Monday, October 22, 2012

Adónde vamos ahora?

¿Adónde vamos ahora?



Anoche vimos una película libanesa titulada en inglés: Where do we go now? la tesis del filme es tan simple como conmovedora: la unión de un grupo de mujeres en algún pueblo polvoriento del país, hace que sus hijos y maridos paren la masacre que planean entre cristianos y musulmanes (ellos mismos) haciendo uso de la treta de cambiar los ropajes y rituales que cada grupo practica de ordinario. Las musulmanas comienzan a bendecir con agua bendita y las cristianas hablan de un viaje a la Meca y usan burkas y todo tipo de atuendo que las identifique con sus supuestas contrarias. Para el final de la cinta, uno de los chicos cristianos ha sido asesinado por accidente por un desconocido fuera de los límites del pueblo y cuando los hombres (confundidos por la aviesa conducta de madres y esposas) van a enterrarlo, no saben en que área del cementerio hacerlo ya que siendo el muerto hijo de una conversa al Islam, la duda los desintegra. "Ahora duermes con el enemigo"; dice la madre desesperada cuando el hijo que ha quedado vivo la mira espantado por sus nuevos ropajes. 


Esta mañana me he despertado leyendo los fragmentos del libro de testimonios de Enrique del Risco Siempre nos quedará Madrid que aparecieran en el último número de la revista Diálogo que publica DePaul University. Allí, dice el escritor: 

Si la política se te mete en los lugares más recónditos de la vida, si te sigue los pasos aunque te refugies en el ballet o en la ornitología, no puedes decidir si te gusta o no. Lo único que cabe asumir es que le gustas a ella. En Cuba la política es como el agua de un temporal entrando por debajo de la puerta: no te deja otra opción que tratar de empujarla fuera con una escoba o resignarte a vivir con los zapatos encharcados en ella, si acaso reservándote el prurito de elegancia de subirte los pantalones. Hasta que la política suba de nivel y amenace con ahogarte. Entonces no te queda otra opción que nadar. Si es a favor o en contra de la corriente ya eso es cosa tuya. (29)



Si he decidido combinar ambos relatos y sus recepciones es porque cada día de los últimos 20 años (localizando mis convicciones políticas, allá cerca de los 17, cuando cantaba con Violeta Parra sobre lo tierno y amenazante de esa edad) me he levantado y acostado con la misma angustia: adónde ir, dónde ponerme... Mi madre a nivel político nunca ha sido mi enemiga,  tampoco mi aliada. Mi madre no es más que el fruto exitoso de una nación acéfala que no es que se haya subido los pantalones o haya nadado a favor o en contra de estas corrientes sino que lleva ahogada más de cincuenta años, no patalea, no siente la asfixia; pero si yo muriera tampoco sabría en que lugar del cementerio (quiero decir el Estrecho de la Florida) ponerme. Ella sabe que detesto el bloqueo norteamericano por su esterilidad y componente esencial en la jugarreta castrista. Sabe también que no apruebo ni uno solo de los ejercicios de totalitarismo que ese casta de guerrilleros devenida gerontocracia al mando pone en práctica en la isla y su política exterior. Sabe que de las opciones que me da la maltrecha democracia norteamericana, apruebo aquella que en su maquillaje parecería defender las causas de los desposeídos y re-imagina un proyecto humanista "Con todos y para el bien de todos"... sabe que no tolero las guerras de Irak o Afganistán porque son un ejercicio de hegemonía imperialista, sin más, sin complicaciones éticas justificadas en el exterminio del Talibán o las armas de extermino masivo porque de eso, el interés petrolero y las bases navales impuestas a lo largo y ancho del planeta para qué hablar. De modo que mi madre ni siquiera necesita cambiarse de casaca, porque cualquiera de las dos le quedaría incómoda y sería sin más un despliegue coreográfico innecesario. 

Sin embargo porque sé que a todo cubano(a) la política le invade la casa de sótano a ático; porque la casa misma (donde quiera que ésta haya sido emplazada) es un símbolo de una sobrevivencia que ha resistido desde siempre los más duros embates y porque veinte años después, la inocencia hecha añicos, el cruce de una frontera y el cambio del sistema hormonal así me lo facilitan: me avergüenzo de los cubanos que ostentan supuesta conducta apolítica. Y no hablo de aquellos que hundidos en plena infancia o adolescencia la historia oficial se les posó en la mesa y les dictó lo que debían hacer dejándolos en la misma esquina acéfala que mi madre habita. No, hablo de colegas académicos y profesionales, pensadores bien pagados, gente con puestos conseguidos en competencias nacionales de Europa y Estados Unidos en donde aseguraron, más bien juraron, tener mucho que decir. Gente con páginas de facebook para hacer alarde del más cínico y agudo sentido del humor si de comentar la decimaoctava muerte twittera de Fidel se trata; pero incapaz de pronunciarse si golpean a las Damas de Blanco o de firmar una demanda al congreso norteamericano para el levantamiento del bloqueo. Esa natación de la que Del Risco habla, pareciera no sólo ser un deporte poco interesante sino mejor un deporte detestado. Porque no se habla aquí de un cambio productivo de ropajes. Se trataría de vestirse con algo. Dejar de pensar por un momento en qué dirá el colega boricua que tan mal lo pasa con la situación colonial de su bella islita o del queridísimo hermano de Quisqueya que ya no puede más con su vida "In the Heights"; si es que total, estamos todos podridos, desesperanzados, cagados de miedo e impotencia. Se trata de que si se va a encuerar una, pues mira, que fuera también productiva esa desnudez, como quien dice, vamo' a tirarnos en la boca de los tiburones y ver qué pasa, va y cambiando nosotros, algo cambia.

