, por nosotras han de venir…