Sunday, December 8, 2013

Buenos Aires silba otra vez mientras una incesante banda sonora inunda mi cabeza



Teníamos algunas cosas pertinentes: unos créditos no reembolsables de United y TACA, una cierta rajadura en la que podíamos funcionar como reparadoras, una obsesión no resuelta con Buenos Aires (mi primer encuentro con ella en 2010, la certeza de saber que era una ciudad para que Maya fuera feliz y se sintiera en español y finalmente “en casa”: ese mundo de libros); un amigo querido para hacer madrugada y día brevemente intenso en Lima, un círculo que cerrar y tanto más… Allí nos fuimos…

Un día en Lima

Con su olorcito a ceviche fresco, su gente sonreída, sus pillos taxistas, su espantoso tráfico y su infinita amabilidad, Lima nos recibió por unas veinte horas que parecieron semanas. Como quien pasa las vistas de un álbum de fotos aceleradamente: paseo de San Isidro a la catedral pasando por callecitas de tiendas abarrotadas de artesanía que recuerdan a las de Santa Clara, Cuba (Maya’s dixit), o a las de la Calle Conde, Santo Domingo. Plaza  Mayor, cambio de guardia en el Palacio de Gobierno y la banda militar que entona valsecitos peruanos, como si tal cosa… Decoraciones de navidad ya floreciendo. Anuncio de un verano que borrará  por algunas semanas el color panza de burro que el cielo acá suele tener. Entrada a la catedral: tumba de Pizarro, recién estrenadas catacumbas con esqueletos reales y polvorientamente vestidos, hábitos que pertenecieran a Juan Pablo II y esa sillería machimbrada en el altar mayor: el barroco latinoamericano que no es una falacia (ver el corto Utopía de Eduardo del Llano). Memorias de oro virreinal, Cristo que continúa mirando a Pachamama. Tarde en Barranco. Nostálgico entonar de “La flor de la canela” a la sombra de Chabuca; bajada a los baños “del puente a la alameda”. Pacífico. Ceviche. Choclo. Pisco. Un recorrido por el museo de la electricidad, también en Barranco. Un frapuccino en Starbucks, faltaría más.


Asunción por Buenos Aires. Un tratado de reciprocidad. Pesadilla number one

Muy llenas del aire cálido de Lima y de manjar blanco, llegamos a abordar nuestro vuelo de TACA que en unas cuatro horas nos llevaría al añorado destino porteño. Muy viajadas. Muy para qué vamos a hacer antes el check-in desde casa si de todos modos hay que facturar maletas y hacer la cola. Muy la cuota a abonar por el tratado de reciprocidad -esos modestos 160 usd por persona que te validan la entrada al país por diez años seguidos- se pagan allá, en el aeropuerto mismo, tal y como lo hacen los chilenos, que cobran 140 usd por el mismo concepto.  Muy eficientes los chilenos. Todo sea dicho ¡Já!

Noticia de última hora: los de TACA deciden cambiar de avión y se quedan sin asientos un par de decenas de pasajeros. Pero no se preocupen ustedes, señoritas, ya las volamos a Asunción, Paraguay y allí se conectan a Buenos Aires. ¿Asunción? ¿Paraguay? ¿Quién ha visto a un ruiseñor o en su defecto a un paraguayo? Bueno, hoy es el día. Que nuestra amiga Patricia tuviera armado un “quilombo surreal” para irnos a buscar a las 4.00 am al aeropuerto en Baires, que no tengamos ahora mismo cómo comunicarle que ya no es a las 4.00 am sino a las 9.00 am, que quizá ella no pueda a esas horas, que no tengamos pesos argentinos, que nos quede nada de tiempo para abordar y aún estemos en el mostrador no es importante. Importa que cuando decimos que sí, que venga, que a Paraguay nos vamos, descubre el chico que no hemos pagado la tasa de reciprocidad. Que eso se hace antes, por internet, señorita, muy fácil, mire, suba usted al Starbucks, que allí hay WiFi gratis y ya me la trae. Aquí la señorita: vale y ¿te enseño que la pagué desde la computadora y listo? El chico de TACA, Carlos para los clientes: bueno, la verdad que no sé, déjeme averiguarlo. Vaya usted pagando. Es allí mismo, suba la escalera no más.

La señorita se desmadra y grita a Maya que en su mejor estilo frente a las crisis da vueltas en redondo e hiperventila: una visa, una visa, sólo tengo la American Express y seguro que no la aceptan. Maya: te lo dije, hay que viajar con las tarjetas de crédito. Yo, muy subida: American Express no es para abrir puertas si se te perdió la llave, ¡es una tarjeta de crédito! Ella busca su visa después de una larga navegación por el bolso que va metido en la mochila en donde adentro hay un monedero y en él una cajita para las tarjetas. Hay suerte: la encuentra y me la extiende. Orgullosísima de tener una tarjeta que sirva para algo más que endeudarse. La señorita corre sola por los pasillos del aeropuerto: laptop, pasaportes y tarjeta en mano. Los marines de la armada inglesa debieron sentirse más ligeros cuando preparaban los cañones de matar. Paso de largo por la escena en la que la contraseña de la WiFi de Starbucks (que estaba donde el diablo dio las mil) no entraba a mi computadora. Y por aquella otra en que cuando la contraseña entró no sabía yo cómo diablos pagar la susodicha tasa pues la página oficial del gobierno argentino tiene más vínculos que la NASA. Y también por cómo quedaban 15 minutos para pasar el punto de control, migraciones y llegar a la puerta de embarque. Todo ello con Maya girando en el lugar y los de TACA recordándonos que no es su responsabilidad que no tuviéramos la tasa paga y que no hay hotel si perdemos el vuelo y que no hay vuelo si perdemos el vuelo. Asunción amada. Paraguay bendito. Paso de largo también por el momento en que ya con los recibos del pago en la compu, Carlos, el de TACA, me dice que han de estar impresos. Que lo miro como quien devora y que sin más nos lleva a una computadora de la compañía para imprimir -lo cual pudo haber hecho desde el minuto cero y evitar la patética escena que acabo de describir.

No sé cómo sucedió; pero volamos todos los puntos de revisión y control y estábamos ya en el avión, listo aquel a cerrar la puerta luego de que nuestros nombres repicaran sin cesar por las bocinas de todo el aeropuerto. El avión despega y presas ya más de la histeria que del sentido del humor, nos entregamos a una risa desbordada cuando vemos que nos acompañan una monja, un hare krishna y un equipo de fútbol del Paraguay. Bendecidas y malditas a un tiempo, pensamos. Si bien nos protegen dioses occidentales y orientales, los equipos de fútbol suelen estar trágicamente asociados a siniestros de aviación. Habrá que apostar a la luz de los maestros espirituales y comer algo, que al menos a mí, los nervios solo me dan por eso.

Cuatro horas en Asunción. Paraguay: Maya va de compras

Sin demasiadas ceremonias Asunción nos recibió en plena madrugada con WiFi gratis, comprensible y funcional, cafetería de alfajores Havanna, exquisitos capuccinos y sándwiches de miga. ¿Y esto es lo nacional? Pensé con decepción pues el imperialismo argentino se hizo notar; pero no me atreví a abrir mi boca para protestar (estaba deshecha, que si no…). Y también  me sentía agradecida pues a pesar de las torceduras del universo y el equipo de fútbol, teníamos la tasa impresa, en unas horas abordaríamos a Buenos Aires y en algún momento de la histeria del Starbucks en Lima había conseguido pasar un mensaje vía Facebook a Patricia contándole del cambio de aviones y plan y pidiéndole que llamara a Arlén (mi más antigua hermana de tribu, en versión flaca y residente del sur, viva la diáspora cubana y llegados a este punto: ¡Gracias, Fidel!) para que si pudiera nos recogiera ella. Patricia contestaba que Arlén podría.  Todo bajo control. No pedí más.

Y mientras yo me ocupaba de estas “practicalidades” de la vida trashumante, Maya según su práctica habitual en donde se avizore tienda, tenderete, chiringuito o kiosko, se perdía en la noche del shopping paraguayo y aparecía con delicados regalos de piel (monederitos y escapularios) para nosotras y algunos  amigos cercanos. Un recuerdo de Paraguay, dijo. La vida es mágica, dijo.  Estamos en tierra de Gauchos, dijo. Si vas al baño y te asomas por la ventana, ves amanecer sobre la llanura, dijo. Fui y lo vi. Martín Fierro no andaba por esas vueltas, pero como en la lotería: you never know.

