Mylene Fernández Pintado o la esperanza de una esquina para fundar

“Un amor de ciudad” sería
quizá un subtítulo ideal para este texto, un segundo posible título para una
edición homenaje a su autora dentro de cincuenta años. Porque la ciudad de La
Habana es su cómplice y su verdugo. Una ciudad que desconoce las aseveraciones
de la activista norteamericana Jane
Jacobs cuando nos convoca a un proyecto motivador, si se quiere utópico de una urbe
posible, de un “deber ser citadino”; constatable en ciertas áreas como ese
Greenwich Village (Manhattan) al que convierte en alegoría y centro de análisis
en su ensayo ejemplarizante “The Uses of Sidewalks: Safety”[1]
y en donde reconoce a todos aquellos que pueblan las aceras (los que en
cualquier punto de la ciudad marchan de prisa hacia sitios de trabajo o
estudios y también a los integrantes de un barrio específico y sus rutinas)
como participantes de un mismo sistema de vigilancia y seguridad para los
habitantes de la ciudad, aún cuando sean desconocidos entre sí.
Mientras, La Habana de
Fernández Pintado desconoce la violencia en sus formas clásicas de armas de
fuego o mafias asesinas; pero se sumerge en edificios de vecinos –como aquel en
donde vive Marian, la protagonista- en donde cada uno de sus habitantes ha
perdido referente y se deleita en largas siestas mientras los parientes de
Miami les cuidan el sueño o viven de glorias pasadas o simplemente salen al
malecón (la acera esencial de La Habana) como única forma de alimentar sus
cuerpos atiborrados de sueños por cumplir.
Montada sobre una clásica antihistoria
de amor para antihéroes/heroínas desfallecidos, esta esquina del mundo habanero
le da los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches a las aceras de la
capital isleña con una tristeza que escapa a los límites que la propia Françoise Sagan imaginó para su novela. Porque cuando la desanimada y
aún en proceso de duelo Marian, conoce a un joven escritor tras la muerte de su
madre colapsan sus mundos reducidos a un carro detenido (digamos la Historia),
unos alumnos repetidos como clones de una misma generación frustrada en la
consecución de sus más caras utopías y un trío de amigos tan al margen de la
realidad global como ella.
Los paseos por La Habana
posible (tanto como el Greenwich Village de Jacobs) se alternan con la mirada
útil a las posibles versiones del libro sobre La Habana real que desde el
balcón de Marian habrían de escribirse. El amor resistido de la foto que ahora
mismo recorre el mundo, se desvanece en esa herida infinita que cambió su traje
de exilio por el de simple migración económica (con sus muchas excepciones) en
los últimos veinte años.
Finalmente Daniel –el posible
chico habanero para besar, tendidos los dos, en cualquier acera del Vedado,
Playa o la misma Habana Vieja a esa amante recién golpeada- trae consigo todas las preguntas (también los
posibles viajes imaginarios) a la esquina de la que ni Marian, ni Sergio, ni
Marcos, ni Irene, ni BiDi, ni Adrián necesitan escapar. Porque con todo y el vacío, la ausencia
(hasta de fuerza policial) y la internalización de la marginalidad frente a lo
global, La Habana sigue siendo el único lugar del mundo en donde sus ciudades
interiores podrían recomenzar el
infinito trazado de calles, aceras y alcantarillas con las que sueña todo fundador.
[1] Este
ensayo pertenece al libro Death and Life
of Great American Cities. Publicado por Jane Jacobs en 1961, Random House,
Inc., New York.
Felicidades a Mylene por su nuevo libro.
ReplyDeleteMmmmm, tengo curiosidad. Hace pocos años leí las plegarias de Mylene, y me gustó mucho. Gracias por presentarme esta esquina de amor citadino.
ReplyDeleteCruzando de un domingo a lunes, leo a la "Bicicleta Roja"...hay de todo en los pedales: poesía, narraciones, y música. Todos bajo el ojo
ReplyDeletede Mabel, lista a experimentar las calles virtuales del arte.
Cada camino que recorre la bici roja en sus manos, se la aplaudimos.
Gracias por compartir y forzarnos a investigar. Es vida para el alma.