Hace un par de semanas, mi colega mexicano José Ramón Ruisánchez publicó este artículo en donde esgrimía sus más auténticas e intelectuales razones para salirse del facebook. Disfruté el texto a mares; pero me le impuse a mi querido amigo de inmediato. No, le dije, viniendo de dónde vengo, "el face" (síntesis espectacular del gesto que supone dar la cara) es un arma más. Casi que podríamos cambiar aquellos versos de Celaya, casi sustituir "poesía" por internet y todas sus herramientas para asegurar que están cargadas de futuro. Que la detención al negro Pánfilo cuando reclamaba comida ante una cámara cualquiera haya sido breve; que las dominicales golpizas a las damas del gladiolo no se queden reducidas al mito o la infamia que generen unos pocos espectadores; que la muerte de Payá pueda ser debatida hasta el cansancio y que valga la opinión de la autoridad tanto como la de cualquier hijo de vecino internauta es una experiencia inédita para este pueblo. Y face las concentra todas en un muro que sí es el de las más desafortunadas; pero también el de las más fértiles lamentaciones.

No hacer uso de esa "ilusión del derecho", de ese pedir la voz y la palabra (como nos enseñó Blas de Otero) es tan indecente como permitir en un pueblo perdido del Líbano que niños que han jugado juntos desde que aprendieron a escaparse de sus respectivos pesebres (y es que todos somos Dios, solo hay que mirar con atención) se maten so pretexto de una guerra religiosa que les es ajena. Hacer uso de facebook, twitter, blogs, emails y cuantas formas de expansión masiva del criterio nos queden a la mano, no es lanzarse sin más a una guerra despiadada sino más bien echarse a nado para encontrarse en algún punto del Estrecho... es escucharse con respeto y mesura para entender que todos somos el enemigo y el amigo y la única solución posible, que todos salimos de algún vientre materno, que querer recobrar una nación es sobre todo tener la voluntad para recobrarla. 

Yo, por mi parte, sólo quiero que mi madre sepa dónde echarme cuando llegue mi hora de ser devorada por los tiburones.

Tuesday, September 25, 2012

Del azúcar, su emplazamiento vikingo 

Esta entrega la comenzaré (muy a lo gringo) con una aclaración o renuncia: Nada de lo que aquí se diga tiene la intención de ofender, juzgar o mancillar la imagen del sujeto de análisis. Se trata por el contrario de unas reflexiones largamente contenidas y desnudas en su intento indagatorio. 

Para quienes no la conocen aún, aquí les va: Azucala Latinviking Cuba -absténgase de leer sin ver el video antes.



El primero de su serie de cortos me llegó a través de la página en facebook de un reconocidísimo poeta y dramaturgo cubano. Decía aquel: "a ella sí que nadie va a echarle a perder el domingo con nostalgias de exilio". Más tarde, comencé a ver los videos repetidos en las páginas de la mayor parte de mis amigos poetas, académicos de alto rango, egresados de la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y hasta en la de colegas de las islas vecinas; pensadores de calibre. La mayoría reía, celebraba esta aparición reivindicativa de los cubano allá en tierras vikingas (Farsund, Noruega para ser exactos) y en su totalidad la tenían como 'contacto' en el face. Interesante -me dije- y me reí y me la pedí de contacto yo también -no fuera a estar fuera de onda o poniéndome vieja y conservadora.

Luego me atreví (con auténtico pavor) a enseñársela a Maya. La reacción fue la esperada: furia absoluta. Cómo podía ser posible que esta fuera la imagen de Cuba que tuvieran los noruegos? Bajo qué premisas esta chica se adjudicaba este título de ser la embajadora de una cultura que a derechas no conoce? Ya me metí en un lío, pensé. Ya no podré dejar de pensar en el asunto. Y así meses.

Azucala Latinviking Cubana tiene 3882 seguidores en el facebook -nada al lado de los billones de Lady Gaga; pero muchos si pensamos en que no llegamos a 3 millones de cubanos los que accedemos a internet. Si compensamos los cientos de ancianos exiliados que no se conectan con los cientos de personas no cubanas suscritas a Azucala, el número sigue siendo representativo. Maya, por su parte, sólo piensa en los vecinos noruegos a los que Azucala insiste en despertar en cada una de sus entregas de videoasta por cuenta propia.

En este próximo video, la vemos tomar las calles de Farsund, en un intento más de llevar lo que considera nuestras tradiciones hasta los naturales del país que habita:



Y eso está muy bien. Lo mismo hizo en su momento  Desi Arnaz (Ricky Ricardo) cuando permitió que en el programa que compartía con Lucille Ball se representara lo cubano con sombreros mejicanos y mariachis o cuando en muchos restaurantes de Estados Unidos te ponen arroz amarillo con habichuelas negras porque así se comen en la mayor de las Antillas.

Que Azucala insista en despertar al barrio en todos y cada uno de sus videos, que hable imaginariamente con vecinos a los que ordena irse si no les gusta su ruido en casa, que intente patentar su desenfreno como una marca ineludible de lo cubano y que andemos todos muertos de la risa quizá, sólo quizá, debería ser material de análisis. No por el gesto en sí, sino por su proyección, por el impacto real de ese nuevo imaginario y por la revisión de un pasado que ha parido este futuro y por un presente  que desorienta a varios. 

La pregunta que traigo sería la de qué entienden las últimas cuatro generaciones nacidas y criadas en la isla por "cubanidad" y asimismo qué entiende el exilio histórico bajo esta misma etiqueta imaginaria. A riesgo de extenderme demasiado, quiero traer a la mesa cuatro anécdotas que se inter-conectan y que quizá puedan arrojar algún sentido sobre esta capilaridad del nuevo sujeto nacional y transnacional cubano y aquellos performances que en Azucala encuentran síntesis y transmisión. 