Buenos Aires, mon amour

Llegamos según lo previsto y nos quedamos dos horas y media entre migración y aduanas. En mi cabeza Fito: Y nadie sabe como vine a parar yo, al tercer mundo. Tercer Mundo. Tercer Mundo…  con el detalle pintoresco de que yo sí lo sé. Lo he sabido desde siempre. Y aquí estamos. Lidiando con largas filas, oficiales malhumorados y unas españolas (que no catalanas aunque nacieron en esa región, pero ellas no, ellas españolas) que dicen que el problema de España no es real, que todos siguen tomando cañas y yendo de compras, que si sacan a los emigrantes, se acaba el paro. Y Fito en mi cabeza pero con signo de interrogación: ¿Y nadie sabe cómo vine a parar yo al Tercer Mundo? Bue…

Una vez afuera y el largo y necesitado abrazo de mi Arlén, ya todo fue subir. La primavera estalló como  a propósito. Nos contaron todos que antes de llegar había llovido por largos días y que estaban hartos de tanta agua. Para nosotras: sol, temperaturas perfectas (ni frío ni calor); olorcito a parrilla por doquier y silbidos, silbidos, silbidos… todos silban en Buenos Aires y yo lo adoro y silbo con ellos en mi cabeza. Cualquier melodía. Todas las que sé.

Llegamos al apartamento en el céntrico barrio de Caballito que nuestras amigas Claudia y María Elena gentilmente nos prestaran para estos días, nos metimos en la cama con la misma devoción que se deben entregar al agua unos peregrinos en Sahara y dormimos unas 3 ó 4 horas porque la emoción de salir no daba para más.


Hanukkah con flan de calabaza  en Baires o una historia de los reencuentros

Esta sección de la crónica debían contarla Maya o Patricia; pero ni modo: es mi crónica y me hago cargo. La cosa es que mi amiga Adriana Novoa, meses atrás me había presentado a su amiga Patricia. Adriana es a Patricia lo que Arlén es a Mabel. Más o menos así. Compañeras de la facultad, hermanas de tribu, hijos que son respectivos sobrinos de la otra. Y en esa presentación vía Facebook (tomen nota dudosos de la redes y su eficacia, gente sin fe) supe que Patricia se quedaba para siempre. No haré aquí el recuento de cuántas veces he tenido que saltar de mi escritorio corriendo al baño a hacer pis por las risas que me provocan los cáusticos diálogos que con Patricia y Adriana he tenido. Tampoco de la enorme ayuda que en tiempos difíciles (de evolución, dirían ellas) me han brindado a nivel emocional. Iluminación tras iluminación. Respuesta tras respuesta. O sea, Buenos Aires es a Mabel la urgencia de un encuentro con esta amiga incorpórea, entrañable y judía. Segundo día de Hanukkah. Día de acción de gracias. Llegada a la ciudad. No digo más: juntadas y a comer.



Me encantaría haber tenido el detalle de copiar los nombres de los exquisitos platos sefardís y ashkenazis que Patricia preparó para nosotras y que compartimos en casa de su amiga Rosana. Describiéndolos en cristiano serían empanadas de queso, bolas de papa y cebolla, hummus, pescado frío, falafel, ensalada de huevos, papas y mayonesa… un festival de lo absolutamente delicioso. El postre vino desde Houston: pastel de calabaza, pastel de manzana, pastel de avellanas que se rompió en el camino y no nos atrevimos a llevar a tan magna cumbre.  Para la próxima traemos helados. Es de buen gusto llevar los dulces a la cena. Nosotras mejor portadas imposible. Eso, helados la próxima vez.

Inició Daniel (el esposo de Patricia) el ritual de bendecir el pan y el vino, oraron en hebreo y encendieron las velas. Nosotras, atentas y agradecidas: compartimos y escuchamos. Israel en Buenos Aires.  Y Dios en todas partes.

Entonces sugerí que Maya dijera una oración ecuménica para celebrar el Día de Acción de Gracias (gracias a Dios sin pavo)… suele hacerlo ella en casa de la familia y solemos todos quedar conmovidos por su espiritualidad y visión armónica del mundo.  Y sucedió una vez más. Y fue, quizá, la oración más hermosa de cuántas le he escuchado decir en estos ocho años de convivencia. Y habló de reencuentros entre los allí presentes. Y de algún modo todos asentimos en que veníamos de otra parte conocida hasta esa mesa nueva y hubo luz y hubo mucha risa a lo largo de la noche(en mi caso, risa con pis, nada nuevo) y explosión de agua que me salió por la nariz y los ojos, esa situación en la que te da un ataque de carcajadas cuando acabas de beber agua… de esa dimensión de risa aquí hablamos.  Y tanta gratitud. Tanta. Por la mesa llena, por los nuevos (ancestrales) miembros de la tribu, por el viaje al sur,  por lo que vendría después y hasta ese momento sólo presentíamos…

El Tortoni, Avenida de Mayo, Casa Rosada, Catedral, Recoletas, La Biela, El Ateneo

Y llegó el día segundo y la ansiedad de recorrer Baires de un tirón y sin más ya estamos en la Avenida de Mayo, frente al mítico café Tortoni (lugar de reunión que bajo el amparo de la peña de Quinquela viera pasar por sus mesas a Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Juana de Ibarbourou, Arthur Rubinstein, Conrado Nalé Roxlo, Antonio Bermúdez Franco, Ricardo Viñes, Roberto Arlt, José Ortega y Gasset, Jorge Luis Borges y Florencio Molina Campos). Y frente (porque allí la cola era imposible) nos apuramos unas medias lunas con café y nos enrumbamos hacia las librerías de segunda mano en donde Maya tiene otro de sus accesos de ansiedad porque quiere llevarlo (rescatarlo) todo…  la revista Tango, los manuales de sicoanálisis, viejas ediciones de El Perseguidor, poesía, poesía, poesía… Horas entre libros viejos y afuera la gente desbordada, feliz…

Caminata hasta la Casa Rosada, Plaza de Mayo en donde una vez más me estremezco aunque no vea a las abuelas… ahora hay carteles en contra y a favor del aborto; pero para mí son siempre las escenas de La historia oficial y Norma Aleandro (Alicia en el filme) tratando de encontrar una respuesta. Luego la Catedral (mucho Papa argentino celebrado y pocas nueces) y el Cabildo. Gente que se para a explicarnos cosas de la ciudad, del gobierno, del peronismo trasnochado, del kirchnerismo que los lleva hartos o contentos. Nunca se sabe.



Bajamos por la calle Florida buscando el London, cafecito para Cortázar y para María Elena y para mí. Allí donde nos tomamos mi primer “tostado” en 2010 y que quería compartir en su aliento de tiempo ido con Maya; pero no lo encontramos. Muy tarde descubrí que lo había dejado atrás, casi a la altura de la misma Avenida de Mayo. Desembocamos entonces en la Plaza San Martín. La torre de los ingleses, los novios sobre el césped.

Maya se pierde entre los palacetes que tanto evocan a París y yo quiero ofrecerle La Biela en Recoletas como sustitución por el London perdido. Insisto en que debemos caminar hasta allí, que no debe ser lejos. Era lejísimos. Pero dio igual. La Avenida del Libertador se deshizo en halagos: cafecitos, hoteles, edificios de vecinos bien posesionados. Un alto para un “vacío” de ternera, un filete de pescado, un vinito de Mendoza y la fiesta verdadera: helado de dulce de leche. Ya quisieran Häagen-Dazs, Ben&Jerry’s y todos esos improvisados alemanes y gringos: ¡los argentinos!; sólo ellos asimilaron y superaron la heladería artesanal italiana. ¡Ah! ¡Qué delicias!

Y sí, seguimos la caminata y después de una siesta mínima a la sombra de unos árboles centenarios, ya en Recoletas, llegamos a La Biela y allí las fotos de Fangio y las estatuas de Bioy y Borges: un tecito, una cerveza, una vista del hermoso cementerio.