Uno: Un par de años atrás alguien colgó el video de una beba de no más de dos años que se movía obscena mientras bailaba ante la celebración y el orgullo de toda su familia. La instaban a bajar hasta el piso meneando su cinturita y pelvis de un modo que solo pudiera recordar el acto sexual. Entonces comenté que por ahí pasaba la degradación de valores de esa nueva Cuba, que inserta sin dudas en lo global, reforzaba lo sexual como único modo de emancipación y libertad. Incluso si se trataba de una bebé, la familia, absorta en la nada, lo vindicaría. Un amigo, especialista en arte y estudios de género, me llamó hipócrita y me dijo que por el baile había pasado históricamente la fruición de lo cubano, lo más sublime de nuestro espíritu, lo mejor de nuestra excepcionalidad. Azucala explota sin dudas este sello histórico de autenticidad.

Dos: Cuando mi madre me visitó en el 2010, proveniente de Cuba (donde aún reside y residirá) no fue posible que se concentrara en una película, programa de televisión, paseo por la ciudad de Nueva York, cena con amigos o video sustancioso en la internet. Sólo quería hablar, hablar, hablar por horas, como si hubiera estado años y años en voto de silencio y hubiera descubierto el truco de Sherezada, ese hablar para vivir; ese aferrarse a su propia palabra para recordarse la validez de su existencia. Desesperada, por la imposibilidad de leer, escribir o simplemente mandar un email, le hablé a una amiga poeta del asunto y me dijo que era todo culpa de la revolución, que los había enloquecido a todos, que su hermana cuando venía de visita a USA, hacía lo mismo. Notemos, pues, la incontinencia verbal que nuestra Azucala padece. En su caso se acompaña del canto; pero en cada uno de sus videos parecería estar espantando al demonio del silencio.

Tres: Un colega investigador de alto rango, afirma sostenidamente que la homofobia en Cuba no tiene nada que ver con la Revolución y sus dirigentes, que es un tema cultural y ahistórico que encuentra referentes desde la colonia misma. Me pregunto a la vez (ya que converjo con él) hasta dónde podemos reclamar ese argumento a favor de quienes han insistido con uñas y dientes en desconectar el nivel diacrónico de la historia cubana, para reforzar sólo sus hazañas post-59? Es decir, cómo vamos a saber de la homofobia histórica si la revolución ha sido sólo una desde 1868, si los valores que trasmite (o sea, homofobia, cárcel, silenciamiento y represión) son los mismos de    Carlos Manuel de Céspedes a Raúl? O más claramente aún: cómo puede saber Azucala que hay una cubanidad que no se reconoce en el ruido, la invasión del espacio privado del otro, la imposición forzada de unos modos de ser y expresar que los vikingos no tendrían que admitir como interesantes?

Cuatro (que se relaciona con la dos): Ayer, pregunté esto a mi compañera de la Escuela de Letras, Miriela Rodríguez, a propósito de la última entrega de Azucala:

yo: Miriela, tú que eres una mujer tan brillante, me puedes explicar este fenómeno teóricamente? choteo? parábola? vernáculo? estetización del solar? sublimación extremada de la cubanidad? Por favor, te necesito. 

Miriela (a otro amigo)Esto es el delirio asere...el experimento social que es Cuba ha dado esto... normal... Delirante asere... 50 años de fundidera Fidel Castro...Aquello es un psiquiátrico a cielo abierto. Si Dante fuera un contemporáneo pondría a esta negra a la entrada del infierno a dar la bienvenida a los condenados.... Este video lo ha puesto en la red el G2…a mí no me jode nadie..."abandonen toda esperanza... esto no tiene arreglo"

Y así nos va... buena suerte a Azucala, Latinviking y a nosotros, perdidos y disueltos entre referentes opuestos, a la deriva en fin, a la deriva siempre...



Tuesday, August 21, 2012

Es que somos unos exagerados...



Debo empezar esta entrada femeninamente disculpándome. Sí, este era un blog para reseñas literarias y al final se está convirtiendo en un espacio más para el desfogue emocional (uy, femenina otra vez... pestañeo como Betty Boop) y el ajuste de cuentas personales. Volveré a los libros, sólo que a veces, ay, a veces...

El asunto es que lo que hoy les presentaré me ronda hace casi dos meses... una de esas frases que alguien dice y que se ancla en algún rincón del alma o la memoria para martillear incesante. Debo aclarar además que no hablaré aquí desde la vehemencia que me caracteriza, nada de vena aorta hinchada, ojos desorbitados o desgañite que conduzca a la ronquera... no, hablaré desde la reflexión, la calma, hasta la certidumbre de que aquella, la frase martillante, tiene su fundamento.



Estaba yo conduciendo mi carrito blanco y un par de amigas españolas me acompañaban. Gente linda, decente, querida, comprometida con muchas causas y entre ellas la cubana. Amistad probada por más de una década y varios encuentros intercontinentales. La cosa es que ya empezábamos a hablar de política (surprise, surprise) cuando una de ellas asegura que la cosa es que los cubanos no nos damos cuenta de lo exagerados que somos, que la falta de libertades en Cuba es perfectamente comparable a la de España y por supuesto, cómo no, a la de cualquier otro país Latinoamericano. Hum. Vena aorta que se altera, ojos ya salidos de lugar, gritos despavoridos, potencial accidente de tránsito. Intento incluso, desde un breve segundo lúcido, parar la discusión y decirle que no vale la pena, que mejor seguimos con nuestras magníficas vacaciones. Pero no se puede.


La anécdota es familiar para cualquier cubano que haya estado en contacto con miembros imaginarios de las izquierdas del mundo... yo misma he repetido la escena con idéntica actuaciones y coreografía en varios países, foros públicos y privados, lenguas inglesa y castellana. Soy una guerrillera del asunto cubano; pero esta vez la estocada de la exageración me aniquila.