Una de las cosas que había movido a Maya a hacer este viaje, era una visita a la librería El Ateneo. En una de esas listas que giran por Internet, la habían declarado una de las diez más hermosas del mundo. Emplazada en lo que fuera años atrás un cine-teatro, hoy los palcos y plateas de El Ateneo acogen libros de reciente edición y en su escenario (que mantuvieron tal cual era) una graciosa cafetería te deja contemplar el espectáculo de los libros desde una perspectiva invertida. Los libros abajo y los lectores en escena. Los libros espectadores. Los lectores lo “espectado”.

Maya no disfrutó de El Ateneo como ella misma anticipó. Los libros nuevos, bestsellers en su inmensa mayoría, no la seducen del modo en que lo hacen los usados. Esa misma mañana se consumió de emoción ante las estanterías repletas de esas hojas desgastadas entre las cuales suele encontrar secretos: dedicatorias, cartas de amor guardadas con celo, hojas secas, fechas, nombres, parahistorias que la llevan de la mano a un tiempo que no vivió, pero que tiene la certeza de que podría reconstruir desde esas notas al pie o al margen. Pero en todo caso, valió la pena visitar ese mundo en donde los libros entran al juego de las representaciones con fruición y guión de comerciales.



Un día en san Isidro. Victoria Ocampo y la vanguardia argentina. Un mago cubano y mi sobrina Carmela

Es el día tres y María Elena había sugerido que no dejáramos de visitar la Villa Ocampo en el pueblito de San Isidro, localizado aquel ya en la provincia de Buenos Aires. Después de varias aventuras por nuestro barrio Caballito tratando de encontrar el autobús que nos llevara a la estación de trenes, decidimos tomar un taxi. Pintorescos como suelen ser estos personajes en todo el mundo, nuestro chofer de turno nos pone al día sobre la situación del gobierno, el “quilombo” del dólar que él no necesita; pero que igualmente está ahorrando para llevar a sus hijos a Disney World en Orlando, Florida, y nos conduce con el peor tráfico del mundo hasta la casona de Victoria en San Isidro.

No más bajar saltamos a la Belle Époque. Los autos estilo fotingos que diríamos en Cuba, las estatuas de hierro vestidas con los largos vestidos de encaje blanco y los collares de falsas perlas, los señores con el frac, la casa toda abierta a la luz de esa primavera insultante y el espíritu de Victoria Ocampo y sus hermanas pululando en el jardín. Ya me lo había advertido Patricia en el teléfono esa mañana: si estás atenta, podrás escuchar a las niñas Ocampo jugando y riendo por allí. Y se escuchan. Pero se escucha sobre todo el ímpetu de Victoria a quien imagino dando órdenes, gritos en el teléfono para que terminen de imprimir Sur, enérgicas miradas a la servidumbre para que pongan ese té a Lorca, a Borges, a Stravinsky, a Tagore o a Camus. Se le presiente imponiendo la vanguardista escuela de Le Corbusier en los muebles, las cortinas,  los mínimos adornos. Desechando lo victoriano de sus padres y madrina en pos de ese renacimiento que acogería a lo más selecto de la intelectualidad mundial.



Además de recorrer la casa en silencio y de que Maya se hiciera con unos cuantos números originales de Sur en la librería, nos sentamos por largos intervalos en la terraza del segundo piso y el jardín. No había mucho que decir, solo sentir, casi con los ojos cerrados aquellas presencias de quienes a su modo, seguramente ignorándolo, nos enseñaron desde el sur a leer en tiempos de vanguardia y renacimiento. Con todo  y la mímesis de lo europeo, algo en Villa Ocampo trasluce genio nuevo y profundamente latinoamericano.

Conmovidas por la visita, casi flotando (cursilería incluida) nos encontramos a la salida con mi amiga Arlén, su esposo Julián y mi sobri Carmela. Esta última agotada de toda una semana en el Jardín sólo quería un pedazo de pizza y un helado de dulce de leche. Sí señor. Y a por ellos fuimos. Otro festival del paladar. Y más tarde nos dimos un pequeño paseo por la catedral de San Isidro y la feria del pueblo. Bajando los escalones un mago. Y vaya usted a saber con qué letra torcida se escribe esta historia; pero era cubano.

Una de las cosas que de entrada nos hizo reír, pero que más tarde llegó a preocuparme fue la insistencia de aquel en hacer de su raza un leitmotiv para la auto parodia y en algunos casos la auto conmiseración. Si en buena medida sus bromas aludiendo a su condición racial provocaban la risa reflexiva (bocadillos como: negro, quién te iba a decir que ibas a estar en San Isidro); más tarde el abuso de ese recurso y las constantes alusiones a la poca confiabilidad y poder adquisitivo de los de su raza resultaron caricaturas un tanto esperpénticas de sí mismo con las que personalmente no pude dialogar, ni siquiera tirando de mi sentido del humor.
Algo gracioso sucedió cuando el mago hizo una referencia a que se había presentado antes en Europa y Estados Unidos y al decir esto último Carmela gritó para sorpresa de todos y conmoción mía: ¡mi tía vive en los Estados Unidos! Ella que había estado harta de todo por una buena parte de la tarde, hacía ese pequeño homenaje de importancia a una tía que la añora mucho más de lo que sabrá nunca y que nos confirmaba con Arlén, que estos veinticinco años de amistad en verdes y maduras se sintetizaban en ese grito aturdido y amoroso. Nos miramos mi amiga y yo con una dulce sonrisa que ya lo sé, no me abandonará más.

Chacarita, San Telmo y un dulce espejo que en el sur aguarda

Nuestra amiga y anfitriona Claudia nos había prometido viaje a la Chacarita, a cantarle su tanguito a Gardel y a ver por fin qué fue del cuerpo de Alfonsina (chiste para cierto grupo de amigos: ¿salió o no del caracol?) y allá nos fuimos en el día cuarto y con la ansiedad de que Buenos Aires casi se agotaba por esta vez.

Lo encontramos rápido a Gardel: unas fotos, un saludo, un  “volver, con la frente marchita (…) sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…” Ya. Me encantaría que esa última línea del tango aquí citada no fuera cierta. Pero no le iba a estar reclamando al pobre en su tumba.

Anduvimos lo que no puedo describir tratando de encontrar a Alfonsina y el resto de los famosos. Todos nos despistaban. Pero al fin fue posible. Y allí la estatua rosa de Alfonsina. Y más gente a su alrededor: Goyeneche, Benito Quinquela Martín y Luis Sandrini, entre muchos, muchos otros. Maya asegurando que la que está en una caja tras la estatua de Alfonsina es Alfonsina y los escépticos de paso diciendo con gesto desesperado de mano que se mueve con aliento italiano: y cómo si se ahogó en Mar del Plata. Sui-ci-dio. ¡No puede estar enterrada en cementerio cristiano, ché! Yo-que-sé.

Claudia nos llevó hasta San Telmo que vestido de domingo era una fiesta absoluta. Puestos de asados para comer de pie: chorizos, churrascos, vacíos, morcillas, alegría de vivir. El mercado lleno de antigüedades: piezas de herrería, platería, obras de arte, muebles, posters, adornos, relojes, toda la vida de más de un siglo allí a la venta. En la calle, superposiciones con el Rastro madrileño: ropa, zapatos, carteras, artesanía, pañuelos, armas blancas, artesanía. Lo que quieras.

Y las casas de San Telmo con sus puertas enormes y gastadas y la imagen de Mafalda sentada en el banquito y aquella letra de Sabina repicando en la cabeza: “mándame una postal de San Telmo, adiós, cuídate, y sonó entre tú y yo el silbato del tren…” varios silbatos en mí y San Telmo que se expone con lo mejor y más raído de su ser. Parrilla para despedirnos de Claudia. Otro vino de Mendoza. Crepas de dulce de leche que si los parisinos descubren hacen abolir las de fruta y chocolate en sus esquinas.