A ver, claro que sé mejor que nadie que la exageración viene gratuita como compuesto químico en nuestro ADN.  Que el chovinismo y la tragicomedia nos acompañan desde el momento mismo en que se juntaron el gallego y el negrito en un retablo cualquiera de una nación por fundar... pero digo (y párenme si exagero): se puede estar más sola en esta vida que cuando has visto a centenas de hombres y mujeres ir a las cárceles y morir a muchos de ellos por hacer uso del derecho de libre asociación o reunión; o cuando otros tantos se tiran a un estrecho plagado de tiburones (muchas veces con sus hijos)  porque ya no pueden más (sí, sí, razones económicas, so what? a ver si nos leemos un poquito a Marx y entendemos de qué van las ideologías políticas)... en fin, la lista de exageraciones, esa que debe hacernos poner nuestro tema nacional en perspectiva y quizá tranquilizarnos un poquito es larga, tortuosa, aniquilante. Tanto, que se me han ido pasando las ganas de esta entrega.

Mi amiga es mi amiga a pesar de no entender nada. Así de fiel me hace la luna. Así de vieja me estoy poniendo. Pero más que proponer, analizar, debatir, me doy cuenta de que esta vez sólo me gustaría lanzarles la pregunta, a todos, sin discriminación por razones de nacionalidad, poder de exageración,  condición exílica o insílica... y es esta: eh, ustedes, de la cosa cubana y los cubanos, qué creen?




Wednesday, August 8, 2012



Este 13 sin Ileana  


Desde hace días martilla mi cabeza una idea obsesiva: el 13 hará un año, el 13 hará un año… la he llegado incluso a decir en voz alta para sorpresa de mis escuchas… he seguido de largo sin ganas de aclarar nada.

Hoy, 8 de agosto, cuando faltan 5 días, alguien publica un texto sobre ti y una expo tuya escrito por Mylene, la responsable de todo. Lo leo y pienso en esto que escribo como una “contracandela” –palabra que te daría mucha risa y te haría pensar en los enormes surcos de la escuela al campo o quizá no, quizá nunca fuiste a esas escuelas; tantas cosas no alcancé a preguntarte... Leo a Mylene y escribo desde un mundo al revés, a la usanza de Lewis Carrol. Pienso en que quiero celebrar tu no muerte, tu no enfermedad, tu (mi) no darnos tiempo.

Si Mylene, la Nena (a quien conozco sólo por tu mirada) y Darsi fueron tus amigas más fieles y tienen más de treinta años de memorias, yo fui tu relación amistosa más anécdota, más incidental, más de provincia (largo deshonor para ti, que eres La Habana misma)… Pero aprendí a vivir con eso y con los celos que corrían despavoridos de una punta a otra de nuestras vidas. Nadie entendía nada. Sólo nosotras. O más bien tú y me lo explicaste. Fue aquel día en que me regalaste la preciosa camiseta verde aceitunas y un perfume delicadísimo que no he vuelto a tener pero cuya esencia de flores ya no olvido. El día en que me dijiste en la punta de tu cama: nunca tuve una amiga a la que le sirvieran una de mis camisetas. Era tu manera menos torpe de contarme que nuestra gordura había sido hasta ese momento terreno de soledad, ausencia absoluta para imaginarios compartidos. Yo te abracé fuerte y me puse la camiseta hasta que -gracias al sol de los patios de Cuba y algún accidente con pintura de lechada para las paredes- se convirtió en el trapito más caro y amado que haya tenido hasta este día.

El 13 hace un año de que me diera por vencida de traerte a los Estados Unidos, de imaginar para ti talleres, exposiciones que en realidad serían el pretexto de horas infinitas de muela y más muela, la muela que nunca he podido dar ni con las más amable de mis amantes. Ellas siempre tienen sueño a la hora en que las mujeres-búhos (o sea, tú y yo) se  dan a las confesiones. El modo en que nos imaginábamos sin dormir era la mejor parte de tu viaje. El 13 hace un año de que Roxana Fuentes se viera en la obligación de hablarme de derrames, hospitales, muertes y cenizas… sepultando también, ese futuro de parloteras alegrías.

Fui tu amiga accidente, lo sé. No tengo derecho siquiera a escribir estas páginas o de tener tu caricatura entrando al cielo, esa con la que el Garrincha nos abrazara un año atrás, puesta como amuleto en la misma entrada de mi oficina para que cuando las malas energías traspasen el umbral, tú las combatas.  Ya sabes, bien sabes, lo egoísta que somos las especies de esta raza.

Sé que no soy Mylene o la Nena o Darsi, tampoco Iris que bien ganado tiene un puesto entre tus más profundos afectos, sé que no tengo mil memorias que ofrecerte. Pero hay al menos dos que nadie puede arrebatarme. Dos que valen este dolor y esta rabia y esta impotencia de saber que moriste el mismo día que nació el origen de todo nuestro horror. Una de ellas ya la sabes. Y la saben también Mylene, Laura, Beatriz, Lucy, Andy y Mauro; no sé si la contaste a alguien más. Es esa en la que todos cantamos y el mar de la costa que separa la ciudad de La Habana de Matanzas nos arrulla. Es esa en la que somos eternos y felices y cerramos los ojos (todos menos tú, que nos conduces a la gloria de esos días y una vez más haz de inmolarte). Es el “fuego lento” con que la otra Rosana nos advierte que esos segundos cambiarán para siempre nuestras vidas.

La segunda, vuelve a ser íntima, conversamos en mi barbacoa de pretensión italiana (ese “mezzanine” tembloroso y pobre donde lloramos tanto) y un tipo se para en la calle y se masturba y nos llama para que lo veamos. Nosotras somos sólo dos amigas gordas conversando en plena madrugada; pero al tipo eso parece darle el mismo morbo de dos sílfides en plena escena porno. Lo que me llevo conmigo es tu modo de bajar las escaleras del “mezzanine” sólo para comprobar que tus hijos duermen tranquilos en el primer piso. Que nada ha sucedido a pesar del tipo que silva y se sacude su baba entre las piernas. Aquella noche quise que fueras mi madre, mi hermana, mi hija, todas esas fantasías que recorren el imaginario lésbico, pero que, insisto, no cautivaban ningún deseo erótico en nosotras. Y no te lo dije, claro, más bien frivolicé tu paranoia… te hablé de que el masturbador del barrio era casi parte de todas las familias a las que había acosado… algunas le gritaban soeces el más exquisito sermo vulgaris matancero, otras (como yo) sólo cerrábamos la ventana después de haberle compadecido en voz alta: ¿chico, tú no tienes nada mejor que hacer?