Caída la tarde y despedidas de la feria en San Telmo, Maya acompañó a Claudia hasta su casa para recoger ciertos encargos que debíamos traer a Houston y yo me fui a encontrar a solas con Arlén. Allí, en la misma puerta de nuestro departamento en Caballito, un bar de tapas españolas nos esperaba para cobijarnos en lo que nos poníamos por fin al día. Cada una el espejo de la otra. Certeza de ser vidas en paralelo que alguien traza exacto desde algún desconocido lugar. Los detalles de nuestra conversación no serán aquí o en lugar alguno relatados; pero baste decir que desde entonces una paz añorada se adentró en mí. No sólo nos han acontecido episodios semejantes con desenlaces más o menos predecibles, sino que todavía queda mucho de las niñas de doce años que solían escaparse con la mirada por la ventana de su aula en aquella escuela que nos juntó para siempre. Aquella noche en Caballito, cerveza mediante, pudimos comprobarlo en el espejo, y decidirnos por fin a ser adultas (valga la paradoja) y llamar las cosas por su nombre y parar la negación y seguir. Porque habrá que seguir. No queda duda.

Un desayuno a voces. Una librería más. Un epílogo con tormenta y amenaza de encarcelamiento

Patricia y su hermosa hija Julia nos vienen a despedir en la quinta y última mañana porteña. Nos regalan un hermoso mate y unas barajas españolas que alteradas recrean la imaginería gauchesca. Salimos por la Avenida de la Plata. Encontramos un cafecito que Maya había descubierto la tercera mañana cuando yo esperaba algo en casa que ahora no recuerdo. Patricia cuenta rocambolescas historias de judíos y cristianos en el cementerio de Chacarita. Yo regreso al pis por risa. Maya tiene espasmos y lágrimas por la misma causa. Julia debe irse a clases; pero mira a su madre con devoción. Hablan ellas de reencuentros esotéricos y llamadas desde otro lugar. Yo devoro medias lunas. Nos prometemos encuentro en Houston y amenazo con volver, a fin de cuentas casi me muero de infarto pagando en Lima la tasa de reciprocidad y es válida por diez años. Alguien nos manda a callar. Patricia dice que lleva razón. Añoramos a Adriana. Tenemos ansiedad por la separación. Nos abrazamos y con Maya tomamos por la Avenida Rivadavia buscando la librería Cúspide, donde un par de noches antes, buscando una farmacia para un laxante (Mabel y carne de res, llenen en los blancos) habíamos encontrado unos libros de Paul Auster y de Rosa Montero que definitivamente queríamos llevar. También nos urgían unos alfajores de dulce de leche y fruta y una caja de “havannets” para alguien que sabrá quien es cuando los vea… Con un largo paseo por el parque de Rivadavia y sus decenas de puestos para libros, películas y músicas, dijimos adiós por esta vez a la ciudad. Un taxi. Al aeropuerto y pronto a casa. Qué feliz ser ignorantes del minuto que vendrá después.

Muy sentadas en el avión de TACA, operado por Avianca estamos. Muy ya vamos derecho a Lima y de allí en pocas horas a Houston, cuando se desata una tormenta. Inesperada y brutal nos hace suponer que debemos esperar a que amaine para despegar. Es entonces que súbito, un carro de maletas estalla contra nuestra nave. Nada serio podría ser. Estamos en un pájaro gigante. El avión no ha despegado. El carrito de maletas es nada. ¡Já!

La cosa se resume así: seis horas de retraso en Buenos Aires. Conexión perdida en Lima y lo peor, lo mucho peor, unos doscientos tripulantes que desesperados gritan ya en tierra (nos bajaron de vuelta al aeropuerto) a la operadora de Avianca y le cuentan su historia personal y piden les regresen su dinero y se quejan y gritan y hablan de hambre y llaman a sus casas o adonde fueren y no hay una conexión WiFi que valga la pena, lo cual irrita poderosamente a una servidora.

En algún momento de la madrugada despegamos en Buenos Aires sabiendo que nuestro destino era incierto. La conexión que haríamos en Lima era completamente aparte de aquella de TACA que tomábamos en Baires. Tickets separados. Historias aparte. Contratos independientes. Sin saber qué generosa impiedad podía esperarnos por parte de United llegamos a Lima con los hombros encogidos y dispuestas a llamar a nuestro amigo Ariel para que nos diera asilo político al menos por un día.

Pero otra vez la letra torcida de la línea recta nos esperaba. Los de TACA se asumen responsables y en menos de media hora nos ponen en un vuelo a San Salvador, El Salvador, que conectaría a Houston en muy breve lapso. Cielos abiertos. Esperanzas recuperadas. Asilo limeño pospuesto. Nos vuelan en clase de negocios, paticas estiradas y descansito de cuatro horas con el mejor de los desayunos incluido.

Ya en San Salvador, todo parecía perfecto. Aeropuerto pequeño. Vuelo que sale en menos de media hora. ¡Já! Y es que cuando ya estamos chequeando nuestro equipaje de mano por tercera vez en las últimas veinte horas, descubrimos que  había que poner los líquidos pequeños en un nylon transparente (exactamente un ziploc) 
que obviamente no teníamos. A mí la regulación no me aplicaba pues no viajo jamás con líquidos para evitar el tema de las medidas correctas e incorrectas, pero a Maya sí le comienzan a quitar todo y ella a suplicar que le dejen una crema facial que llevaba encima y que no era exactamente barata. La crema de marras, además, tenía las medidas que se exigen a los pasajeros para estos casos.

No hace falta aclarar que cuando vi la cara de penita que Maya ponía mientras insistía en que no le quitaran específicamente aquella crema (el resto que también se lo quedaron, daba igual) empecé de inmediato a protestar 
y a decirles que cómo iba ella a tener esa mierda de bolsa plástica en un tránsito de 50 minutos
 en un país en el que no teníamos que estar y que además asume las medidas de Estados Unidos con más devoción que ellos mismos. Que aquí, con tal de que las medidas sean las correctas, les da lo mismo si pones los líquidos en un ziploc o en una caja fuerte. Y yo que grito y ellas (eran todas mujeres) que me ignoran y siguen, como autómatas, tirando las cosas de Maya.

Entonces me desmadro, en ese estilo que sólo los íntimos conocen, y comienzo a boconear y a gritarles (más) que eso es un abuso de poder y una manera absurda y ridícula de entender esa ley importada, que están colonizados, que dan pena y viene una supervisora y me quita mi pase de abordo y pasaporte y me dice que no me voy, que por mi actitud me quedo presa en San Salvador. Repetimos: ¡por mi actitud!

De ahí hacia el final de la escena cualquier cosa que diga será producto fiel de mi imaginación. Perdí el sentido. Sólo sé que di un estremecedor grito que se oyó más o menos así: ¿quéééééééééé?
(muy aguda la é, orgullo de soprano la é). É de espanto que traía la memoria de otros eventos de mi vida en donde me sentí sin derechos y una no persona. É de yo de esos desmanes del poder ya me escapé. Y comienzo  a gritar que soy norteamericana y tengo derechos y le arrebato mi pasaporte y mi pase de sus manos mientras Maya  me suplica que pare
 y una mujer policía me exige que entre a una oficina
 y yo que grito poseída: soy norteamericana, soy norteamericana y agito el pasaporte.
 Y siento sonar el himno por algún lugar de mi cabeza y en las mentes de los espectadores estoy envuelta en la bandera de las rayas rojas y las cincuentas estrellas a punto de incendiarse. Y todo el aeropuerto, que es más pequeño que una sala de espera en un hospital tejano, mirándome en silencio cortante y quizá esa y no otra fue la clave para que la propia supervisora, aquella que arrebatara pasaporte y pase de abordo y que a su vez fuera continente de mi grito y mi arrebato de documentos en dirección contraria me dice: vaya y quítese los zapatos; lo cual era el paso final de aquella agónica inspección
con dèjá vu. Y así fue como sobreviví en Centroamérica.

Cuatro horas después estábamos en Houston y por primera vez en estos casi ocho años de exilio/migración sentí la enorme felicidad de haber llegado a una tierra que si bien no es enteramente mi casa en la medida en que no guarda mis primeros veinte nueve años de historia -eso que cursi mas sabiamente debo llamar “mis raíces”- al menos acoge mis ramas con delicado respeto por mi ser. Uno que definitivamente insiste en ser trashumante y que se reconoce en formación; pero libre y silbante. Como los chicos que se fuman un cigarrillo en cualquier esquina en Buenos Aires. Como la banda sonora que no para en mi cabeza.