El 13 hará un año y en medio de la más apretada de mis agendas te escribo. Te hablo de esa imposible trayectoria que fue ir a La Habana, al portal de 49 y no encontrarte. Te digo, eso sí, que Lucy es una bella muchacha de gesto rebelde, que Andy suena sereno en los teléfonos, que Yadira es la mejor celadora de tu legado, tu memoria; que Hilda, Ivón y Lucía se dan mucho sillón sólo para asegurar que los balancines no dejen lugar al silencio, que Amelia es idéntica a ti, tan idéntica que encontrarla parece un viaje a esos años en los que no pude conocerte.

El 13 hará un absurdo año y yo, sin derechos como estoy a homenajearte, he ideado un nuevo ritual para las dos. Te lo cuento: nado en las tardes hasta que se cierra la noche sobre el patio. Entonces, nos sirvo una cerveza, me aseguro de mirar feliz a las estrellas y comienzo a darte muela… sé bien que sólo tú escucharías.




Tuesday, June 26, 2012


 Cuba

Exactamente siete días me tomó poder colgar las fotos de Cuba en el Facebook. Siete días comenzar a garabatear estas líneas que aún no sé si tendré la habilidad de terminar, menos aún compartir. Siete días y un viaje al norte de Britania, esta mítica tierra que al parecer, por aquello de las islas, estará siempre conectada a mis episodios cubanos. Y lo digo porque desde aquí escribí hace un par de años una enorme defensa para los blogueros del exilio y Yoani Sánchez, mientras mi madre agonizaba en West New York con un brazo partido en dos enormes pedazos. Dos pedazos de un brazo materno que de algún modo siguen antojándose simbólicos frente a la realidad de la familia cubana de los últimos cincuenta y tres años y medio.
Siete días, decenas de llamadas telefónicas, el llanto de un río y un viaje a la canícula invernal para poder comenzar a aliviar este dolor punzante, este regreso imposible al único país en donde soy y siento en primera persona y en donde, a la vez, todo me resulta ajeno.
Cuba. Seis años y cuatro meses después. Matanzas. La Habana. Varadero. Colón. Cabaiguán. Ceiba Mocha. Cárdenas. Cuba. Madre, abuela, tías, tíos, primos, amigos, muertos. Cuba. Las cenizas de mi abuelo que allí llevo. Cuba.
Y yo. Volviendo. Y yo. Sin haberme ido jamás. Y yo. Familiar y extranjera.
No puedo hablar de lo que vi. Que fue todo lo soñado. Que superó para bien y para un mal devastador, esos mismos sueños. No puedo hablar de quienes vi. Todos intactos en su fe del día que vendrá. Todos escribiendo, pintando, componiendo, actuando, diseñando, cantando, sobreviviendo en la belleza de un arte favorecido por una enorme cantidad de tiempo que sigue transcurriendo con la lentitud enorme del vacío. Vacío llenado con arte, pero vacío al fin. Tiempo es arte hace siglos para ellos. Todos resignados, en fin, a nuestro auto-emplazamiento en los márgenes de la historia. Todos sobreviviendo con (desde) un arte delirante, múltiple en sus formas. Recorridos imaginarios que van del óleo a la cocina.
Cuba. Mi imaginado país. El único país para morir. El único país adonde regresar para sentirme entera, innecesaria de explicaciones, decodificaciones, traducciones. El único país en donde vivir me resulta imposible.
¿Quién ganó en esta guerra sin guerra? Me pregunto cuando ya regresando no puedo despegar mi nariz de la ventanilla y voy llorando intensamente. Intenso con espasmos. Por todo lo que ahí dejo, perdido para siempre.


¿Quién ganó? Le pregunto a esos muertos que diviso desde mi altura de avión y que sé me escuchan desde el estómago devorador de los tiburones del Estrecho. ¿Ganamos los idos? ¿Los de la casa de verano en Miami, los Catskills o la Riviera francesa? ¿O fue acaso el miliciano, presidente de los CDR a quien le dieron teléfono, tele a color y viajes a la playa a cambio de su lealtad y servicios? ¿Ganó Celia con sus millones, su éxito japonés, su enorme piso de luz en Fort Lee, su fama merecida?  ¿O fue acaso esa larga lista de escritores que van de fin de semana a Venezuela para celebrar los cumpleaños de Abel Prieto o Hugo Chávez, leyendo algunos poemas de su propia inspiración, con acceso a una cuenta de email, viviendo sin la agonía de una (o varias) hipoteca a cuestas o la responsabilidad de financiar la leche, los huevos y los jabones de sus padres, hijos o hermanos? ¿Ganaron los Estefan con el control del mercado de la música latina y tantos bienes raíces que sólo su contador podrá numerar? ¿O fue que ganó la vecina que sin nunca abandonar los predios de su sala, despotrica de las jineteras del barrio mientras su hermana desde la factoría en Hialeah la sueña pobre e infeliz y apoya con su fiel remesa el control que ejerce sobre la cuadra, sobre la nada? ¿O es que fue la academia norteamericana repleta de cubanólogos, muy expertos todos, muy seria y bien pagada gente redibujando a ese país de modo obsesivo, impenitente? ¿Ganó Maya que no puede escuchar en el más exquisito restaurant cubano de Manhattan la “Bella cubana” de White sin temblar como una hoja? ¿O en realidad fue su primo, historiador de españoles en la isla, hombre viajado y de prestigio quien se siente absolutamente desapareado, perdido porque casi todo lo que ama está lejos de Cuba o muerto? ¿Quién ganó en esta guerra sin guerra me pregunto mientras fragmentada en mil pedazos agonizo en ese azul radiante que veo desde el aire, un azul de menos de 30 minutos de vuelo donde han quedado tantos muertos muertos, tantos vivos muertos, tantos muertos vivos?
Más allá de la obvia respuesta, aquella que ratifica que los únicos posibles ganadores no son otros que los administradores del feudo, esos brillantes ideólogos de este plan macabro, yo  no veo, no puedo ver nada más. Yo diviso, siento, palpo, huelo, disuelvo en mis entrañas pérdida, dolor, resistencia, miedo, cobardía, concesión de nuestro terreno (entiéndase proyecto  de país) a los mismos que odiamos.
¿En qué momento permitimos que se nos dividiera de este modo? Se asoma esta como otra de las obsesivas preguntas que lanzan las olas del Estrecho sobre mí. ¿Comenzó todo con los españoles, la “Conspiración de la escalera”, la  supuesta traición de  Zenea, los clubs de tabaqueros en Tampa y Key West financiando la utopía martiana mientras Maceo y Gómez desafiaban y enredaban al pequeño hombrecito de negro en una aventura bélica que, obvio resultaba, él no sobreviviría? ¿Cuántos de nosotros somos quienes enredan y malmeten en esta contienda? ¿Cuántos los que nos entregamos a la fe en esos que están poniendo su sangre, pan y verbo para terminar esta pesadilla? ¿Quiénes estamos dispuestos a parar este juego de una vez? ¿Será que un día podremos ponernos de acuerdo y muy “indignados” (tal y como estamos)  a la usanza de las juventudes del primer mundo, ir a ocupar no las viejas casas o propiedades en ruinas, sino las calles de todas las ciudades y pueblos de aquella isla nuestra y reclamarla (junto a quienes allí permanecen) de regreso? ¿Será que algún día convendremos en que el embargo es una obsoleta aberración imperialista  y efectivamente injerencista que facilita el juego de los dueños de la finca? ¿Qué nos impide juntar fuerzas de una vez?
¿Quién ganó en esta guerra sin guerra? Me pregunto mientras otro avión me lleva de regreso a una tierra en donde me sé para siempre perdedora, traducida, pobre… no importa cuánto el decorado de mi exterior insista en lo contrario.

Wednesday, May 9, 2012

Ser gord@, no es exactamente cosa de vag@s...

A Ilo, ella  sabe bien por qué 

Inspirada por un par de artículos que circulan estos días por la red (beingfat y fatprejudice) decido darme una semana de asueto en las reseñas que aquí escribo  y comentar -por primera vez  públicamente- algo indisolublemente ligado a mi existencia: ese, mi ser gorda.

No tengo una sola memoria de mí siendo de otro modo. Los procesos de auto-reconocimiento a partir de una mirada externa y que la memoria guarda, están en mí inevitablemente asociados a la preocupación de mi tía Zoyla en torno a mi exceso de peso o a los comentarios de amigos y vecinos sobre lo "alta" y "llena de masitas" que era para mi edad. Curiosamente son también de estos años las memorias de la toma diaria de B-Complex (en cubano bicomplé) para que comiera, porque más inapetente no podía ser.



Pero llegaron los cinco años y la operación que retiró amígdalas y adenoides de mi sistema respiratorio y desaparecieron mis constantes fiebres y supuestamente con esa "buena salud" mi ganancia acelerada de libras no se hizo esperar. Y fue así que me llevaron del otorrino al endocrino, de la mirada compasiva de las vecinas ("qué alta y qué masitas para su edad") a la auténtica preocupación de amigos bien intencionados ("esa niña está muy gorda, ¡hagan algo antes de la adolescencia!").

¡Y, Dios, cómo hicimos! Gimnasio, tabla gimnástica, banda musical con ensayos de hasta tres horas de marcha y baile diario, dietas asesinas de tres cucharadas de arroz, tres de frijoles y 100 gramos de carne. Nada cambió. No adelgacé una libra, no estiré en la adolescencia (otra esperanzada hipótesis,  esa vez protagonizada por mi complaciente abuela).

No adelgacé en esos años, ni en los de la Vocacional (para los no cubanos: escuela interna preuniversitaria entre los 15 y 18 años) en los que hacíamos hasta diez vueltas a la gigante pista de atletismo tres veces a la semana y sólo comíamos arroz, sopa de arroz y arroz con leche). Tampoco sucedió en los cinco años de la Universidad de La Habana en los que me recuerdo llorando de hambre en las madrugadas, porque el menú de la Vocacional era adornado en la residencia habanera con gorgojos (bichos del arroz, otra vez para los no cubanos o no iniciados en los mundos del becario revolucionario).

En los casi treinta y seis años vividos, la única vez que me he visto más o menos aceptable fue en torno a los 21 años, cuando me enamoré perdida y a todo el imperio del arroz que nos daban en "la beca", añadí una abstinencia que sólo rompía para una naranja, un huevo hervido y una galleta integral diaria. Perdí 40 libras y gané (¡cómo no ganar algo!) un principio de úlcera que con los años y el yogurt del exiliado se ha atemperado y apenas me molesta.

Me gustaría añadir que siempre he sido "caminadora" (por gusto y por las ciudades y circunstancias en las que me ha tocado vivir), energética, fanática del voleibol, el baile, la natación y los aeróbicos -que eso sí, dejo de vez en cuando, presa de la desesperanza. ¡Pero  coño, no han visto cuánta bicicleta monto!