Sunday, July 14, 2013


Pido la voz y la palabra
"Escribo
 en defensa del reino 
del hombre y su justicia.Pido 
la paz y la palabra. He dicho
 «silencio», 
«sombra», 
«vacío» 
etcétera.
 Digo
 «del hombre y su justicia»,
 «océano pacífico», 
lo que me dejan. 
Pido 
la paz y la palabra."

Blas de Otero


La primera de estas fotos fue tomada en la ciudad de Matanzas en el año 1956. Al centro mi madre está cumpliendo siete años  y sobre ella (de izquierda a derecha) sus dos abuelas: Catalina y Caridad. Justo detrás de Catalina su padre y tía. Justo detrás de Caridad, con unos raros objetos en las orejas, su madre. El barrio en donde vivían mi madre y abuelos todavía hoy resulta curioso con todo y las mixturas de clase y raza que consiguió la Revolución y su nunca bien ponderada democratización. Y digo curioso porque antes de que ese proceso  irrumpiera en las vidas de todos, el barrio de Pueblo Nuevo fue desde siempre una zona de trazado rectangular, casi exacto, delimitado en sus vértices laterales por dos calzadas llenas de casonas de puntal alto, tejas francesas, grandes y espaciosas habitaciones con acceso a un patio central o lateral, cochera y gigantes puertas que aún alardean sobre el poder económico de sus primeros habitantes en la quizá floreciente República cubana. Mientras las decenas de callecitas interiores de ese mismo barrio, su corazón, están abarrotadas de solares multifamiliares, cuarterías que tanto evocan al barracón de la era colonial y la economía de plantación y las casas familiares (que también las hay) suelen ser modestas, amontonadas una sobre la otra, casi haciéndose daño de tan juntas y propensas a la poca intimidad. Si se presta atención a la foto no hará falta aclarar de cuál de las dos áreas del barrio viene mi birracial familia de mediados del siglo XX. El escándalo menor (pues para los pobres los escándalos son lujos que no se pueden permitir) del matrimonio forzado de mis abuelos (embarazada y con 15 años ella, enajenado y Don Juan mulato él) hubo de encontrar hogar en el corazón del Pueblo Nuevo y con este gesto el origen del malentendido que ha sido la vida de sus descendientes.

La segunda imagen que hoy  traigo es de mi cumpleaños octavo. Para entonces vivo ocasionalmente con mi madre y su esposo de la raza negra en un barrio en donde no predomina la mixtura. Allí la Revolución hizo (en el sentido de disipar segregaciones) poco o nada. Se trata del antiguo prostíbulo y zona de juegos de la ciudad desde casi su fundación. Barrio a la orilla de la desembocadura del río Yumurí, casi cercano a la marina en donde se estibó el azúcar que salía de las muchas plantaciones de la provincia, la que al parecer llegó a ser la primera exportadora de ese derivado de la caña en el siglo XIX. Durante la naciente República, después de la abolición y otras conquistas, la Marina fue zona de prostitutas, chulos y jugadores. Después de 1959, algunos de esos vicios pasaron a ser prácticas clandestinas y los hijos de sus habitantes fueron a la escuela gratuita y obligatoriamente, devinieron deportistas, siguieron tocando la rumba de siempre en el solar. Viajaron mostrando la cara más folclórica y nunca olvidada de la nación (Los Muñequitos de Matanzas, Afrocuba, etc). Las dos niñas a mi izquierda son mis primas. Con ellas vivo todos los meses que no paso con mi madre en el barrio de los negros. El resto, son mis amigos de esas temporadas. Con ellos me rompo las rodillas, juegos a los agarrados, los escondidos, el pon (la rayuela) y las casitas en algunas de las salas de los cuartos de solar en donde viven o en la pequeña salita de mi casa con puerta a la calle y baño independiente. Mi madre será nieta y bisnieta de esclavos, hija de mulato y mujer de negro; pero hay que marcar la diferencia. Ella pasa por blanca y también yo. Somos ridículamente admiradas por ese color que es más una broma de la genética que un hecho a probar. Espero que mi madre a los siete haya estado igual de confundida que yo a los ocho. Con todo y la democratización revolucionaria.

Esta larga y personal introducción parecería no aportar nada al debate nacional que ocupa a los norteamericanos en el día de hoy: el caso Zimmerman versus Martin. No sólo la cuestión racial en el Caribe tiene otros derroteros sino que además tuvimos en mi país una revolución justiciera e igualadora y encima yo parezco blanca. No soy norteamericana a pesar de mi conveniente pasaporte que me hace volar largas líneas y chequeos incómodos en la vieja Europa y la burócrata América Latina. No sé nada. No puedo, por definición, entender de qué va esto. Quizá.

De ahí que haya echado mano de mi negro pasado, mi genealogía que no por expuesta hasta el cansancio me legitima ante el dolor, el saber tan poco de la experiencia del gueto, el no haber sido casi nunca (que lo de latina US carga lo suyo también) sospechosa de ser sospechosa. En mi barrio marino nunca me rechazaron en los juegos por ser de otro color aunque a veces, si se ponían bravos conmigo (digamos porque hiciera alguna trampa) me gritaran en este orden: gorda, blanca, deja la trampa, chica... Pero básicamente mi otredad era motivo enfatizado por mi familia e ignorado por mis amigos. Esos de los que mi abuela ojiazul (la de los raros artefactos en la oreja en la primera foto) y su hermana ojiverde (extrema izquierda de la misma imagen) me quisieran rescatar. No pude ir a la escuela con ellos, ni a los campamentos de exploradores, ni a las escuelas al campo. No pude besar a ninguno/a como suele pasar en esa edad de descubrimientos. Mi abuela y tía-abuela me arrebataban de allí con insistencia. Mi madre las dejaba por motivos que dan igual ahora.

Ellos eran Trayvon Martin y yo Marc Zimmerman. De mayor, bien podía haber llevado la pistola si en Cuba se vendieran legalmente armas de fuego. Pude haber tomado la ofensa infantil de gorda y blanca a su mayor extremo. Pude querer borrar de un solo tiro a la bisabuela Catalina, la misma que provocó mi madre fuera abandonada por su primer novio una vez que éste la conoció: "Mis padres me han dicho que nuestros hijos podrían salir negros", fue el argumento de ese amor adolescente que ya no volvió.

En este doloroso debate de hoy, la encrucijada cubana parecería no tener peso. Mejor acomodarnos en las conquistas de la revolución y listo. Pero el caso Zurbano (aunque él mismo niegue semejante título) habla de algo más. De un racismo estatalizado del que además no se puede aún hablar ni siquiera desde la academia o el libre pensamiento. 

Trayvon Martin nació condenado a la muerte del mismo modo en que año tras año decenas de jóvenes negros estadounidenses son asesinados por la mismísima policía que alega en todos y cada uno de los casos defensa propia. La mixtura racial de la mayor parte de la humanidad no nos libera del odio al otro/a diferente. Ironía mayor que se devela avasalladora cuando buscas entre las viejas fotos de familia, de cualquier país, cualquier rincón, y descubres el gigante malentendido que es vivir. Por todo ello y a pesar de saber poco o nada de estas cosas: pido la voz y la palabra. 




Monday, April 29, 2013

Me casas(te), Nueva Orleans

Para María José en su cumpleaños

Cinco visitas en menos de dos años. Dirían en mi pueblo que si no es buen recoL, es al menos un buen averaJe. Lo dirían así, con esa pasmosa facilidad que tenemos para juzgarlo todo sin apenas entender, sin apenas sentir. Cinco veces en menos de dos años la he visitado: verano, primavera, verano, otoño, primavera... Esas han sido mis estaciones. Uriel; Maguie y Yurién; Isabel y Carmen; Maya y Estévez; Zaldívar, Judith y Ana. Esos mis pretextos. Todos los viajes han sido el viaje de encontrarle una nueva emoción un nuevo silencio a pesar de su ruido impenitente; a pesar de su mucha música.