Pero nada de lo anterior lo sabe la mirada acusadora que instalan la publicidad y la "disciplina" del "bien saber estar"  en aquellos con un metabolismo otro. Los elegidos de la insulina, los que no padecen sus excesos de producción, suelen mirarnos con condescendencia, piedad y no poca repulsión. ¿Cuántas parejas de chicas lesbianas recaen en el estereotipo de dos obesas? Además del complejísimo entramado de subjetividades que la llevan a una a semejante elección sexual, no puede evitarse la pregunta de si buscar el calor de otro cuerpo, aunque sea de naturaleza idéntica, no termina siendo la opción que "por defecto" algunas de estas chicas se ven precisadas a elegir. Me distancio porque no es mi caso (¡válgame Dios! ¡lo mío es más perverso! tampoco el de Maya, que siempre fue flaca e hija de Safo) pero, repito, no puede evitarse la pregunta.


Se me acabarían los pelos de la cabeza si asignara sólo uno de ellos a las veces que he recibido esas miradas condespiadorepulsivas de las que hablo... son miradas que traspasan todo estanco de educación, afecto o buenas maneras. Son miradas "programadas" para mirar de ese modo. Y quizá  sea esa urgencia, esa sed, esa HAMBRE de "profecía autocumplida" que padecemos los que a tan temprana edad comenzamos a identificarnos con, como, desde ellas (somos las miradas) lo que justamente no nos estimula en el proceso.

Me gustaría hacer un paréntesis para aclarar que no estoy  tratando de minimizar mi responsabilidad en la obesidad que padezco. Si bien es cierto que me fue genéticamente legada, no puedo olvidar que con una naranja, un huevo hervido y una galleta diarios, puedo alterar esa herencia tan dramáticamente que parecería una sílfide hermosa. Tampoco juzgo o paso cuentas a los amigos (ah, mis bellos amigos) que por años se han auténticamente preocupado por mi salud y mi apariencia: NO WAY, JOSE! Sólo quiero, dar un continuum en español a esos artículos leídos recientemente e invitar un poco a la reflexión.

Cuando veo a un niñ@ extra-obes@, mi primera reacción (Maya es testigo) es la de sentir una pena muy honda, muy aguda. Pienso en las razones genético-emocionales que le han llevado a esas tallas. Me duelo por la historia que hay detrás. El dolor llenado con comida (especialmente dulces) que trata de ocultar tras ese abdomen agresivo, irreverente. Porque sí, señores del jurado: hay un enorme componente emocional en todo esto. No, no me contradigo. Sí, son la insulina y el metabolismo; pero el dolor, la falta de dulzura y/o seguridad parental, la ansiedad originada desde razones infinitas y un largo etcétera asociado al "cuerpo emocional" (uno invisible y poderoso al que queremos compensar) tienen su impacto.

Me gustaría decir que pretendo con este texto ponerme en una autopicota terapéutica y una vez elaborados en "voz alta", "frente a ustedes" todos mis demonios, hacer mi último sacrificio y "bajar" (el verbo más odiado); pero les mentiría VORAZMENTE. Sin embargo, (ah, la edad qué  cinismo delicioso me convida...) sí quiero compartirles que descubro que cada día pienso menos en "la mirada"; en cualquier ojo que no sea mi ojo, en cualquier mano que no sea la mía cuando acaricio mi vientre herido de estrías, mis senos enormes de "madre nutricia" (¿se acuerdan de cómo fueron las venus un día?), mis brazos que levantan pesas dos veces por semanas y se hacen cada vez más sólidos; pero permanecen idénticos de gruesos.

Descubro que mi camino es hacia dentro, hacia un lugar en donde no necesite más el helado a medianoche, la pizza frente a la peli, las galletas con queso crema (cuántas me prohibieron, cuántas me robé de nuestra propia nevera) antes de dormir o en plena madrugada.

Descubro que soy laboriosa y sensual e increíblemente fiel a mis amigos y lista (un rato) y hasta afinadísima al cantar (dale, Rube, déjame creerlo) y no escribo mal (silencio absoluto de mis editoras: Odette et al) y que en fin, toda esa voluptuosidad se hace metáfora en mi cuerpo "orlado de masitas". ¿Lo han entendido? ¡NO SOY VAGA! Solo muestro cohesión entre mi cuerpo y mi intelecto... ¿pueden, flacos del mundo, decir lo mismo?

Wednesday, May 2, 2012

Amarar/Desamarrar en Porto Matanzas


 Es una novela que bien podría comenzar de este modo: 


Las paredes del salón del té se desintegran. Las litografías de Matanzas, a principios de siglo XX, se agrietan con la humedad. Los muros expulsan el cemento, mientras las arcadas resisten, a duras penas, a las filtraciones del techo. La antigua cochera recibe una clientela fiel en la conspiración de versos y viajes. (García Alonso 233) 




Y es que Amarar/Desamarrar (El Barco Ebrio, 2012)* de Margarita García Alonso, es un homenaje a Matanzas, los viajes y los versos. O al menos así se aposenta en la lectura, en las estructuras que teje, en los laberintos a los que invita.


Matanzas

La ciudad trazada a partir de 1693 en torno a la bahía de bolsa en donde una vez murieran  algunas decenas de españoles en manos de nativos y que en el siglo XIX deviniera primera exportadora de azúcar en el mundo (sangre, dolor y manos negras al servicio de esta última conquista) encuentra aquí un iluminado homenaje desde el siglo XXI. Aunque el escenario que la novela recrea no es otro que el del florecimiento,  decadencia y caída de la Revolución (desde 1959 hasta aproximadamente 1992); el peso de la historia colonial matancera nos se hace esperar. Todo se reifica en sus leyendas, sus míticos personajes enloquecidos y allí muertos, en el aura majestuosa de sus puentes, ríos y claro está en su "valeriano" mar (La mer, la mer, toujours recommencée). 