La Nouvelle-Orléans/Nueva Orleans/New Orleans/The Big Easy/NOLA/Neuorlinz... Mississippi sucio, poemas que escribo, viajes que sueño. Y sus casas. Las casitas del barrio francés; pero también las del barrio alto y las del bajo. Sus maderas de colores, sus bichos que ni huelen bien ni son agradables al visitante. Sus casas. Esas que me acogen más allá de las fachadas, por primera vez, esta primavera. Casas que no pudo borrar la furia de Katrina, la incompetencia de aquel gobierno, el dique roto. Casas que recuerdan a cada pueblo de Cuba y que son, a su vez,  tan de ese otro Caribe ajeno: lo francés, lo inglés posible en Guantánamo, Hershey, Colón...


Nueva Orleans, verdadera llave del golfo. Caribe posible e imposible. Llave con flores sobre los hombros-balcones de cada uno de sus desvencijados rostros. Me casas(te), Nueva Orleans, repito en letanía mientras revientan las bocinas de mi coche con el último de Lila Downs. Soy del sur, repito. Soy de Nueva Orleans en la única boda posible que tendré (yo con mis sueños); en lo atrapada por la belleza que me siento mientras dibujo los libreros en donde pondría mis libros, discos y películas. Mientras mataría impenitente a esos bichos hijos de la humedad y la madera, mientras buscaría los muebles muy viejos para decorar el salón, la habitación, el comedor de recibir a los amigos y charlar hasta el día siguiente.


Hay un modo de ser de Nueva Orleans (vivas donde vivas) que todo lo resume y  que sólo allí me ha sido dado conocer. Esa fusión de colores, sabores, alegrías, tristezas, alcohol, sobriedad, esperanza, elevado pensamiento crítico, blanco, negro, música, música, música y largos silencios. Silencios de Wagner y silencios de Mick Jagger, de Armstrong y de Jean Michel Jarre, de Billie Holiday y de Edith Piaf. Ese instante en que todo cesa para volver a renacer. Instante en donde me caso, cazada por las casas de Nueva Orleans, imagen proyectada desde mi imaginación. Instante en donde regreso a un lugar de mí que sólo yo sé he habitado alguna vez. Paraíso perdido que encuentro mínimo en un silente pestañeo.  



















Tuesday, March 19, 2013

En Matanzas me han dado un recado o Cuba otra vez

Ahora que  mi admirada Yoani Sánchez ha ido al Congreso norteamericano y habló del contacto 'pueblo a pueblo' frente a la Ros-Lehtinen o el Díaz-Balart. Ahora que en Nueva York comentó de los usos y abusos de la academia norteamericana al imaginar nuestra isla como 'parque temático' que le entretiene y consuela. Ahora que vuelan los actos de repudio repitiendo las mismas frases tan vacías como sus repetidores bajo sueldo de ocasión. Ahora que he estado allí (Cuba, se sobreentiende) siete días y sus cortas noches con mis estudiantes de una clase de pre-grado. Ahora que al hacer esto intenté establecer una perspectiva comparativa entre procesos editoriales cubanos y de latinos en USA. Ahora, que me he puesto a prueba extrema, creo, quizá, tener algo mínimo que decir.


Lo hicimos de este modo: los editores y artesanos de Ediciones Vigía fueron nuestra contraparte para las licencias que otorga el gobierno de los Estados Unidos. El gobierno de Texas, a su vez, nos dio una cierta cantidad que cubriría gastos de comida, transportación, hospedaje y honorarios para conferencistas invitados. Nos pillamos un avión en Tampa. Un charter casualmente abarrotado. Llegamos. Carros almendrones. Matanzas. Jornadas laborales produciendo un libro artesanal, de los de Vigía, ya saben. Almuerzos en el patio que variaron del congrí al congrí y de la carne de puerco a la chuleta de cerdo con tostones y chicharritas (mariquitas, galleticas) para amenizar. Paseos por las Cuevas de Bellamar, la Ermita de Monserrate, los barrios bajos y marineros. Todo viajando en aspirina (guaguas Girón para algunos cubanos/cascos y mala idea para cualquier extranjero en su sano juicio). Charlas de historia, religión, arte, teatro, cine, diseño. Papeles pobres para dibujar, pegar, recortar obsesiva y doscientas veces. Baños sin agua ni papel higiénico. Apagón ocasional. Excursión a la capital en autobús donado por los "Pastores por la paz". Casas de alquiler. Comida en cajita en las aceras del Vedado.

Visto así, cumplí, íntegramente aquella mi misión de interpretar a Caronte en su Infierno (uy, 'parque temático', quise decir). Seguramente algo de eso habrá. Una meditación profunda y una cierta perspectiva histórica me darían la respuesta. Pero no hoy. No ahora.

Hic et nunc vengo, brevemente a hablar de esos mis alumnos, emigrantes de primera y segunda generación en Estados Unidos que no durmieron por temor a perder un segundo de aquella realidad. Que perdieron la voz de tanto preguntar. Que aún padecen ojeras de mirar tan honda y fijamente. Mis alumnos de México, Costa Rica, Puerto Rico, Argentina o Cuba (nacidos en USA y yendo estos últimos por primera vez a la tierra de sus padres).  De los que vivieron con los artesanos de Vigía y tomaron de sus vasos y comieron de sus platos y a quienes les pidieron aspirina para la resaca y a quienes les dejaron compresas para las sangres que vendrán. Mis alumnos encontrando otros modos de ser y estar en el mundo y a la vez, ofreciendo esperanza a manos llenas, un país por venir para los jóvenes cubanos.

Hablar de (ah, gran Mariano Azuela) los de abajo, esos que parecen importarle poco o nada a los de arriba... si 'hacer el juego' se llama este ejercicio, me sumo a él. Me seguiré sumando visceral y cotidianamente. Cantando ese bolero único que canto a Cuba, mi amante: porque tu amor es mi espina/ por las cuatro esquinas hablan de las dos/ que es un escándalo dicen/ y hasta me maldicen por darte mi amor...

Cuba, país imaginado, madre tan sola dejada con tus huesos...  en Matanzas me han dado un recado y me han dicho que a ti te lo dé: el  'pueblo a pueblo' es el único camino para llegar hasta ti, tu verdad no simulada en pancartas, vallas incesantes, proyectos de ley, presos a canjear. Cuba,  hermana, muchacha hermosa... gracias por recibirme, recibirnos, despojados de toda mentira, toda pose fabricada, por dejarnos estar en ti, por ti, contigo... los otros son ajenos. Tú eres luz y mañana y danzón y casas sobre el río. 

Y  estos pueblos olvidados de Dios lo han visto.

Tuesday, February 19, 2013

Nota preliminar para un texto a deshora



En febrero de 2011, viviendo aún en West New York, la poeta Odette Alonso nos invitó a participar  del "Ciclo de Escritoras Latinoamericanas" que cada año organiza en la Feria Internacional del Libro de Minería en México D.F. Yo había salido de Cuba en el 2006 para asistir a esa misma feria; pero la ansiedad de llegar a mi destino final (Maya en Nueva York) no me dejaron cumplir entonces con mi compromiso. En estos días se cumplen siete años de aquel intento fallido de estar en Minería y dos de que regresara a presentar parte de mi trabajo, acaso a saldar aquella vieja deuda. Odette me pidió en esta segunda ocasión que participara en una mesa sobre los desafíos de escribir en español en Estados Unidos y efectivamente escribí un texto que no llegué a leer por no desentonar con la dinámica del coloquio que fue mucho más desenfadada, menos melancólica que lo por mí anticipado. Nunca mencioné lo que llevaba preparado. Lo olvidé con la tranquilidad de haber hecho lo correcto.

Anoche me regalé una cena con dos amigas que aunque jóvenes en mí, se acrecientan profundas en mis afectos: Anadeli Bencomo y Rose Mary Salum. Sus credenciales profesionales son muy fáciles de rastrear, así es que por una vez me ahorro el alarde de amigas que tengo muchas ganas de hacer.  Cenamos en mi cubano favorito de Houston y resolvimos una buena parte de la crisis mundial. Pero Rose Mary nos trajo a ambas algunos libros de regalo. Y digo "pero" con la descarada intención de hacer creer al lector que ese gesto arruinó la noche. Y así fue si es que 'ruina' se puede igualar con 'sobresalto', 'hallazgo de interlocutor', 'epifanía'  por el encuentro con traductores e interpretes para una larga cadena de experiencias no contadas; de vidas sufridas en silencio.