Una vez que se ha dado vuelta a la última página de la historia, siente el lector la absoluta certeza de que a pesar de los desplazamientos a los que son sometidos los personajes por fuerza o voluntad propia, no habría otro posible escenario para ellos que el que ofrece la ciudad de nombre cruel. Queda entendido al fin ese peligroso, impresionista axioma de Vitier cuando en Lo cubano en la poesía asegura que: "la matanceridad es la luz tamizada entre irónica y nostálgica en el paisaje”.


Viajes


Signado como ha estado el sujeto cubano -desde que comenzó a pensarse como tal- por el exilio, las diásporas y migraciones, no resulta ajeno o novedoso que Amarar... sea también una novela de viajes, desplazamientos, dislocaciones. Su protagonista Fernando Tamiz es iniciado en esta prácticas por sus padres desde sus propios orígenes. Su desembarque en Matanzas parece una estación natural que se convierte en el ojo desde el que la ciudad se va construyendo lenta, dormida, delirante, imposible y vívida. Tamiz-poeta-navegante-pintor es trayectoria en sí mismo. Viaja desde los viejos continentes hasta México, de ahí a la urbe cubana y desde ella hacia los paraísos ignotos que habitó José Jacinto Milanés para poder partir hacia La Habana y la muerte.
 La co-protagonista Marina (otro nombre parece imposible) matancera por carta natal, emprende junto a Tamiz otros viajes y lo lleva dentro y de regreso hacia viejas ciudades europeas en donde también la signan el delirio y una soledad que se fractura en la última línea de la obra.  Sólo así parece tener sentido el largo peregrinar de Tamiz. Su asimilación al cuerpo de Marina Maud es su única certeza de conquistar los ciclos de eterno retorno que Nietzche nos contara.



Versos


La poesía finalmente entremezcla las dos estancias anteriores. Poetas y pintores (entendamos la imagen como un verso más y también al revés) invaden estas páginas en las que sólo Matanzas puede ser telón de fondo. La enorme banda de soñadores que García Alonso nos retrata (enloquecidos o no) tienen el don de la versificación orgánica, el surrealismo inmediato, la posible naturalidad de vivir en clave poética -si se me permitiera hacer uso del anacronismo. Como antes insinuaba, casi tres siglos de historia local facilitan en la novela la formación de sus protagonistas. Bildungsroman y crónica de viaje se juntan en la epopeya lírica (revival de Homero) que sirve como marco de referencia a las vidas de Tamiz y Maud. Homenaje también a grandes hombres y mujeres de esa ciudad con brumas. Referencias que cualquier mínimo conocedor de literatura cubana sabrá apreciar.





Por Matanzas, puerto y hogar de viajeros en estos casi trescientos veinte años de fundación, azúcar, glorias, neblinas y fantasmas. Por los poetas que Tamiz y Maud cargan consigo en esta historia, por el tiempo ido y una esperanza de futuro a la que aún nos aferramos, doy las gracias a Margarita García Alonso por la entrega y pongo una flor junto a la estatua de José Jacinto, pidiendo que pueda reconocerla aún entre los vivos*.

*La novela Amarar/Desamarrar de Margarita García Alonso se encuentra a la venta aquí:  http://www.bubok.es/libros/206436/Amarar 
Y aquí :http://elbarcoebrio.com/libro/amarar-desamarrar/

* El texto marcado con el asterisco es una paráfrasis del texto de la canción José Jacinto de la cantautora cubana Marta Valdés.



Tuesday, April 24, 2012

Gaspar Orozco y el eterno viaje ocular


Pocas veces he podido acercarme a la poesía sin recordar la máxima aprendida en las lecciones de modernismo latinoamericano. Aquello del poeta como Dios. La mirada en la torre de marfil. La elección de un poder invisible, vertido de una vez sobre el creador para que sólo él pueda escribir versos. 
Pero ese viaje habitual a ratos se dificulta. Ahí tenemos, sin ir más lejos, a la poesía coloquial: fuera la torre, el Dios o las elecciones poderosamente exclusivas. O aquello de la poesía material. Para qué hablar de la poesía gráfica. Conste en acta que no rechazo ninguna de esas formas, pero ay, Darío, cuánto te echo de menos, a ratos...
Y llega, pues, Gaspar Orozco, este poeta mexicano que me deslumbra con frecuencia y que en la espiral asciende en mis asombros. Su última entrega Autocinema (Práctica mortal, 2011) es consuelo a esa pena, ese quiste cerebral y demandante en donde pido a la poesía que  enseñe a mirar, que  estremezca, que deje pensando a los pensantes. Y es un ojo. El ojo del poeta que se vehiculiza  y gesta a la palabra  mientras va de viaje en la tecla de un piano, el lóbulo de la oreja, la cerradura, la tela de araña, la cuenta de ámbar, la espiga, el tablero de ajedrez, un grito de gaviota.
Todo sentidos es este libro, todo verso trabajado con la sed del ebanista, aquel que no descansa hasta vernos desfallecer ante la magnificencia de su obra. Gaspar Orozco, que ya se había instalado en la joven poesía mexicana con lugar decoroso, ahora se entroniza. No sé qué creerán los académicos o señores duchos en poesía  en el amado gigante azteca, pero aquí va sin duda mi apuesta, mi recomendación, mi grito.
Y es que Orozco, nuevamente, nos enseña a mirar, a leer, a hacer del cine ese templo que nos enseña a su vez. Autocinema es un homenaje a la experiencia del receptor y es también su contribución cimera a la poesía de aliento oriental en clave de Occidente. Es mixtura entonces que recoge lo mejor del modernismo y desde el legítimo borramiento de fronteras que el postmodernismo autoriza, se aparece en su mejor prosaico traje.
Autocinema es un camino, un aprendizaje ontológico en donde el poeta nos deja tan solos como él, en donde entendemos al fin que no somos más que "la partícula de polvo suspendida en el haz de luz y sombra que arroja el proyector en la sala vacía del cine".