El título de marras forma parte de la colección "(Dis) locados" que acaba de inaugurar la casa editorial Literal Publishing, dirigida, no tan casualmente por Salum. Hablo, en fin, de Poéticas de los (Dis)locamientos (2012); una colección de ensayos que la investigadora Gisela Heffes ha editado y en donde entre otros, aparecen textos de Silvia Molloy, Cristina Rivera Garza, Isaac Goldemberg, Arturo Arias y Rose Mary Salum.

Qué cómo se se conectan los eventos? Es decir México, Minería, restaurante cubano, 2006, 2011, las amigas y este texto? Allá voy.

Sin intención de emular con los autores de la colección o a destiempo reclamar una inclusión donde sin falsas modestias no creo tener un lugar, la propuesta de Heffes reactivó de inmediato mis sensaciones más primarias al emigrar y escribir en español, contra viento y marea, contra Nueva York o Houston. Aquel texto para  Minería 2011 apareció como fantasma que anhelante deseara hablar con sus otros iguales, seguir la charla con mis amigas para siempre. Llorar frente a ellas por el más hermoso de los ensayos, escrito (I'm so sorry, but it's true) por la misma persona con la que horas atrás brindara con sangría. El ensayo de Rose Mary "Tres semillas de granada" -en donde cuenta sus periplos culturales del Líbano a Tejas pasando una vida en el México más lindo y querido de todos- me sobrecogió hasta el insomnio. Aquí les comparto:

Enfrentar la confusión que crea la mirada del Otro al percibirnos, la extrañeza mostrada cuando advierten un acento, la inclinación de su cabeza cuando hablo, el incremento del volumen de su voz cuando me contestan y el regodeo de la dicción cuando se dirigen a mí: Where-do-you-originally-come-from? La mirada perdida cuando tratan de entender palabras que en mi dicción se pronuncian exactamente igual: beach/bitch, bean/bean, leave/live. Cuál es la diferencia? Una i larga, una i corta? Las exquisiteces de la comunicación. (200)

Fragmentos como este fueron, en fin, responsables de esta entrada a destiempo, de esta ansiedad de contar lo que no por muy sabido dis-loca menos. Para ellas, Anadeli y Rose Mary, va aquel texto olvidado; pero no por ello menos vivo.


Escritora en Nueva York

La ciudad es una caja o mejor una roca metida en una caja. Entro y salgo de ella con habilidad. Bordeo la roca cuando estoy dentro usando sus pasadizos interiores. Túneles, autobuses del este al oeste y viceversa, trenes del norte al sur y viceversa. La ciudad es una caja como aquellas enormes para vestidos de novia que salían en las películas de Hollywood que trato de no ver. Mi ubicación en ese interior gigante se inicia por el oeste. Allí comienza al decir de Jo Labanyi “el ciclo de tropiezos”, ejercicio de esquivar el  constante y posible encuentro con esos otros cuerpos que se abalanzan desde la prisa. La ciudad es entonces y cada mañana desde el oeste una caja de evasiones. Un resumen de saltos en donde evitamos la entrega, en principio natural, de un cuerpo frente a otro. La ansiedad ante el posible tropiezo, su evasión, se extiende por la caja y deviene un enorme cartel lumínico en donde se evade también el contacto de los ojos, el roce mínimo de las pieles, la palabra. La ciudad es elipsis. La caja su blanca envoltura fabulada, su muestra de silencio.

Un día tuve veinte años y cerrar los ojos e imaginarme en Nueva York mientras Ella Fitzgerald y Louis Amstrong hacían las voces de una necesitada canción de cuna eran todo mi equipaje. Autumn in New York, why does it seem so inviting repetía en una jerigonza que atormentaba a mi madre -quien gritaba desesperada a las vecinas que ya estaba su hija otra vez con la cancioncita de Oto en Nueva York… veinte años y la certeza de que aquel barrio que me recibía cada fin de semana al volver de la Universidad, nunca comprendería que yo ya había encontrado los misterios de la poderosa ciudad. Que los había descifrado entre las escenas de Hanna y sus hermanas y las disonancias eclécticas de El danzón de Moisés del cubano-judío Roberto Juan Rodríguez.

Veinte años y la felicidad de creer saberlo todo y la ausencia de las lecturas de Jane Jacobs con su “Vida y Muerte de las grandes ciudades americanas” en donde el Nueva York del East Village se mostraba seguro en sus aceras mientras más vecinos imaginariamente danzaran en la calle; vigilando y castigando, al decir de Foucault, cualquier atentado contra la seguridad del barrio.

Y de tanto cantar, invocar a ese Oto en Nueva York que desquiciara a mi madre fue que un día me vi allí. Traía una maleta pequeñísima en donde entraron dos juegos de ropa interior, dos camisetas, un pantalón, mis dos brevísimas colecciones de cuentos publicadas en mi país, el manuscrito de un tercero que 4 años después vio la luz y unas revistas con algunos artículos que podrían sostenerme en la idea de que yo gustaba de escribir y que sin duda continuaría haciéndolo en la ciudad de mis más cándidas ensoñaciones juveniles. Y así ha sido.

He escrito en Nueva York en eternas noches de desvelo, en meses de enorme angustia esperando por la legalización de mi estatus de inmigrante, en la clásica contraportada de los libros mientras viajaba infatigable en los trenes, en los Delis de comida internacional donde esperé horas para mi próximo turno de clases, en los muchos dispositivos electrónicos con los que me saturo de información y me adicto a la hipercomunicación, en los autobuses que me llevan desde mi pueblo al oeste  del río Hudson hasta el centro de la caja, en el cubículo sin paredes del colegio donde trabajo, en el maravilloso ordenador que me regalo en navidad, en el pasillo que conduce al baño de mi minúsculo apartamento.

Escribo en Nueva York para recuperarme de la ansiedad que me genera cada día el tránsito por la caja, la evasión de la mirada, la piel, el empujón que me niegan en el metro y hace las delicias de Labanyi al definir el concepto moderno de ciudad. Escribo para sobreponerme a la elipsis verbal, a la desidia. Y obviamente porque no tengo otro remedio.

Asumido pues lo que resulta incontrolable, me invento entonces un argumento, me digo que con la escritura construyo mi propia caja. Ese espacio en donde se superponen las imágenes del colega de matemáticas que me niega el saludo en el ascensor con la del viejito cubano que se aparece sin más en mi apartamento cuando estoy dispuestísima a ver una película iraní; él ha venido a traerme unas manzanas y conversar un poco sobre la isla sin remedio. Escribo para hilvanar en una pieza única los sabores del restaurante Taos en donde no sirven agua del grifo sino la de unas finísimas botellas que elevarán la cuenta hasta parajes innombrables, con las del chico de Honduras que nos trae un vino de mesa destapado y maloliente porque aún no entiende el protocolo esencial del buen mesero.

Escribo desde un pueblo que bien mirado sigue siendo aquel de nombre cruel que aparece en mi certificación de nacimiento, esa prueba tan frágil como arrolladora  de la identidad.  Es Nueva York en Matanzas o al revés. Hay un viaje cíclico que intento sintetizar en un blog de aire que nombro de igual modo; es un viaje cíclico que apretujo en la caja del vestido de novias que no usaré. La caja en donde conviven la roca con túneles de la isla de Manhattan y las calles desiertas de Matanzas con las que sueño sin parar. Todo suena dentro de mí como el mar dentro de las caracolas. Y lo escribo.

Porque a pesar de los silencios, el tropiezo esquivado, el ballet vigilante en las aceras y el cansancio, un enorme cansancio que consigue a veces cubrirlo todo, sé que cerraré los ojos y estarán mi madre y las vecinas riendo por mi canto desafinado en la buhardilla. Que sonará el timbre de la puerta y será el vecino bajo pretexto de manzanas. Que la ciudad, como quien dice la caja, la casa, el espacio de ser y de escribirlo son una ficción del ojo envilecido… la muchacha de provincias que fui, que soy, prefiere seguir leyendo a Eliseo Diego en su divertimento favorito, “De Jacques”, aquel en donde el bravo corsario no es más que un juguete levantado por la mano del tendero que lo envolverá para que un niño lo lleve a casa. Con el viejo Diego, esa será siempre mi mejor fantasía: todas las ciudades, la ciudad, son un pretexto, un escenario de fondo. 

Pronto alguna mano poderosa me envolverá y amaneceré en nueva casa, hablando de lo mismo.
                                                                                                                                                                   Octubre, 2010 y noche de brujas

Monday, October 22, 2012

Adónde vamos ahora?

¿Adónde vamos ahora?



Anoche vimos una película libanesa titulada en inglés: Where do we go now? la tesis del filme es tan simple como conmovedora: la unión de un grupo de mujeres en algún pueblo polvoriento del país, hace que sus hijos y maridos paren la masacre que planean entre cristianos y musulmanes (ellos mismos) haciendo uso de la treta de cambiar los ropajes y rituales que cada grupo practica de ordinario. Las musulmanas comienzan a bendecir con agua bendita y las cristianas hablan de un viaje a la Meca y usan burkas y todo tipo de atuendo que las identifique con sus supuestas contrarias. Para el final de la cinta, uno de los chicos cristianos ha sido asesinado por accidente por un desconocido fuera de los límites del pueblo y cuando los hombres (confundidos por la aviesa conducta de madres y esposas) van a enterrarlo, no saben en que área del cementerio hacerlo ya que siendo el muerto hijo de una conversa al Islam, la duda los desintegra. "Ahora duermes con el enemigo"; dice la madre desesperada cuando el hijo que ha quedado vivo la mira espantado por sus nuevos ropajes. 


Esta mañana me he despertado leyendo los fragmentos del libro de testimonios de Enrique del Risco Siempre nos quedará Madrid que aparecieran en el último número de la revista Diálogo que publica DePaul University. Allí, dice el escritor: 

Si la política se te mete en los lugares más recónditos de la vida, si te sigue los pasos aunque te refugies en el ballet o en la ornitología, no puedes decidir si te gusta o no. Lo único que cabe asumir es que le gustas a ella. En Cuba la política es como el agua de un temporal entrando por debajo de la puerta: no te deja otra opción que tratar de empujarla fuera con una escoba o resignarte a vivir con los zapatos encharcados en ella, si acaso reservándote el prurito de elegancia de subirte los pantalones. Hasta que la política suba de nivel y amenace con ahogarte. Entonces no te queda otra opción que nadar. Si es a favor o en contra de la corriente ya eso es cosa tuya. (29)



Si he decidido combinar ambos relatos y sus recepciones es porque cada día de los últimos 20 años (localizando mis convicciones políticas, allá cerca de los 17, cuando cantaba con Violeta Parra sobre lo tierno y amenazante de esa edad) me he levantado y acostado con la misma angustia: adónde ir, dónde ponerme... Mi madre a nivel político nunca ha sido mi enemiga,  tampoco mi aliada. Mi madre no es más que el fruto exitoso de una nación acéfala que no es que se haya subido los pantalones o haya nadado a favor o en contra de estas corrientes sino que lleva ahogada más de cincuenta años, no patalea, no siente la asfixia; pero si yo muriera tampoco sabría en que lugar del cementerio (quiero decir el Estrecho de la Florida) ponerme. Ella sabe que detesto el bloqueo norteamericano por su esterilidad y componente esencial en la jugarreta castrista. Sabe también que no apruebo ni uno solo de los ejercicios de totalitarismo que ese casta de guerrilleros devenida gerontocracia al mando pone en práctica en la isla y su política exterior. Sabe que de las opciones que me da la maltrecha democracia norteamericana, apruebo aquella que en su maquillaje parecería defender las causas de los desposeídos y re-imagina un proyecto humanista "Con todos y para el bien de todos"... sabe que no tolero las guerras de Irak o Afganistán porque son un ejercicio de hegemonía imperialista, sin más, sin complicaciones éticas justificadas en el exterminio del Talibán o las armas de extermino masivo porque de eso, el interés petrolero y las bases navales impuestas a lo largo y ancho del planeta para qué hablar. De modo que mi madre ni siquiera necesita cambiarse de casaca, porque cualquiera de las dos le quedaría incómoda y sería sin más un despliegue coreográfico innecesario. 

Sin embargo porque sé que a todo cubano(a) la política le invade la casa de sótano a ático; porque la casa misma (donde quiera que ésta haya sido emplazada) es un símbolo de una sobrevivencia que ha resistido desde siempre los más duros embates y porque veinte años después, la inocencia hecha añicos, el cruce de una frontera y el cambio del sistema hormonal así me lo facilitan: me avergüenzo de los cubanos que ostentan supuesta conducta apolítica. Y no hablo de aquellos que hundidos en plena infancia o adolescencia la historia oficial se les posó en la mesa y les dictó lo que debían hacer dejándolos en la misma esquina acéfala que mi madre habita. No, hablo de colegas académicos y profesionales, pensadores bien pagados, gente con puestos conseguidos en competencias nacionales de Europa y Estados Unidos en donde aseguraron, más bien juraron, tener mucho que decir. Gente con páginas de facebook para hacer alarde del más cínico y agudo sentido del humor si de comentar la decimaoctava muerte twittera de Fidel se trata; pero incapaz de pronunciarse si golpean a las Damas de Blanco o de firmar una demanda al congreso norteamericano para el levantamiento del bloqueo. Esa natación de la que Del Risco habla, pareciera no sólo ser un deporte poco interesante sino mejor un deporte detestado. Porque no se habla aquí de un cambio productivo de ropajes. Se trataría de vestirse con algo. Dejar de pensar por un momento en qué dirá el colega boricua que tan mal lo pasa con la situación colonial de su bella islita o del queridísimo hermano de Quisqueya que ya no puede más con su vida "In the Heights"; si es que total, estamos todos podridos, desesperanzados, cagados de miedo e impotencia. Se trata de que si se va a encuerar una, pues mira, que fuera también productiva esa desnudez, como quien dice, vamo' a tirarnos en la boca de los tiburones y ver qué pasa, va y cambiando nosotros, algo cambia.

Hace un par de semanas, mi colega mexicano José Ramón Ruisánchez publicó este artículo en donde esgrimía sus más auténticas e intelectuales razones para salirse del facebook. Disfruté el texto a mares; pero me le impuse a mi querido amigo de inmediato. No, le dije, viniendo de dónde vengo, "el face" (síntesis espectacular del gesto que supone dar la cara) es un arma más. Casi que podríamos cambiar aquellos versos de Celaya, casi sustituir "poesía" por internet y todas sus herramientas para asegurar que están cargadas de futuro. Que la detención al negro Pánfilo cuando reclamaba comida ante una cámara cualquiera haya sido breve; que las dominicales golpizas a las damas del gladiolo no se queden reducidas al mito o la infamia que generen unos pocos espectadores; que la muerte de Payá pueda ser debatida hasta el cansancio y que valga la opinión de la autoridad tanto como la de cualquier hijo de vecino internauta es una experiencia inédita para este pueblo. Y face las concentra todas en un muro que sí es el de las más desafortunadas; pero también el de las más fértiles lamentaciones.

No hacer uso de esa "ilusión del derecho", de ese pedir la voz y la palabra (como nos enseñó Blas de Otero) es tan indecente como permitir en un pueblo perdido del Líbano que niños que han jugado juntos desde que aprendieron a escaparse de sus respectivos pesebres (y es que todos somos Dios, solo hay que mirar con atención) se maten so pretexto de una guerra religiosa que les es ajena. Hacer uso de facebook, twitter, blogs, emails y cuantas formas de expansión masiva del criterio nos queden a la mano, no es lanzarse sin más a una guerra despiadada sino más bien echarse a nado para encontrarse en algún punto del Estrecho... es escucharse con respeto y mesura para entender que todos somos el enemigo y el amigo y la única solución posible, que todos salimos de algún vientre materno, que querer recobrar una nación es sobre todo tener la voluntad para recobrarla. 

Yo, por mi parte, sólo quiero que mi madre sepa dónde echarme cuando llegue mi hora de ser devorada por los tiburones.